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¡Corran, chicas! O de cómo las flappers defendieron su derecho al cabello corto

En los locos años veinte, los vientos de modernidad corrían por todos los caminos de la vida nacional. De otras tierras, mediante el cine, se supo que el último grito de la moda era que las muchachas llevaran el cabello cortito, “a la bob”, como si fueran jovencillos. Se veían bien. Se sentían bien. Pero a muchos no les gustó el cambio, y con rudeza se los demostraron

¡Corran, chicas! O de cómo las flappers defendieron su derecho al cabello corto | La Crónica de Hoy

Las famosas pelonas de los años 20, entre escándalos y rechazo.

¡El corsé a la basura! ¡Se acabaron las faldas hasta el huesito (del tobillo)! ¡Adiós a la costumbre de cepillar, 100 veces al día las largas cabelleras! En los años 20 mexicanos, definitivamente, una mujer moderna no tenía tiempo que perder en eso. Tampoco tenía tiempo para desmayarse, como señorita decimonónica, porque le faltara el aire gracias al rígido corsé. La vida corría a velocidades nunca vistas, y había que invertir los días en salir al mundo, en divertirse, en ¡practicar deportes! 

Por eso, ninguna de aquellas jóvenes usaba corsé; las faldas se habían acortado ¡hasta la rodilla!, escandalizando a la buena sociedad y, para horror de algunos sectores MUY tradicionalistas, se habían cortado el cabello y lo llevaban corto, cortitito, “a la bob”, “a lo muchacho”, traducido del francés. Todos aquellos cambios en el aspecto y en la indumentaria se podían resumir en tres palabras: libertad de movimiento, y aún más, en una sola palabra: Libertad, con mayúsculas.  No podía ser de otra manera. Los vientos de cambio venían de Estados Unidos y de Europa, en forma de la nueva música —¿cómo se podría bailar charleston con falda larga?— y en el look de las estrellas de cine. ¿Es que alguien se imaginaba a Gloria Swanson, a Bebe Daniels, a Pola Negri o a Clara Bow con el cabello largo? Vamos, si hasta Lolita del Río, triunfante en Hollywood, llevaba el pelo corto. Además, se decía que llevar el pelo “a la bob” era, aparte de cómodo y fresco, higiénico.

A esas muchachas mexicanas, a las que Amado Nervo alcanzó a soñar no conduciendo sus autos, sino pequeños y hermosos aeroplanos, un gran artista, el famoso Ernesto Chango García Cabral, las dibujó para las portadas de una publicación ya desaparecida, la famosa Revista de Revistas, metidas en todo aquello que ni en sueños habrían hecho sus madres y sus abuelas: jugando tenis, compitiendo en carreras de obstáculos, bailando hasta el amanecer, ¡jugando futbol y anotando goles!

Definitivamente, a mediados de la década de los 20, el futuro había llegado a la vida de las jóvenes de México que podían permitírselo. Casi casi, parecía que llevar el cabello corto, sepultando en el olvido trenzas, chongos, y elaborados peinados de gala, era una declaración de principios. Olvidado el escándalo decimonónico de la primera doctora, Matilde Montoya, las muchachas de los locos 20 ya iban —pocas, es cierto— a la Universidad Nacional, a estudiar Medicina, Derecho. Con sus sombreritos de campana, asomándose apenas unos pocos mechones, caminaban garbosas por las calles del Centro de la ciudad. En algunas otras ciudades del país, como las de la frontera norte, o en Veracruz, a donde llegaban numerosas importaciones, empezaron a verse en las calles muchachas a la última moda.

Lo que no sabían aquellas jóvenes, es que no a todo el mundo iba a gustarle verlas tan cómodas, tan desenfadadas, tan llenas de alegría de vivir.

¡CORRAN, CHICAS! A muchos caballeros, de todas las edades, les pareció francamente incómodo el asunto de las muchachas con pelo corto. Las quejas eran muchas: que si habían perdido femineidad, que si no quedaba claro si eran hombres o mujeres, porque, con esos trapos sueltos que llamaban vestidos, ¿dónde estaban las dulces curvas acentuadas por los viejos corsés?, ¿dónde las cinturitas diminutas?, ¿dónde las piernas ocultas por los faldones, dejándolo todo a la imaginación? Pero no había camino de regreso. En 1924, uno de los éxitos de moda era una canción, “Flappers”, interpretada por un tenor español que había dejado la opereta y la zarzuela por irse a grabar canciones populares a Nueva York. Se llamaba José Moriche, y aquella melodía evocaba el movimiento juguetón de las faldas a la rodilla y el aspecto de las propietarias de aquellas prendas, cabellera incluida.

Entonces, sobrevino la ofensiva.

En México, los enemigos del pelo corto comenzaron a llamar a las muchachas, despectivamente, “pelonas”. Y, si se hubiera quedado nada más en el sobrenombre, tal vez el asunto no sería, casi cien años después, digno de ser narrado. Pero del apodo insultante, pasaron a las agresiones.

Las muchachas a la moda perdieron la tranquilidad. No podían pasar por algunas calles del Centro sin que jóvenes caballeros las persiguieran para burlarse de su aspecto. Les arrojaban agua, las tomaban del brazo, y, a la fuerza, las sentaban en una silla. Despiadadamente, les cortaban el cabello a tijeretazos sin ton ni son. A veces las metían en algunas de las escuelas universitarias para someterlas a la peluqueada infamante. Luego, echaban a la calle a las pobres chicas, hechas un mar de llanto, asustadísimas, tuzadas, doblemente pelonas.

Muy pronto, el ingenio popular puso sus fuerzas al servicio de los perseguidores de flappers. Corrió por las calles un versito amenazador:

Se acabaron las pelonas,

Se acabó la pretensión.

La que quiera ser pelona,

Pagará contribución.

Existen al menos tres variantes conocidas de la burlona cuarteta. En una se cambia la palabra “pretensión”, que deseaba dar a entender cuán artificioso y poco “natural” era el pelo corto, por “presunción”, que equivalía a llamar frívolas a las muchachas. Una tercera versión sustituye el término por “diversión”. En cualquiera de los tres casos, la advertencia era la misma: a la pelona imprudente que se aventurase por las calles, tendría que asumir el riesgo de la corretiza y volver a su casa con la cabeza hecha un desastre.

Pero, lejos de doblegarse, aquellas jóvenes, que no estaban solas, decidieron resistir.

“YA NO LLOVERÁ, PELONAS”. Hay que decirlo. En algunas zonas del barrio universitario, llegaron a librarse pequeñas batallas campales, pues algunos compañeros o amigos de las flappers estudiantes entraron en su defensa, ahuyentando a golpes a las fuerzas de la tijera agresora. Los de Medicina se trenzaron en pelea con los de la Escuela Normal por unas “pelonas”, contó El Universal Gráfico en el verano de 1924. Los de Medicina  se enfrentaron con los de la Nacional Preparatoria en defensa de sus condiscípulas pelonas. Los cadetes del Heroico Colegio Militar entraron también al quite, y asumieron como “una cuestión de honor” defender a las “pelonas”.

El reportero Jacobo Dalevuelta, siempre a la caza de historias extraordinarias, no vio mal la amenaza que algunos defensores de las flappers soltaron a todo aquel que deseara escuchar: “Por cada pelona que sea rapada, se cortará el pelo a una trenzuda”. El escándalo empezó a crecer.

 Por un lado, la prensa católica atacaba a las pelonas, y por otro, la gran Esperanza Iris daba una “función femenina”, donde uno de los números fuertes era la propia Iris, pronunciando un discurso que, sólo con el título, ya se sabía para dónde iba: “El derecho de cortarse la melena, dedicado especialmente a las pelonas”. Los sindicatos empezaron a quejarse, temían por las jóvenes obreras que hubiesen adoptado el pelo corto. Al gobernador del Distrito Federal se le exigió que pusiera orden. La Secretaría de Educación pública amenazó con la expulsión a todo aquel que agrediera a una “pelona”.

A fuerza de tenacidad, las pelonas lograron sobrevivir sin regresar a las trenzas del pasado. Mucho les ayudó que los gobiernos posrrevolucionarios promoviesen la imagen de una mujer distinta, acorde con los nuevos tiempos, desterrado el pasado porfiriano. A la vuelta de unos pocos años, muchachas como Ernestina, la hija del presidente Calles, de cabello corto y que manejaba su propio automóvil, y muchas otras, no tan privilegiadas, comenzaron a ser presencia frecuente en todo México. En 1925, José Moriche grabó otro éxito, “Ya no lloverá, pelonas”, señal de que el escándalo empezaba a ceder:

De verdad se ven muy monas

Cuando salen a pasear.

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