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Crimen y duelo: flores para Madero y Pino Suárez en el Panteón Francés

Daban las diez de la noche cuando se apagaron las luces en la Intendencia de Palacio Nacional. Los tres prisioneros, el general Felipe Ángeles, Francisco I .Madero y José María Pino Suárez, se disponen a dormir. El expresidente, envuelto en una manta, oculta la cabeza. Ángeles intuye que llora por su hermano, asesinado a las puertas de la Ciudadela. No transcurre ni media hora cuando las luces se encienden de nuevo. Los trasladan a la Penitenciaría de Lecumberri, les dicen. Pero no. Dos de esos tres hombres van a su encuentro con la muerte.

Crimen y duelo: flores para Madero y Pino Suárez en el Panteón Francés | La Crónica de Hoy

El cuerpo de Madero es conducido a su última morada luego de un triste recorrido al Panteón Francés.

Algo oscuro intuye Francisco Madero en las palabras del oficial Chicarro, que les notifica del traslado. ¿Por qué no avisaron antes? ¿Cómo nos llevaremos las camas, la ropa? Recibe por respuesta un “las llevaremos después…” que tiene un punto de inquietud. Resignados, los tres prisioneros se incorporan. A Pino Suárez lo registran con detalle. No, general Ángeles. Usted se queda aquí. Solamente el ex presidente y el ex vicepresidente se van.

Ángeles y Madero se abrazan por última vez. Cuando ya avanzan por el patio, Pino Suárez se vuelve y le grita: “¡Adiós, mi general…!”

Los esperan dos autos particulares. En uno, un Protos, sube Madero, con el mayor Francisco Cárdenas. En el otro vehículo,  un Peerles, va Pino Suárez, con el teniente Rafael Pimienta.

Los autos arrancan. Faltan pocos minutos para las once de la noche. Las calles que circundan el Palacio Nacional están desiertas. Los autos toman Moneda y luego Ferrocarril de Cintura para llegar a la Penitenciaría.

Ante la entrada del penal, el jefe de carceleros cambia algunas palabras con Cárdenas. Los autos arrancan de nuevo, rodean el edificio. Se detienen en la parte trasera. Fuera de la penitenciaría todo es oscuridad. 

Todo es muy rápido. Cárdenas asegura que no bien pone Madero un pie fuera del auto, le da dos tiros en la nuca. El cuerpo del expresidente cae. Pino Suárez escucha los balazos, se resiste a salir del auto. Encañonándolo, Pimienta lo hace bajar. Pino Suárez, aterrado, echa a correr; tropieza, cae al suelo. Tiene una pierna rota. Cárdenas apremia a Pimienta: acabe de una vez. El teniente replica “Yo a un caído no le pego”. Cárdenas, que no está para contemplaciones, dispara sobre el ex vicepresidente. Sólo entonces Pimienta dispara también.

Después, algunos presos le contarán a Felipe Ángeles que escucharon los tiros. Cuando Cárdenas rememore aquella noche, dirá que ordenó balacear los autos. Después, colocaron en ellos los cadáveres y dieron de nuevo la vuelta, hasta la puerta de la Penitenciaría. Allí entregaron los cadáveres al director.

Al día siguiente, el gobierno de Victoriano Huerta da una versión, su versión de los hechos:

“…al llegar los automóviles en que iban los prisioneros, el tramo final del camino de la Penitenciaría, fueron atacados por un grupo armado, y habiendo bajado la escolta para defenderse, al mismo tiempo que  el grupo de aumentaba, pretendieron huir los prisioneros; que entonces tuvo lugar un tiroteo, el que resultaron heridos dos de los agresores y muerto otro de ellos, destrozados los autos y muertos también los dos prisioneros”.

Cuando esta versión comience a circular, nadie o casi nadie la creerá. Como todo se sabe, tiempo después, cuando se conozcan las autopsias de las víctimas, se sabrá que Madero tenía golpes en el rostro y en el cráneo, y dos balazos en la parte posterior del cráneo. Pino Suárez tiene trece impactos de bala, y tres en el cráneo. Hay traiciones que no se pueden ocultar.

LA TRISTE RUTA HACIA EL PANTEÓN FRANCÉS DE LA PIEDAD. En el sitio donde cayeron muertos Madero y Pino Suárez, amanecen montones de piedras. Allí se congregan los curiosos, los inquietos, los que quieren saber. Empieza a correr por la ciudad el rumor de que el ex presidente y el ex vicepresidente han muerto. Y nadie se traga la versión de la refriega. Al calor de la noticia, se empieza a forjar un corrido:

 

Año de mil novecientos

de mil novecientos trece,

Ya mataron a Madero

y nada que aparece.

 

Sólo hasta el 24 de febrero, la tenacidad y el valor de los diplomáticos consiguen que Huerta acceda a que Sara Pérez, ahora viuda de Madero, recupere el cadáver de su marido. A partir de ese momento, además de numerosas fotografías, se filman fragmentos de ese día. Así, puede verse a la viuda, de luto riguroso, sacando fuerzas de flaqueza, limpiándose las lágrimas del rostro, mientras camina hacia la entrada de la Penitenciaría. Le han rechazado las ropas que lleva para vestir a su esposo, a su Pancho. Lo amortajaron con la tela que en la cárcel usan para los presos que fallecen. Sara siente que ella también se muere cuando se acerca al cadáver. Sólo puede verle el rostro. Lo besa en la frente.

Es el hijo mayor de José María Pino Suárez quien reconoce el cadáver. Le han querido ahorrar a la viuda el dolor de ver a su esposo, porque el rumor asegura que lo desfiguraron.

Se disponen los funerales. Ambos irán a tumbas contiguas en el Panteón Francés de la Piedad. Allí llegan los ataúdes en los trenes fúnebres que se usaban en esos días. Los rodea la gente, que lleva ramos de flores en las manos. Entre la multitud, camina otra víctima del cuartelazo, el ex canciller Pedro Lascuráin, presidente de la República durante 45 minutos. Nadie sabe que para sepultar a Madero, la familia ha vendido su caballo. Antes de salir de la ciudad, doña Mercedes deja pagada una tumba más, al lado de la de Pancho: es para Gustavo, cuyo cadáver todavía no es recuperado.

El miedo es más fuerte. Victoriano Huerta es presidente.

EPÍLOGO: LOS HERMANOS SE REÚNEN. Hasta el 25 de febrero, Elena, la cuñada de Gustavo y su esposo, Rafael, son enterados de que, en el panteón de Dolores, está el cadáver del hermano del presidente. A toda prisa, gestionan la orden del Ministro de Guerra, sin la cual no lo entregarán.

Reciben por fin, el cuerpo martirizado de Gustavo Adolfo Madero. Está irreconocible. Lo identificaron por las marcas de sus iniciales, bordadas en lo que queda de su ropa, y por el ojo de esmalte. “Las alhajas que tenía Gustavo encima se las robaron todas… yo quería ir al panteón a verlo, y darle el último adiós, por su esposa y por sus hijos, pero no me dejaron, porque ya he sufrido mucho…”.

Rafael, esposo de Elena y cuñado de Gustavo, quien asumió la tarea de llevarlo a enterrar, le contará después a la familia que las tumbas de Francisco I. Madero, de José María Pino Suárez y del propio Gustavo, están llenas de flores. Siempre son flores frescas. “las llevan personas ricas y pobres, de todas clases sociales…”

Por fin. Los hermanos Madero estaban juntos nuevamente.

 

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