Opinión


Cátedras del Poder

Cátedras del Poder | La Crónica de Hoy

Gregorio Hernández Zamora*

Mestr@s de México y diversos países, incluido quien esto escribe, declaran convencidos que si algo quieren es formar alumnos críticos, inquisitivos y despiertos. Es decir, personas que indaguen, lean e interpreten con curiosidad y en forma crítica la información, los textos y los discursos que reciben, especialmente aquellos que provienen de agentes con poder (medios, gobiernos, corporaciones económicas, iglesias, partidos políticos); personas que cuestionen las incoherencias, falacias o abiertas mentiras del discurso del poder; individuos informados que ejerzan una ciudadanía consciente y se expresen mediante juicios razonados y no con muletillas, insultos, o devotas expresiones de “apoyo incondicional”, “rechazo total” o “fe” hacia las figuras y acciones del poder.
No es tarea fácil y los maestros lo sabemos. Pero también sabemos que el reto no es sólo pedagógico. Desde hace siglos el poder se encarga de impartir la Cátedra de Sumisión y Obediencia, logrando que la gente crea y acepte incluso las ideas más ridículas, absurdas e ilógicas que uno pudiera imaginar. George Orwell sintetizó magistralmente esta idea en su novela “1984”, donde el protagonista, Winston Smith, no sólo es forzado a contestar que 2+2 es igual a 5, para librarse de la tortura, sino que debe “creerlo sinceramente”.
Aquí entra justo la tarea de la educación: lograr que la gente deje de “creer sinceramente” las absurdas verdades del poder político, económico, mediático, eclesiástico, etc., y aprenda a hacerse preguntas, a cuestionar lo que oye, y lo apoye o rechace de manera razonada. Y este es el reto educativo: fortalecer nuestras clases del aula frente a la maquinaria que imparte “Cátedras del poder”.


CÁTEDRAS DEL PODER. Hace casi mil años, en tiempos del Imperio Mongol, el Gran Kan (el mero mero del Imperio) convocó a su corte de ministros y sabios asesores. Les informó lo siguiente: “acabo de matar a mi hermano por traidor. Tomé su cabeza e impregné la tierra con su sangre; sé que esto era necesario y justo. Quienes no estén de acuerdo con mis actos, hablen ahora. No habrá represalia”.
¡Por supuesto NADIE abrió la boca! Si el mero mero te dice que mató y decapitó a su propio hermano “por traidor” y te pide que opines sobre sus actos, ¡de tonto dices lo que piensas!
Esta es la estructura básica de la Cátedra de Sumisión que el Poder imparte desde hace siglos. Quienes hemos trabajado en alguna dependencia de gobierno (especialmente en la SEP) la hemos vivido en carne propia. Cada vez que el nuevo Presidente, Secretario, Director o Jefe llama al personal para anunciar que ha despedido a gente trabajadora y capaz por no demostrar suficiente “lealtad”, o por no ser de “su” equipo, ahí te están dando la cátedra. Y si encima se te “invita” a redoblar tu compromiso y lealtad con “nuestro proyecto”, la cátedra se vuelve Magistral.


NADA PERSONAL. En mi ya larga historia como habitante de este país, me es difícil recordar un gobierno (federal, estatal, local, o intra-institucional) que no lo haya hecho. Con mayor o menor ahínco y convicción, todos los Altos Mandos acallan y mochan cabezas de gente que no demuestra “lealtad”, es decir, gente que plantea preguntas, cuestiona decisiones absurdas o se niega a obedecer ciegamente “instrucciones superiores”. Importa nada si han sido personas capaces y eficientes; igual los mueven o sacrifican, como peones de ajedrez, para dar el puesto a sus fieles servidores. Recuerdo el caso de una Escuela Normal donde la nueva directora (designada por dedazo) reunió al personal y lo primero que hizo fue darles la Cátedra: “yo estoy aquí para servir a MI gobernador”. O sea, no para servir a los docentes y alumnos, sino a quien le dio el puesto.
No es sólo ESTE gobierno, ni este partido, ni este presidente. Todos exigen lealtad absoluta: nada de preguntas incómodas y cero pensamiento divergente. ¡Justo lo contrario de lo que la educación busca! ¿Cómo formar sujetos críticos en la escuela si el Poder te receta cada mañana, tarde y noche la Cátedra de Sumisión acribillando a los preguntones mediante epítetos tipo “desleales”, “conservadores”, “enemigos”, “adversarios”, etc.? 
En cursos básicos de lenguaje y argumentación, uno enseña a los alumnos qué son y cómo funcionan las falacias (razonamientos que parecen lógicos, pero son falsos). La más elemental y burda es el argumento ad hominem, que consiste en asumir que una afirmación es falsa si quién la dice es tu enemigo. La falacia ad hominem tiene esta estructura: A afirma (o pregunta) B; A es enemigo o adversario; por tanto, B es falso. Educar = convertir súbditos en ciudadanos.
Si alguna vez el filósofo alemán Karl Marx escribió que “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, yo diría que la historia de la educación es la historia de convertir súbditos en ciudadanos. Es decir, la historia de enseñar a la gente sometida por el poder (político, religioso, patriarcal, colonial, etc.) que los de arriba ni son “dioses” ni son “amos”. Y es bien difícil esto porque dejar de ver a alguien como “amo” exige dejar de verte a ti mismo como su esclavo, sirviente o ferviente seguidor; dejar de ver a alguien como “superior” exige dejar de verte a ti como “inferior”; dejar de verlo como “El que Habla” (Gran Tlatoani) exige dejar de verte como “el que calla”. Esa es nada menos que la tarea y el reto de quienes pretenden educar: convertir súbditos en ciudadanos.
Reitero, no es sólo este gobierno, si bien el actual es ferviente usuario del argumento ad hominem y de la Cátedra de Sumisión. Daremos un salto como sociedad cuando entendamos que la historia de la educación y la historia de la democracia son una misma historia: la larga lucha contra el principio de autoridad, pues las cosas no valen porque alguien así lo mande, sino porque se pueden demostrar. 
 

*Profesor-Investigador del Departamento de Educación y Comunicación de la Unidad Xochimilco la Universidad Autónoma Metropolitana; doctor en Educación por la Universidad de Berkeley (California, EUA).

grehz@yahoo.com

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