Opinión


El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional: Porque morir no duele, lo que duele es el olvido

El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional: Porque morir no duele, lo que duele es el olvido | La Crónica de Hoy

“El Zapatismo no es una nueva ideología política o un refrito de viejas ideologías. El Zapatismo no es, no existe. Sólo sirve como sirven los puentes, para cruzar de un lado a otro. Por tanto, en el Zapatismo caben todos, todos los que quieran cruzar de un lado a otro. No hay recetas, líneas, estrategias, tácticas, leyes, reglamentos o consignas universales. Sólo hay un anhelo: construir un mundo mejor, es decir, un mundo nuevo.”

Subcomandante Marcos

Era la víspera de año nuevo, un 31 de diciembre de 1993, cuando las autoridades del México imaginario firmaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Para garantizar el ingreso del país al tratado “se había modificado el artículo 27 de la Constitución Nacional, que impedía que las tierras comunitarias y ejidales pudieran venderse” (Oviña, 2007). Fue un día después, el primero de enero de 1994, cuando el nombre de Zapata resonó por entre las arboledas de las sierras de San Cristóbal de las Casas. El país despertó con el gritar de un “¡Ya basta!”, con la imagen de miles de indígenas con pasamontañas negros cubriéndoles las caras, pañuelos de colores, armas de fuego o machetes. Tomando al TLC como su catalizador, El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) le declaró guerra al gobierno mexicano. Ese día, el México profundo rompió esquemas, alteró los distintivos del juego jerárquico nacional, cruzó el umbral del símbolo nacionalista para ser percibido como la persona autora de su significación, de su autodeterminación. Negando la opresión se afirma la libertad.

“Disculpen las molestias, esto es una revolución.” Habló el vocero de aquel grupo indígena con balaclavas, el Subcomandante Marcos. ¿Sin embargo, qué se requiere para comenzar una revolución?

Nuestro país es complejo. El imaginario nacionalista mestizo que se dibujó mezclando los colores del misticismo prehispánico junto con los tintes sobrios del progreso occidental no alcanza a diseminar lo que en realidad somos como nación, como patria, como pueblo. Ni los héroes proverbiales de la historia, ni las tradiciones, ni nuestra gastronomía, ni las canciones consiguen exteriorizar el laberinto de la cultura mexicana. Al trazar en palabras el mapa de la cosmovisión de un país tan amplio e insólito como lo es México, se debe apelar a la fragmentación, a un país bipolar, dividido en dos grandes vertientes.

Desde su conquista (1519 – 1512), la historia de México se puede resumir, a grandes rasgos, como la lucha entre los que se obstinan por orientar al país rumbo al avance de la civilización occidental y el polo contrario que decide arraigarse a su tradición mesoamericana. Son estos los dos escenarios postcoloniales que coexisten: el México imaginario y el México profundo (Bonfil, 1990). El primero hace referencia al proyecto occidental- al proceso de dominación colonial - y el segundo a la identidad originaria – la realidad campesina o indígena. Como bien es lógico, los vínculos entre estos dos universos culturales son innegables. El México imaginario, en su terco esfuerzo por ganarse la hegemonía cultural de la nación, lucha por subordinar al México profundo a su proyecto. La estrategia de la occidentalización mexicana para la asimilación de lo indígena se ha basado en la negación, marginalización y en la falta de reconocimiento de esa otredad mexicana.

Esta negación histórica ha arrinconado al México profundo a una situación marcada por la pobreza que, en el 2018, concentraba al 71% de los indígenas de nuestro país. Resumiéndose a la siguiente cifra: 7 de cada 10 indígenas en México viven en pobreza. Más allá, en la población indígena de 65 o más años, el analfabetismo es de 52.9%. La pobreza, las enormes barreras para acceder a servicios básicos de salud o a instituciones gubernamentales, así como la discriminación, son condiciones a las que se enfrenta el México profundo a diario.

Es por ello que, para lograr reflexionar con claridad sobre la lucha del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), es necesario mirar atrás, contemplar con capacidad analítica el nacimiento y la perpetuación de nuestra patria como un proceso histórico que comprende 500 años de confrontación entre dos civilizaciones. “Nos encontramos con la presencia de culturas mesoamericanas y la presencia de una civilización occidental que ha dominado, en todos los niveles de la vida, sobre las primeras (Esquivias, 2008)”.

“Los indígenas del sureste mexicano achican su miedo para hacerse grandes, y escogen

enemigos descomunales para obligarse a crecer y ser mejores”. 

Subcomandante Marcos

Retomemos la pregunta inicial: ¿Qué se requiere para comenzar una revolución? Para faltarle al respeto al opresor, para decir “no”, tiene que surgir una consciencia crítica lo suficientemente fuerte como para ser llevada a la praxis. La honda capacidad crítica del EZLN no se limitó a una insurrección armada, ellos aún proponen y diseñan nuevas formas de resistencia dentro del ámbito de lo político, de lo cultural, lo social, lo educativo y lo económico. Es esta la base del EZLN, su “resistencia crítica” (Ambrosi, 2018) a todo tipo de opresión, y es este mismo juicio crítico el que debe guiar todo tipo de oposición, en fin, a la izquierda. El Zapatismo puede ser descrito como la lucha crítica y consciente que “no aspira a la toma del poder, sino a la autoorganización de los de abajo” (Oviña, 2007).

La izquierda propuesta por el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional no encaja con el deseo de imponer un modelo socioeconómico orientado al Socialismo o al Comunismo. El aliarse con la nueva élite política de nuestro país sería una negación. Más aún, cuando las tácticas de Morena se han caracterizado por una visión más bien colonial que perpetúa la negación del México profundo a través de la simulación masiva de encuestas, de la utilización de símbolos indígenas para la conformación de propaganda política y la construcción obstinada de obras de infraestructura en los territorios de los pueblos originarios.

¿Es que no aprendemos de nuestros errores? Esta nueva “transformación” no es más que una repetición clara de los modelos políticos anteriores. ¿Somos realmente tan incapaces de concebir modos más pluralistas e igualitarios de hacer política? ¿No nos hemos cansado de fragmentar? Recordemos la enseñanza básica del Zapatismo: la izquierda es una resistencia crítica a la opresión. Si privamos a la izquierda de su capacidad crítica, entonces se convierte en una confabulación para con las injusticias sociales de un régimen.

La estrategia para lograr tejer un México unido, no cuarteado ni desasociado es la aceptación del México profundo por parte del México imaginario. No podemos continuar simulando tolerancia hueca, cerrando los ojos ante la marginalización histórica y la opresión que caracteriza el quehacer diario de tantos y tantas compatriotas. No caigamos en el error de llamar izquierda a lo que no lo es. Recordemos que la izquierda observa a la dignidad humana como parte viva e inherente de los habitantes más empobrecidos e ignorados. Hablar con afecto del Zapatismo es brindarle un chispazo de esperanza a México, es hablar de pluralismo, de la necesidad de un país en el que todos nos sepamos observar como iguales y, a la vez, aprendamos de nuestras diferencias, de un México en donde quepan los sueños del total y no únicamente de los que alcanzan el poder o de los que nacen en una posición de privilegio. Negar una civilización no la desaparece, más bien, aumenta la deuda histórica. No nos equivoquemos, no nos distraigamos, no perdamos más tiempo. Escuchémoslos, porque es ahí, en lo más profundo de nuestra patria, que está la verdadera esperanza de México.

“Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo,

donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú.”

Subcomandante Marcos.
 

Bibliografía:

Ambrosi de la Cadena, Marco. (2018). “El Zapatismo como ‘resistencia crítica’ al neoliberalismo” en Chakiñan: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades. Nº 4, 2018. Pags 28 – 42.

Bonfil Batalla, Guillermo. (1990). “México Profundo. Una civilización negada”. Consejo Nacional de la Cultura y las Artes: México D.F.

Esquivias López, Juan José. (2008). “México Profundo: Una civilización negada” en Acequias. Nº45, 2008. Pags – 35 – 39. Torreón.

Oviña, Hernán. (2007). “Zapatismo. Del EZLN y el Sub Marcos a La Otra Campaña”. Era Naciente: Buenos Aires.  

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