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Chiarini: el circo más aclamado

Viajó por todo el mundo, y consideró a México como la plaza esencial para saltar hacia América del Sur. Fue uno de los circos más aclamados por los habitantes de la capital, y los periódicos no perdían detalle de sus andanzas ni de sus novedades. Su propietario y director, don Giuseppe fue, en su momento, casi tan importante como el famosísimo P.T. Barnum. Su huella en México se entrelaza con momentos relevantes de nuestra historia.

Chiarini: el circo más aclamado | La Crónica de Hoy

Aquella troupe cosechó éxitos internacionales. Fue aplaudida por Nicolás I de A Rusia, por el emperador Pedro de Brasil; llegaron a Japón, visitaron el reino de Siam. Pero un pedacito de su historia y de sus corazones estaba en México. El gran Circo Chiarini fue, durante años, el consentido de las damas y los caballeros, de los niños y los jóvenes decimonónicos de nuestro país. Tuvo éxitos clamorosos que reseñaron las mejores plumas de la República Restaurada, en una época en que los circos aún no incluían en su repertorio a los animales salvajes o exóticos. A fuerza de números de acrobacia, de habilidades ecuestres y de perritos amaestrados, tanto como de los indispensables payasos, Chiarini y su circo ganaron espacio, prestigio y se volvieron uno de los grandes recuerdos del México viejo.

SEÑORAS Y SEÑORES: CON USTEDES, GIUSEPPE CHIARINI.

Italiano de Roma, Giuseppe Chiarini tenía como vocación originaria el entrenamiento de caballos para vistosos actos ecuestres. Era tan bueno que se presentó en escenarios de Londres, de París, de Nueva York. En 1853, a los 30 años, ya trabajaba en el muy famoso Museo de Phineas T. Barnum, donde aprendió los secretos y las triquiñuelas de lo que serían los circos modernos. Sintió el bueno de Chiarini, como discípulo aventajado, que tenía lo suficiente para montar su propio circo. Y asilo hizo. Asociado con Richard Sands, fundó en 1856, en Nueva Inglaterra, el Italian Circus, que, con los años, y dependiendo de dónde se presentase, cambió de nombre a Real Circo Italiano, o, en los años en que tuvo su base de operaciones en California, a Real Circo Español.

¿Qué había en el circo de Chiarini? Acróbatas, bailarines y titiriteros. Se montaban algunos números de ballet y otros de teatro de sombras chinescas. No podían faltar los caballistas, y el propio Chiarini mostraba sus dotes como entrenador de hermosos corceles.

Con ese programa, Chiarini comenzó a viajar. Se tiene noticia de que en ese mismo 18 5 6 ya estaba haciendo presentaciones en La Habana. Un par de años más tarde, se asoció con otro personaje del mundo del circo: el acróbata George Orrin. Con esa alianza, se presentó en Haití y en la República Dominicana. Sabemos que partió hacia las Antillas y que se presentó en las Bahamas y que, en mayo de 18 64, zarpó de La Habana hacia el puerto de Veracruz. Aquí, intentando hacer un debut muy sonado, le cambió una vez más el nombre al circo: Llegó como La Real e Italiana Tropa de Caballos del Señor Chiarini. Pero, como suele ocurrir con los extranjeros que se quedan en México, y son adoptados por la gente, el pomposo nombre se convirtió en el breve Circo Chiarini, o, mejor aún, el Chiarini a secas.

LA VIDA EN MÉXICO, SEGÚN CHIARINI.

Originalmente, el Chiarini se estableció en la calle de San Agustín, en unos terrenos pertenecientes al patio del convento agustino, y que los religiosos le alquilaron con mucho gusto. Era el primer Chiarini un circo con cincuenta lunetas, dos graderías, setenta y cinco palcos, una escalera, tocadores y hasta cantina y dulcería.

Al principio, el lugar se llenaba, para envidia de sus competidores. ¿Qué presentaba Chiarini? Desde luego, su espectáculo ecuestre, en el cual actuaba su hija Josephine, una señorita apellidada Olivera y que era presentada como la Caballista Española. Katie Holloway era la Caballista Italiana :[?-) y Palmyra Holloway la Caballista Inglesa. Junto con el propio Chiarini, un esclavo llamado Bérien y el señor Torniarie, armaban un interesante número con caballos.

Pero también venían, desde Madrid, los Orosco (sic) brothers, gimnastas: Rodríguez, un payaso también español: un trapecista llamado Camilo, y una esclava, Teodora, bailaba en la cuerda.

Fueron un éxito durante mucho tiempo. Después, la fuerza de la costumbre hizo que la clientela disminuyera. Entonces, el fuego cambió la historia del Chiarini. Un incendio redujo a cenizas el circo de madera. En seguida, don Giuseppe le buscó un nuevo hogar.

RENACER DE LAS CENIZAS.

El Circo Chiarini se involucró sin darse cuenta con los vaivenes políticos del país. Encontró un terreno, nada menos que en la muy nueva calle de Gante, abierta a mazazos en lo que había sido el enorme convento de San Francisco. Allí levantó un nuevo circo, con capacidad para 3 mil asistentes.

Al principio, fue criticado. Lo acusaron ¿estaban muy frescas las huellas de la desaparición de los conventos¿ de profanar el hogar de los franciscanos. Pero ya no había vuelta atrás. Chiarini fincó un local conforme al modelo europeo, Con un gran ring, un escenario y un palco real, que iba a ser ocupado por los emperadores, Maximiliano y Carlota, que llegaron a México casi al mismo tiempo que el Chiarini.

Se sabe que la troupe actuó en Chapultepec para los emperadores, y la anécdota asegura que Maximiliano, encantado con los actos ecuestres, regala a Chiarini un broche de zafiros y brillantes, y, además, le encomienda que entrene a un hermoso pura sangre árabe, Abd El Kader. obsequio de su hermano, el emperador Francisco José.

La primera función del Chiarini en su nuevo emplazamiento, según fuentes estadunidenses, se dio el 20 de marzo de 1865. Según reseña el Diario del Imperio, a esa primera función, acudieron Maximiliano y Carlota. El momento culminante de aquella función fue la presentación de Abd El Kader perfectamente domesticado y adiestrado. Conmovido, el emperador regala el hermoso caballo a Chiarini.

Así, contando con las preferencias de los emperadores y de muchos capitalinos, Chiarini se siente lo suficientemente seguro como para hacer de México su trampolín para el resto de Hispanoamérica. Por temporadas hará presentaciones en Cuba, Nueva York y Nueva Orléans, y recluta a nuevos acróbatas y caballistas.

Son esos ires y venires los que hacen que Chiarini sea un testigo más bien lejano de la crisis y caída del Imperio. Se sabe que, al triunfar la república y regresar el presidente Juárez a la ciudad de México, Chiarini ofrece una gran función de gala para festejar la vuelta de don Benito. En esos mismos días, el cirquero llegó a prestar el local para algunas sesiones del Congreso.

El Chiarini se lanzó a lo que llamó una gira mundial, que incluyó Nevada, California, Panamá, Valparaíso, Río de Janeiro, Pernambuco, Buenos Aires y Bahía. Hizo una corta estancia en México y cruzó el mar para irse a Lisboa y a Madrid. Pasó por China, por Manila y por Filipinas, y comenzó a contratar acróbatas japoneses. ¡Llegó, incluso, a Australia, donde armó un acto con 62 caballos!

Giuseppe terminó por olvidarse de México. No regresó de la gira mundial. De otro modo, habría causado furor, pues, finalmente, incluyó animales salvajes en sus presentaciones. Para 1879, sus funciones en Nueva Zelanda incluían la actuación de 26 caballos, 5 ponies, 2 cebras, 1 bisonte, un guanaco, perros y tres tigres con sus crías.

No, no volvió a nuestro país. Pero fue leyenda en la historia circense mexicana. Por su pista pasó, en su primera presentación en México, la familia del que luego sería el legendario payaso Ricardo Bell: su alianza con los cirqueros Orrin haría ver a sus aliados que México era un gran lugar para quedarse. Así, la huella del Chiarini se perpetuó en una parte de los casi olvidados circos del México de antes.

 

 

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