Opinión


Credo antipopulista

Credo antipopulista | La Crónica de Hoy

Mucho hay que aprender de Estados Unidos en el momento en que imprime una derrota al populismo y se esfuerza por superar las lacras que este ha dejado por herencia.

Las palabras pronunciadas por el presidente Biden al tomar posesión de su puesto tienen un extraordinario valor para nosotros que sufrimos el mismo mal que ellos padecían.

No hablo de la pandemia, sino del populismo. Las similitudes personales y políticas entre Trump y López Obrador son asombrosas. Ambos lanzaron furiosos ataques contra una supuesta élite del poder y ambos se dijeron auténticos representantes del pueblo.

Ambos rechazaron las críticas, se enfrentaron a los medios de comunicación y manifestaron un total desprecio por la verdad, por los expertos, por los intelectuales y por los académicos. Ambos gobernaron con una gran dosis de capricho e improvisación.

El resultado de esta forma de gobierno está a la vista de todos: una sociedad dividida, polarizada por el odio y una atmósfera psicológica de animadversión que condujo, como vimos, al violento motín del capitolio.

Biden tiene razón cuando afirma que la democracia es un orden político frágil, que puede ser vulnerada desde dentro, por fuerzas políticas que menosprecian la ley y que, no obstante, son capaces de ganar el voto popular mediante un discurso de odio.

Frente a la división, dice el nuevo presidente de Estados Unidos, hay que convocar a la unidad de todos los ciudadanos. Tras cuatro años de populismo, el gobierno de ese país debe realizar una operación cuidadosa de reparación, curación, restauración en su convivencia.

Biden recordó a Lincoln cuando dijo: “Malicia para nadie, caridad para todos”. No se puede gobernar con el odio y la división sin esperar sus lógicas consecuencias: el desaliento, la angustia, la confusión, el temor y la desesperanza.

El precio que se paga por el populismo es muy alto. La nación pierde fuerzas para hacer frente común ante las calamidades que la azotan: la pandemia, la violencia, la ilegalidad, la pobreza, la desigualdad y la desmoralización.

El populismo destruye el espíritu de comunidad y socava el espacio público compartido que hace posible que la democracia se alimente del diálogo sincero entre los actores políticos. Golpea, asimismo, el respeto --que todos debemos tener-- a la verdad, en la medida en que los líderes populistas son demagogos inescrupulosos que hablan con indiferencia con verdades y mentiras.

La política de las emociones negativas, los discursos que explotan el odio y el resentimiento, no educan el pensamiento crítico, la inteligencia política, sino que promueven el prejuicio y la desconfianza entre conciudadanos que, al mismo tiempo son vecinos.

Esas políticas no hacen olvidar los ideales de nuestros próceres, los hombres que fundaron nuestra nación. ¿Cuáles son esos ideales? En el caso de México son la libertad (Juárez), la democracia (Madero), la justicia social (Cárdenas), la unidad basada en la diversidad cultural (Gamio y Bonfil).

De lo anterior se deduce que los mexicanos no debemos vernos como adversarios. Que las diferencias políticas no deben enfrentarse con odio y descalificación, sino con comprensión y tolerancia. Que podemos y debemos tratarnos unos a otros con dignidad y respeto.

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