Opinión


El Estado mafioso

El Estado mafioso | La Crónica de Hoy

El populismo autoritario está aprendiendo a gobernar. Promueve la polarización pero además establece funcionales redes de intereses de negocios. Cuando se amalgaman el acoso a los adversarios políticos, los intentos para capturar todas o casi todas las instituciones del Estado y la discrecionalidad en el ejercicio de recursos públicos, el populismo autoritario desemboca en un estado mafioso.

La semana pasada comenzó a circular Democracy Rules —Las reglas de la democracia— del politólogo alemán Jean-Werner Müller. Más que un inventario de atributos deseables este libro discute las dificultades para el ejercicio de la democracia, especialmente el populismo autoritario.

A Müller le preocupa que con frecuencia las críticas al populismo autoritario desdeñen los motivos de los ciudadanos para respaldar a gobiernos de ese corte. Además, subraya, cuando logra triunfos electorales, al menos en países occidentales, el populismo tiene algún consentimiento entre las élites conservadoras.

Por otra parte la democracia (con valores como la libertad y la igualdad) le impone al populismo un contexto que difícilmente puede eludir y allí Müller encuentra algún asidero no para el optimismo, sino para cierta esperanza.

Su autor insiste en que Democracy Rules (publicado por Farrar, Straus and Giroux) no es un manual político; sus lectores encuentran en este libro más dilemas que soluciones. No tiene la contundencia de ¿Qué es el populismo?, el libro de ese autor que la editorial Grano de Sal publicó en español a fines de 2017, pero subraya la vigencia de la democracia frente a desastrosas experiencias de populismo autoritario como los gobiernos conservadores de Trump en Estados Unidos y Orbán en Hungría.

El populismo autoritario intenta acaparar al Estado y hace de la economía “un arma para asegurar el poder político”, explica Müller. Se despliega así “una combinación de guerra cultural, mecenazgo y clientelismo de masas”. Si tienen suficiente poder, los populistas autoritarios tratan de colonizar al Estado: colocan a empleados leales en posiciones de control administrativo, intentan manejar a las cortes judiciales y utilizan el poder del Estado para presionar a los medios de comunicación. A los periodistas, les reclama cuando difunden informaciones “que violen los intereses de la nación” que son, para el gobierno autoritario, sus propios intereses y los de su partido.

“En algunos países, los medios de comunicación críticos o incluso potencialmente críticos han sido cerrados por completo —apunta Müller—. La pandemia de coronavirus ha dotado a los gobiernos de nuevos poderes para frenar la propagación de desinformación o desinformación completa, pero en manos de los nuevos autoritarios cualquier crítica a la respuesta del gobierno a menudo ha sido equiparada con ‘difundir noticias falsas’ y `crear alarma’ ”.

El populismo autoritario le teme a la sociedad civil organizada. A las ONG e incluso a las personas que se manifiestan, las descalifica acusándolas de ser “herramientas de poderes externos” y llega a promover leyes “que los declaran ‘agentes extranjeros’ ”.

Los populistas autoritarios utilizan recursos de la democracia directa como los referendos, pero “no los entienden como un proceso abierto en donde los ciudadanos intercambian puntos de vista y discuten unos con otros. Más bien, la respuesta colectiva correcta a una pregunta ya se conoce siempre…” En esa concepción “el papel del pueblo no es participar permanentemente en política; más bien, deberían simplemente marcar la casilla correcta y confirmar aquello que los líderes populistas siempre han estado reclamando sobre la voluntad popular. No se pretende que haya incertidumbre sobre el resultado”.

Müller, profesor en la Universidad de Princeton, no descarta la utilidad de los referendos. La estructura binaria de esos ejercicios, en donde no hay más opciones que decir sí o no, propicia la polarización pero cohesiona a las fuerzas de oposición:  “ los referendos no son necesariamente el mejor amigo institucional de los populistas; de hecho, pueden convertirse en un arma poderosa y dirigida con precisión contra ellos en su propio juego”.

Populismo no equivale a igualdad y mucho menos a justicia social. A sus adversarios, el populismo autoritario les quita o regatea derechos. A sus aliados, los favorece con decisiones amparadas en la coartada del bien mayoritario. Los regímenes populistas-autoritarios, dice Müller, “son propensos al capitalismo de cuates (crony capitalism) Muchos de los regímenes autoritarios de hoy son también cleptocracias”.

Gobierno autoritario, discrecionalidad y corrupción constituyen tres puntales de una misma lógica política: “involucrar a otros en la criminalidad hace forzosa su lealtad al régimen; el clientelismo —recompensando a los partidarios con patrocinios— solidifica la lealtad de las masas y amenazar a quienes no apoyen a los populistas autoritarios con la pérdida de empleos o beneficios, resuelve el problema de cómo ejercer control sobre las sociedades sin demasiada represión política directa”.

Tales procesos, dice Müller citando al sociólogo húngaro Bálint Magyar, conducen al surgimiento de un Estado mafioso. “Un Estado mafioso no se trata de grandes sobres con dinero en efectivo cambiando de manos bajo la mesa; más bien, es el empleo de estructuras estatales y lo que en la superficie son medios legales, —en particular los procesos de contratación pública en donde, extrañamente, solo aparece un postor, o donde el amigo se empareja con un postor falso”.

Bueno, a veces sí hay sobres con dinero y no solamente abajo de la mesa.

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