Opinión


Avanza el imperio de los necios

Avanza el imperio de los necios | La Crónica de Hoy

Primero démosle a la palabra necio su significado certero de ignorante, quien no sabe, el lejano de toda ciencia, porque ciencia es conocimiento; no sabiduría ni erudición; muchos menos matemática, química o física, nada más. Ciencia es todo, como todo es cultura. La ciencia del árbol del bien y del mal, dice la escritura.

Después tratemos de explicar esto de la conjura emprendida por ellos.

Se debe a Jonathan Swift quien nos previno:

--”Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Aquí ocurre al revés.

Obviamente los hechos de los días recientes en México no se deben a la conjura de los ignorantes en contra de un genio (o una idea genial), sino de los ignorantes, parte y entorno de un proyecto político construido a través de la leva del rencor y la improvisación, en cuyas filas militan científicos sin ciencia; agrónomos petroleros, buscadores de ocasión, intelectuales sin obra, sin prestigio; leguleyos oportunistas, acarreadores de mitin, filósofos de plazuela, y en el fondo de todo un enorme desprecio por la calidad.

La cantidad, la lealtad perruna y oportuna (por si no hay de otra, vale), la masa acrítica y devota, sustituye cualquier otro mérito, ya sea en las áreas de comunicación, finanzas, administración o impartición de justicia.

Por eso es posible escuchar, con el asombro de la sorpresa ante tan singular arrebato de sinceridad incomprensiva, a la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, en amplísima confesión de auto atentado, explicar cómo resultan incomprensibles las palabras presidenciales pues es necesario desentrañar ideas y frases del transformador de la cuarta etapa de nuestra historia.

Esto ha dicho Olga Sánchez Cordero, sin nadie para tirarse por un balcón:

“…A veces es difícil entender el mensaje y la política de nuestro presidente, y es difícil entenderlo porque se tienen que desentrañar en muchas ocasiones el sentido de lo que nos está hablando…si se desentraña el mensaje de López Obrador, nos damos cuenta que (…) privilegia el beneficio social que está detrás de cada uno de estos empleos, concursos y licitaciones (…) Ahí está su programa: el bienestar para el pueblo, la inclusión social”.

Pero la proclamada inclusión social a la cual se refiere la secretaria de Gobernación, en cuyas venas corre el conocimiento jurídico, no incluye en los hechos a nadie fuera de la imprecisa noción del pueblo, el pueblo raso, llano simple, sencillo, bondadoso, probo, limpio, claro y preclaro al cual se refiere el jefe del Estado, como si los demás habitantes de este territorio no fueran ni pueblo ni conciudadanos, como si fueran extraños invitados a un festín en cual no merecen ni las migajas del desprecio, porque ellos son los culpables de todo mal, obviamente por el mayor de los pecados nacionales: la corrupción.

Por eso se trasmina un desprecio por todo conocimiento cuya exactitud implique descreimiento de los dogmas de la transformación cuya esencial virtud y naturaleza, residen en una imaginaria bondad intrínseca del hombre simple y limpio. Juan Jacobo Rousseau nunca tuvo la razón, más le creo a quien dijo (Hobbes) de la condición humana como pelea de lobos.

Ha dicho el presidente en alguno de sus momentos de intransigencia:

“Ellos (quienes advierten de la militarización por la Guardia Nacional así planteada), se quedaron en el modelo antiguo que no dio resultados.

“…Es la Policía Federal, miren el resultado, lo sabe el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 230 mil asesinatos en 10 años. Más de un millón de víctimas de la violencia, es doloroso lo que sucede, 40 mil desaparecidos… Los expertos y las organizaciones de la sociedad civil no sé qué estén pensando, porque ya basta de la simulación de estar haciendo análisis de la realidad, sin transformarla. Puro experto, puro diagnóstico, pero no se hace nada por cambiar las cosas…

“…Siempre son los expertos los que deciden o los integrantes de la llamada (nótese el peyorativo retintín), sociedad civil, y el pueblo raso no es tomado en cuenta.

“Que se acabe el elitismo, unos cuantos expertos opinando por todos”.

El pensamiento, por desgracia se cultiva fuera de la masa. Las élites intelectuales o científicas, son la parte más alta de la cultura de un país. Los elitistas son la excepción a la mediocridad del mundo, lo diferente del hombre de la calle, la diferencia entre quien siembra maíz con una coa o quien desarrolla especies genéticamente modificadas para aliviar a larga, el hambre del campesino de la coa.

La élite de su tiempo, domesticó al fuego e inventó la rueda. Sin la élite, estaríamos a oscuras y no tendríamos ni aviones ni naves espaciales.

En el estacionamiento de la Universidad de Chicago, hay un espacio reservado solamente para los profesores con Premio Nobel. Los demás, aparcan a un lado.

Si eso ocurriera aquí, en la Universidad de la Ciudad de México (institución precursora de la calidad cultural y educativa de la Cuarta Transformación), el problema sería menor. No habría élite a quien apartarle un sitio porque tampoco hay estacionamiento.

Las universidades ofrecen estudios, grados y distinciones. Exámenes severos, sinodales inflexibles, maestrías, doctorados y post doctorados, pero aquí lo estamos entendiendo como un elitismo ajeno a la intrínseca calidad del pueblo sabio.

Por eso, por el desprecio a la calidad y la canonización de la mediocridad populista, ocurren estas cosas de las cuales después ya no saben ni cómo salirse, pues cuando se cae alguien en la piscina del ridículo, es imposible sacarlo seco: el agua sucia lo ha empapado.

Revisemos el tristísimo panorama del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, cuya labor de 40 años no se puede resumir en este espacio y también los casos deprimentes de quienes aspiran a formar parte de los órganos reguladores, como el de la energía. Pura masquiña.

Pero si ahí el panorama de modistillas y chairos chidos (así estén emparentados con Genaro Villamil), es impresentable, no lo es menos el papelón de los improvisados y mal improvisados a quienes el presidente envió en una terna para la Comisión Reguladora de Energía, como deprimente también es el juego de los aspirantes quienes confunden un Certificado de Energía Limpia, CEL, con un teléfono celular, a lo cual el pobre (intelectualmente) de Armando Guadiana, desde una presidencia senatorial de importante comisión, les recomienda no caer en desánimo ni preocupación, pues para eso hay libros.

Tomos cuya consulta debieron comenzar desde la escuela primaria. Mal embistió el empresario taurino coahuilense. Sin trapío ni casta defendió el encierro de criollos y cebúes.

Pero si todo eso es grotesco, ominoso y preocupante, no lo es menos la reacción del presidente en desplante vengativo:

“…Sale a declarar el presidente de la Comisión Reguladora de Energía (García Alcocer) –ha dicho Andrés Manuel--, que estaban mal las ternas que yo proponía. Como tengo derecho de réplica, por alusiones personales, voy a dar a conocer ahora que el señor tiene conflicto de intereses”.

Y si el ya dicho señor Guillermo García, no hubiera osado criticar la terna presidencial para incorporar a sus sugeridos a la dicha comisión, también se habría ventilado el supuesto conflicto de intereses. O esas denuncias se hacen solo cuando alguien “sale a declarar” en contra de la voluntad presidencial?

Si estamos frente al uso selectivo del poder Ejecutivo, no me quiero imaginar el futuro de Madrazo Lajous, quien plantado en sus cabales le dijo al jefe de la República:

“El presidente miente (con todos sus dientes), cuando dice que nosotros estamos defendiendo el modelo fallido de 12 años, porque lo que estamos haciendo es criticar ese modelo”.

Y si a eso le agregamos la frase inmortal de Olga Sánchez Cordero, la secretaria de Gobernación, el sueño no se concilia fácilmente:

“…a veces es difícil entender el mensaje y la política de nuestro Presidente de la República. Y es difícil entenderlo porque se tiene que desentrañar en muchas ocasiones el sentido de lo que nos está diciendo y de lo que nos está hablando”. Bien vale repetirlo.

Pues resulta extraño Doña Olga, usted es la segunda en el orden jerárquico de la alta burocracia nacional, y no le entiende a su jefe.

Yo, simple reportero, le entiendo hace más de 30 años.

 


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