
A la mano, pero sin conseguir alcanzarlo. Ese, el castigo de Tántalo. La lección perenne. Únicamente lo (casi) inminente revela su condición de inalcanzable.
Antes, se sabe, Tántalo cocina a su propio hijo, Pélope, para ofrecerlo en una cena como manjar a los dioses, sus invitados.
El castigo vendrá. Tan cerca, tan lejos; por la eternidad. Nada de cuanto crea que tiene al alcance, podrá el infractor hacer realmente suyo.
Atañe en origen a este mito, a su personaje principal, Tántalo, y a la hija de éste, Níobe, hermana del vástago asesinado, una historia mineral que salta hasta nuestros días.
De aquello que permanece ahí, sin que se le dé importancia ninguna. A eso corresponde el súbito aprecio por dos minerales, Tantalio y Niobio, revalorados desde hace apenas unos años para fabricar celulares.
Sobre la línea entre el universo físico y la representación metafísica, las piedras, dirá Ciorán, nos llevan de la búsqueda de los comienzos, hasta el reconocimiento de la condición pasajera de la especie humana.
Las rocas como testigos de las edades de antes de la historia. Afluentes del “ruido líquido, agua oculta en él, desde la aurora del planeta”, escribe Ciorán a propósito del abrevante y cefírico ensayo de Caillois: Piedras.
No es la fascinación mineral lo que me mueve, advierte el autor de ese texto de temprana sabiduría que es El hombre y lo sagrado. “Hablo de piedras que siempre se han acostado al raso o que han dormido en su yacimiento y en la noche de las vetas”.
Caillois indaga, cuenta, recrea; sobre, dentro, alrededor de esas piedras con las que nadie hizo nunca ningún palacio, “ni siquiera diques, fortificaciones o tumbas”.
“Hablo de piedras con más edad que la vida”, dice Caillois, esas mismas que han estado ahí antes que el hombre, y sin quedar marcadas por lo que de humano incumbe al arte o la industria.
Caillois asume así el espíritu del desasosiego imperecedero, del esperar largo, fecundo. Justo a la contravera de una era, la nuestra, encandilada con lo inmediato.
Hubo en tiempos de Tántalo y Níobe, se asegura, una piedra que servía de ancla a la nave de los Argonautas. Una piedra fugitiva que escapaba a menudo.
Inalcanzable, pero capaz de repetirse a sí mismo hasta la saciedad, el intento de anclar el decir del presente.
Cruenta revancha, se pensaría, de las piedras y sus genuinas serenidades.
* Profesor, narrador y ensayista. Su libro más reciente es De la memoria, el deseo.
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