Opinión


El docente es también una persona

El docente es también una persona | La Crónica de Hoy

En un texto clásico (El enseñante es también una persona, 1986), Carl C. Rogers, dice que el éxito de la docencia se relaciona fundamentalmente con ciertas actitudes que adopta el mentor frente al alumno. Las tres esenciales son: a) la facultad del docente para para comprender la significación de la experiencia vivida por el alumno en clase; b) el respeto que guarda el profesor por el alumno; c) la autenticidad del maestro en su relación con los estudiantes. La investigación demostró que cuando esas tres actitudes estaban presentes en alto grado los alumnos tenían notables progresos en cuanto a los objetivos educativos.

La congruencia es fundamental, dice Rogers, tanto en la relación maestro-alumno como en la relación terapeuta-paciente. Congruencia significa que “todo lo que está en el interior de uno mismo” corresponda a lo que el profesor o terapeuta es “en el exterior”, lo cual quiere decir que el docente-terapeuta debe ser transparente, sin fachadas, sin falsas apariencias. Y agrega: al alumno-paciente hay que prestarle atención incondicional, sin prejuicios. La empatía del docente-terapeuta hacia el alumno-paciente es importantísima para lograr el cambio que se busca.

Otros estudios semejantes coincidieron que la autenticidad del docente, su respeto por el alumno y la comprensión de lo que significa para el alumno la experiencia vivida en clase son las condiciones que facilitan el aprendizaje. La relación es directa. Cuanto más los maestros adoptan esas actitudes, mayor es la realización que logran los alumnos. Los docentes más facilitadores suelen presentar estas características: a) tienen una representación de sí mismo más positiva; b) tienen a revelar a sus alumnos su propia personalidad; c) tienden a reaccionar ante los sentimientos y las ideas de sus alumnos; d) hacen más elogios; e) dan menos exposiciones magistrales. En opinión de Rogers, tanto en primaria como en secundaria lo más importante es que el docente sea capaz de crear un clima que facilite las adquisiciones, una atmósfera de clase que se caracterice por la autenticidad, la solicitud y la atención comprensiva del maestro.

Con frecuencia, sin embargo, agrega Rogers, los docentes no exhiben su personalidad real ante sus alumnos. En numerosos casos el docente muestra una máscara profesional desde que comienza la jornada de trabajo, máscara que se quita una vez que concluye la clase. “Parece más tranquilizador y seguro ocultarse detrás del papel de profesor que enfrentar al alumno como persona auténtica, humana; persona que experimenta sentimientos, que piensa, que posee defectos, pero también cualidades. ¡Para muchos es muy arriesgado ser humano con los estudiantes!”. Otros profesores tienden a categorizar a los alumnos, a adoptar una visión prejuiciada de ellos, a tratarlos como una masa indiferenciada, a mirarlos desde lo alto y verlos como incapaces.

En consecuencia, las expresiones emocionales, afectivas, del docente —notablemente la empatía— tienen enorme importancia para la promoción efectiva del aprendizaje. Pero un clima de aula donde impera la amabilidad y el respeto, es también un factor que potencia la autoestima de los alumnos, como se ha comprobado en múltiples ocasiones.

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