Opinión


El Borges de Pacheco

El Borges de Pacheco | La Crónica de Hoy

En 2019, año en el que celebramos 120 del nacimiento de Jorge Luis Borges, y 80 del natalicio de José Emilio Pacheco, la editorial Era ha publicado un breve volumen que sienta en la mesa de la conversación a estos dos autores centrales de la literatura hispanoamericana del siglo XX, pero que seguirán proyectándose y descubriéndose en el siglo XXI.

Conformado principalmente por las notas que José Emilio Pacheco elaboró para una serie de conferencias que dictó sobre el autor argentino en El Colegio Nacional (ignoro el año y la publicación no lo aclara), este libro tiene la virtud de contener en su brevedad a dos universos y a dos temperamentos intelectuales omnívoros y extraordinariamente eruditos.

La de Borges, como la de Pacheco, son dos hazañas de la lectura, es decir del acto primario de leer como condición ineludible para que se cumpla esa otra osadía menor que es escribir. Las fronteras entre el escritor y el lector se diluyen tanto en Borges como en Pacheco, y la obra que ambos construyeron no podemos concebirla sino como un diálogo incesante del escritor-lector con la literatura y con la historia universal: dos granos singulares del “libro de arena” —la imagen es de Borges— que no tiene principio ni fin, y cuyo número de páginas es infinito. Aquí la infinitud está contenida en 116 páginas alentadoras.

El libro empieza con una “cronología mínima” de Borges a la que me acerqué con más disciplina que interés sólo para darme cuenta que el del recuento cronológico puede ser también un arte mayor, y que si ese espacio virtual que alberga a la memoria del mundo en la era del internet que es la Wikipedia —Borges en cambio se formó, y así nos los recuerda Pacheco, en los veintinueve volúmenes de la Enciclopedia Británica que a los 30 años compró de segunda mano con lo obtenido por un premio literario— tuviera como redactores a otros JEP, la historia de nuestras letras y nuestros escritores estaría a pleno resguardo. La cronología de Borges que hace Pacheco debería aparecer, a partir de ahora, en cada nueva edición de un volumen de Borges. Sus lectores saldrían ganando.

Le siguen seis capítulos variopintos que, intuyo, son el corpus de las conferencias de Pacheco sobre Borges en El Colegio Nacional. Los seis tienen ese aire al mismo tiempo digresivo y certero, lúdico y magisterial, a la vez telescópico y microscópico, que caracterizaron al Pacheco conferencista. Yo lo escuché por primera vez en 1991, siendo aun universitario, ahí mismo en El Colegio Nacional, en una serie de conferencias sobre los novelistas mexicanos del siglo XIX, y puedo decir, sin duda alguna, que escucharlo me marcó.

Cuando el conferencista saca el telescopio, como en el primer capítulo de este volumen, se remonta a los autores fundacionales de la literatura en español, a Don Juan Manuel de El Conde Lucanor, y al mismo Cervantes, sólo para explicar la magnitud de la aportación de Borges al español literario: “Borges duplicó la hazaña de Don Juan Manuel. Las consecuencias para la narrativa de todo el planeta fueron incalculables. Aún no acabamos de medirlas”.

Y cuando Pacheco dispone de la lupa para explicarnos a Borges, puede ofrecernos esto que para mí es una revelación: “en la lírica de la lengua española se había vuelto insólito, para 1958, escribir versos medidos y rimados. Borges tuvo que hacerlo al no poder ver ya lo que escribía. La rima, que antiguamente se utilizó como procedimiento mnemotécnico, le permitió preparar borradores mentales para después dictarlos y corregirlos infinitas veces”.

Al conferencista también le gusta la digresión, y dedica por lo tanto otro capítulo a rastrear los vínculos de Borges con el dominicano Pedro Henríquez Ureña y con el mexicano Alfonso Reyes: “a partir de su frecuentación de Reyes y Henríquez Ureña, Borges escribe una prosa distinta y algunos años más tarde emprende la redacción de cuentos que son ensayos y ensayos que son cuentos. (…) La mayor afinidad entre los tres, sobre lo cual no cabe hablar en términos de influencias sino de intercambios, radica en la voluntad de renovar la literatura española a partir de ejemplos anglosajones”.

El Borges de Pacheco es también una radiografía de la historia de nuestras letras: “el mismo Borges que en 1921 lleva a Argentina a la vanguardia, a partir de los años cuarenta inicia sin saberlo lo que hoy llamamos “posmodernidad”: rompe con las fronteras entre arte culto y arte popular, creación y crítica, escritura y lectura, originalidad e imitación”:

Metido en el laberinto borgeano, Pacheco hace valer su mejor prosa y dispone de su mejor intuición literaria: “la idea del laberinto queda asociada desde muy temprano en Borges a la noción del vuelo hacia la libertad, vuelo que también acaba en fracaso. No importa, así sea por un instante, se ha mirado la tierra desde donde antes sólo la habían visto los dioses y los pájaros. Hay una salida del laberinto, y es el vuelo, imagen por excelencia de la imaginación y la lectura”.

Siendo el de los espejos otro tema eminentemente borgeano, Pacheco parecería mirarse en ese espejo.  Lo que Pacheco escribe de Borges aplica letra a letra para él mismo:

“La obra de Borges resulta inseparable del periodismo: la inmensa mayoría de sus cuentos y poemas aparecieron en los diarios. Sus ensayos son, en realidad y vistos con detenimiento, el grado más alto que pueden alcanzar la reseña y la nota literaria y establecen un nivel imposible de alcanzar. (…) Borges inventó un género en el que se confunden los límites: hay cuentos que parecen ensayos y ensayos que parecen cuentos. Consideró la experiencia leída tan válida para hacer literatura como la experiencia vivida, y la realidad le pareció no menos fantástica que el relato más imaginativo. Cada una de sus notas es la crónica de un viaje por un libro. (…) El lector es el héroe de los libros, la lectura, una obra de creación”.

También humorista, el volumen cierra con un texto que Pacheco publicó originalmente en la revista Letras Libres en 1999, con motivo del centenario del argentino, y en el que muy al estilo de Borges inventa una bibliografía imposible y estrambótica alrededor del no Nobel. Entre ellos, “la única novela que Borges escribió”; un tratado erudito sobre Borges y la Biblia de la autoría de Carlos Monsiváis;  y las memorias de la enfermera y asistente de Borges, Fani Uveda, encargada de arrojar al incinerador “cerca de quince mil libros que sus ingenuos autores enviaron a Borges”, entre ellos, uno del propio Pacheco, La sangre de Medusa, que la severa Fani Uveda calificó como “cuentitos mexicanos de imitadores lamentables que me dieron la impresión de leer la prosa de Borges con acento de Cantinflas”.

Le debo a mi amigo el escritor Bruno H. Piché el libro que tengo en mis manos y que originalmente fue un préstamo. Cuando supe de su existencia lo busqué en varias librerías y aún no se había distribuido.  Bruno entonces me lo prestó y pocos días después me mandó desde la Gandhi una foto del libro junto con este mensaje: “Ya me hice de otro Borges. Casi como en el cuento, ¿no?”. Le respondí: “Al otro, a Borges, lo leo yo”.

 

 

edbermejo@yahoo.com.mx

@edbermejo

 

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