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Drogas duras y la suplantación de moléculas que producen felicidad

Especialistas consultados por Crónica hablan de las metanfetaminas, en especial el cristal, contra el que las campañas oficiales dirigen sus esfuerzos.

Drogas duras y la suplantación de moléculas que producen felicidad | La Crónica de Hoy

Herminia Pasantes, investigadora y especialista en temas de neurobiología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El primer paso para que una persona pueda dejar el consumo de una sustancia es que acepte que es dependiente, pues suelen decir “yo lo dejo cuando quiera, yo no soy adicto; no son tan malas las anfetaminas”. De acuerdo con Herminia Pasantes, la investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Autónoma de México (UNAM), lo único que le interesa a la persona enganchada por la sustancia es tener la droga “y hacia ahí dirige todas sus acciones”.

Claro, indica la investigadora, la persona se autoengaña porque se dice “sí que la necesito porque tengo un día muy largo de trabajo y me conviene estar muy concentrado, no salir a comer, no dormir y poder estar toda la noche trabajando”.

Y cuando se intente dejar el consumo de las anfetas, cristal  o vidrio (como se le dice en la calle), aparecerán problemas derivados de la alteración en el funcionamiento del cerebro.

El cristal suele tener un alto índice de adicción y dejar distintas consecuencias tanto físicas y motrices, así como en la toma de decisiones y el comportamiento.

Es compleja la explicación sobre lo que sucede al interior del cerebro cuando el cristal circula en el cuerpo. El cerebro tiene la capacidad de reaccionar y adaptarse a las circunstancias gracias a una propiedad llamada neuroplasticidad. Por lo tanto, explica Pasantes, el sistema puede ser manipulado por sustancias externas, las drogas pueden suplantar las moléculas relacionadas con la felicidad, placer y euforia porque son muy parecidas a las moléculas naturales que posee el cuerpo humano.

“Las metanfetaminas van a suplantar a un neurotransmisor que es la dopamina, la cual actúa en ese circuito para que la persona perciba la felicidad. Las anfetaminas y metanfetaminas aumentan la cantidad de dopamina que está en ese circuito y engaña a una molécula que es la que, normalmente remueve a la dopamina en el ciclo de comunicación entre las neuronas”, agrega. Lo anterior se traduce en que aumente la cantidad de dopamina y permanezca más tiempo en el sitio de comunicación, en ese circuito de la felicidad, es decir, “el resultado es que la gente se siente muy bien con el cristal y la metanfetamina”, menciona.

La trampa está tendida para entonces. El cerebro se da cuenta de que cuando se le suministran las sustancias externas, funciona igual o mejor. Pero cuando se deja de consumir las sustancias propias del cuerpo “y (el cuerpo) confía en que va a llegar de fuera algo y no llega, entonces, en vez de la euforia y felicidad, hay un sentimiento de infelicidad casi insoportable”, menciona la investigadora.

El consumo a corto y mediano plazo provoca episodios de ansiedad, desesperación, insomnio, irritabilidad, violencia, episodios de paranoia y alucinaciones; mientras que a largo plazo puede dejar secuelas como episodios de psicosis o paranoia.

La investigadora comenta que si deja un tiempo largo, un año, año y medio sí es factible revertir los cambios que hubo en el cerebro, “siempre y cuando, no haya tenido esos problemas psicóticos porque esos sí ya, a veces, no son reversibles”.

EN BUSCA DE MÁS Y MÁS HORAS DE FIESTA Y DISEÑO CREATIVO. La noche en que Daniel probó por primera vez el cristal fue porque le vendieron la sustancia como cocaína, la que consumía en ocasiones. Su amigo y él (19 años para entonces) la aspiraron y se volvieron consumidores habituales. Después de una hora, compraron otra dosis. Sin importarle tanto qué era, Daniel aspiraba los cristales molidos que le irritaban y causaban más ardor en las fosas nasales que la cocaína, pero que le daba una energía impresionante; podía andar de fiesta sin dejar de lado su formación como diseñador, su carrera. Pensaba claro (eso creyó) para efectos de ser eficiente y más productivo en su labor creativa.

Se enganchó con el cristal así, lo consumió ocho días después de la primera ocasión; luego al lunes siguiente... y el siguiente miércoles...

La droga les agradó porque el efecto era más duradero. Normalmente, inhalaban cristal después de ingerir alcohol para “bajar la borrachera; nos daba energía y ya nos sentíamos medio bien y seguíamos en la fiesta”.

“Me daba euforia, me aceleraba un buen. De alguna forma, me hacía pensar más claro… No me dispersaba tanto. Tenía más claros los pensamientos. Estaba más concentrado”, platica.

Sin embargo, cuando no aspiraba cristal venía el problema, “sentía un bajón.

En su clase de los sábados sólo se sentó en el fondo y no se movió durante las cuatro horas. “No tenía nada de energía, tenía mucho sueño. Llegué a mi casa y me dormí toda la tarde”, menciona.

Daniel ingirió cristal por mes y medio aproximadamente, pero dejó de hacerlo porque notó que estaba cambiando su forma de ser. “Me estaba volviendo muy agresivo, muy impulsivo, hacía cosas que nunca hacía. Una vez me llegué a pelear en el transporte público y discutía mucho con mis amigos. Estaba molesto todo el tiempo cuando no podía meterme o no conseguí cristal. Cuando ya lo conseguía, ya estaba tranquilo”.

A casi seis años de haber pasado por esta situación, menciona que no volvería a consumir cristal. “No, ya no. A partir de que lo dejé... No he pensado en volver a hacerlo porque fue un momento duro estar así y pensar a dónde podría haber llegado de seguirlo haciendo”.

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