
A partir de esa experiencia, el ilustrador escribió Mañana viene mi tío (Fondo de Cultura Económica) donde narra cómo un niño espera sentado a que su tío lo visite hasta convertirse en anciano y, aun sentando, mantiene la esperanza de ver a su tío entrar por la puerta de su casa.
“Entendí que no era tan común que los padres de la gente de mi edad hubiese estado preso y que Uruguay tuvo muchos presos, de hecho es el país con la tasa por habitante más alta de detenidos en la dictadura. Así como en Argentina desaparecieron gente y en Chile mataron a cientos, en Uruguay lo que hicieron fue recluir y torturar a miles”, señala.
Con el tiempo, Santana Camargo asumió que su padre no fue un preso, sino un hombre secuestrado por un grupo de tareas que operaba como paramilitares, quienes se lo llevaron de noche, lo metieron a una clandestina reclusión, lo torturaron y a los dos meses, lo dejaron libre.
El libro ilustrado Mañana viene mi tío fue escrito por el artista durante una marcha por los desaparecidos en Uruguay, justo el año que el gobierno de José Mujica intentó desechar la Ley de Impunidad o Ley de Caducidad, que permite no juzgar los crímenes sucedidos hasta 1985.
“Entre los desaparecidos uruguayos hay una persona que se llama Nelson Santana y durante la marcha empecé a inventarme un cuento en donde Nelson era mi tío. Hice los bocetos y el libro casi lo diseñé en esa marcha. Fui anotando una serie de escenas de una persona que espera, espera y espera, y no recibe respuesta”, narra.
El autor guardó sus apuntes para después iniciar las ilustraciones basadas en La Línea, libro que en 1975 escribieron Beatriz Doumerc y Ayax Barnes, que les mereció el Premio Casa de Américas ese mismo año, sin embargo, en su país, Argentina, fue prohibido por considerarlo peligroso.
“Quise hacer una especie de homenaje y una continuación, una respuesta más triste a La Línea cuyo final es esperanzador”, explica el autor.
Santana Camargo advierte que la portada de su libro es tramposa porque el protagonista mira al lector con un rostro simpático.
“El libro tenía que funcionar como una especie de bomba, el impacto emocional tenía que ser casi un golpe bajo, incluso con una carga de violencia, con la necesidad de hacer que algo explorara en los demás”, afirma.
El ilustrador pensó que ese golpe emocional no sería tan grave en un niño, pero sí en los adultos. “Mi intención es que funcionara como una especie de caballo de Troya, que un niño pudiera ver el libro porque le cayeran simpáticos los dibujos y que le generara una pregunta clave: qué le pasó al tío”.
Esa duda genera una obligación en los adultos: responder.
“Cualquier adulto por poco compromiso que tenga con el tema, algo sabe, algo tiene que saber y si no sabe nada, también era mi parte de la rabia. Si no sabes nada de las desapariciones, agarra un periódico. No puedes no saber. Quizá es pretensioso, pero hay que estar informados para responder: por qué no llega ese tío, no es que perdiera el autobús de las cinco y que ahora tomará el de las once de la noche”, indica.
— ¿Qué papel juega la esperanza?
—Me interesó que el libro tuviera un personaje que no se amargara. Busqué la empatía mínima con el dolor de alguien que está preguntando por su hijo desaparecido y también la conexión con lo más infantil. ¿Por qué el niño espera con tanta ansiedad al tío? La historia larga es que ese tío es el compinche, el que te dio el primer cigarrillo o el que te mostró por primera vez los bares.
“Hay un optimismo que no puede ser arrebatado de la gente, el aferrarse a un rayito de luz aun sabiendo que pasaron 50 años y que biológicamente la persona puede haber muerto. El derecho a aferrarse a la esperanza de la aparición y sobre todo, a recibir una respuesta. De ahí el tono que el personaje, página por página, se mantiene con una sonrisa”, responde.
Santana Camargo expresa que hoy esas voces que dicen que a los casos de desapariciones les darán vuelta a la página es una postura refugiada en la falta de empatía con la verdad o con la entrega de información.
“Es una respuesta ruin porque en realidad economiza en algo que no se puede economizar, pretende ver que es un gasto de algún orden económico y emocional, y que no tiene sentido seguir gastando energía, dinero o esperanza en eso, cuando en realidad, la esperanza no se agota y lo que tendrían que hacer es alimentarla”, comenta.
El ilustrador lamenta que las palabras verdad, memoria y justicia, de tanto repetirlas, pierdan valor conceptual. “Esas tres cosas están amparadas en la esperanza, que además es un componente netamente humano”.
“Teníamos el horror instalado en nosotros. La política apareció en nuestra infancia. Es tremendo que los niños tengan que convivir con eso, que los momentos históricos y épocas hagan que hasta los niños tengan que empezar a entender su realidad y tengan que salir a la calle a reclamar y organizarse porque hay un gran problema”, opina Nona Fernández.
La novela editada por el Fondo de Cultura Económica está inspirada en hechos reales: la vida de Estrella González, la compañera de preparatoria de la autora, quien fue hija de un carabinero criminal, responsable de un caso importante y mediático, el caso Degollados, donde tres militantes comunistas fueron secuestrados y luego aparecieron degollados durante los años de la dictadura de Augusto Pinochet.
“Para nuestra generación fue tremendo constatar a la luz del tiempo que nuestra compañera era la hija de este hombre y este hombre, al que conocíamos, era dueño de la casa a la que habíamos ido, es decir, tener el horror tan cerca, haber andado en su auto. Eso fue estremecedor para nosotros”, indica.
Ahí, Nona Fernández sintió que había una historia que contar “porque era una metáfora de cómo el horror se colaba en la infancia, de cómo uno queda marcado por eso, no es algo de lo que te deshagas, eso queda en tu memoria, en tu cuerpo, en tu experiencia”.
Sobre el caso Degollados, la autora platica que fue una noticia muy comentada en los medios de comunicación.
“La dictadura en Chile partió en 1973 y toda en esa primera parte, la gente se enteraba de casos no porque saliera en los diarios o noticias, pero a fines de los 70 empezó a haber prensa de oposición, en 1982 el mundo internacional observó a Chile como una dictadura feroz, ya había manifestaciones, marchas y un movimiento en contra de la dictadura, pero este tipo de acciones tan violentas ya no se hacían”, narra.
Cuando sucedió el caso, agrega, al ser personas relativamente conocidas fue muy mediático. “Parte de la Iglesia chilena se portó bien acogiendo a las víctimas de la dictadura y ellos hablaban a la radio para pedir que soltaran con vida a esos tres jóvenes, fueron 24 horas donde todos estábamos siguiendo el caso. Cuando aparecieron degollados fue un suceso”.
— ¿Cómo lidiar con la desaparición de un personaje y no porque sea una decisión de la narradora?
—Creo mucho en la literatura como un espacio de visibilizar vidas y voces que no tuvieron la oportunidad de expresarse ni de que la historia las conociera. Lidio desde ese lugar, desde el intentar hacer algo bueno con la literatura y dar a esas personas que desaparecieron o que fueron violentadas un espacio para que se sepa que eso ocurrió.
Antes de que los teatros cerraran por la emergencia sanitaria por COVID-19, llegó al Teatro Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario, la puesta que el francés basó en su primera impresión del país.
“El guion no aborda la desaparición de manera anecdótica, el espectador tiene que concluir qué le pudo suceder al joven, compartimos el sentir de una familia que está ante la ausencia y la desazón de no saber si Ángel se hartó de nosotros, si lo violentaron, si se suicidó”, comenta el actor Antonio Rojas.
Rojas, quien da vida al tío del desaparecido, señala que Rambert apostó por el desgarrador paso del tiempo de los que buscan a un familiar desaparecido, esa conversión a seres “pasivos doblados en el silencio”.
“El teatro no plantea cosas bonitas, las historias son que tu pareja te engañó o que el padre no da para el gasto. Esos escenarios en los que nadie quiere estar, aparecen en el teatro. La gran lección del teatro es que a través de la lucha del personaje por resolver el problema, el espectador puede encontrar cómo hacerle”, indica.
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