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El hombre que entregó Querétaro a los republicanos

Nadie, en la ciudad tomada por las fuerzas juaristas, acababa de explicárselo: aquel hombre, rubio y de ojos azules, no aparecía en las listas de prisioneros, donde se encontraba todo el séquito de Maximiliano y sus lugartenientes cercanos. No, aquel sujeto se paseaba por la ciudad en ruinas con la mayor tranquilidad. Y eso que era el compadre del emperador

Escena callejera en Querétaro, junio 1867
Escena callejera en Querétaro, junio 1867 Escena callejera en Querétaro, junio 1867 (La Crónica de Hoy)

Dos militares de alto rango sobrevivieron al sitio de Querétaro llevando a sus espaldas, para el resto de sus existencias, la etiqueta de traidor: uno, Leonardo Márquez, el Tigre de Tacubaya, que había logrado romper el cerco republicano, con la idea de llevar alimentos y refuerzos. Nunca volvió. El otro, era nada menos que el coronel Miguel López, cercano a Maximiliano. No bien la ciudad había caído en manos de las fuerzas comandadas por el general Mariano Escobedo, se dijo, en muchos tonos y sin pudores o reservas, había sido López quien abrió la puerta a los enemigos del imperio agonizante, para que se apoderaran de la población y tomaran preso al príncipe austriaco que soñó para sí la corona de México.

En torno al coronel López, la polémica no se ha terminado, después de 157 años, y su lealtad o su traición para con el archiduque Habsburgo se sigue poniendo en duda: hay quienes ven en él al hombre leal que obedeció las instrucciones de un emperador cuyo reino no iba más allá de los límites de Querétaro, y que en su fuero interno estaba agotado y creía que podría negociar con los republicanos una rendición más o menos honrosa, que le permitiría regresar a Europa con garantías. Esta posición señala al emperador como el culpable de traición, rindiendo la ciudad a espaldas de los hombres que combatían por él. La otra versión, que defiende el heroísmo y las pretensiones de martirologio de Maximiliano, ve en López a un traidor en toda la extensión de la palabra, que, a cambio de una recompensa, vendió la plaza.

En ningún caso, la palabra “traición” ha dejado de resonar.

EL COMPADRE DE MAXIMILIANO

Pocas semanas después de su llegada a México, en 1864, Maximiliano ya tenía referencias del coronel López, y las anotó en su llamado “libro secreto”, donde conservaba referencias, juicios y uno que otro chisme acerca de todo aquel que le fue presentado en sus primeros viajes. Llama la atención la nota, porque eran los primeros meses del emperador en el país, y ya había hecho a López coronel del Regimiento de la Emperatriz. No obstante, las notas del archiduque no son del todo positivas:

“Sirvió en las contraguerrillas organizadas en 1847 por los americanos: después de haber sido protegido por Santa Anna, lo puso fuera de la ley por traidor a su país; tiene mucho valor, pero se ataca su probidad”.

Pese a aquellas referencias iniciales, López acabó siendo uno de los mexicanos más cercanos al emperador, quien, junto con su esposa carlota, habían apadrinado a un hijo del coronel. Era lógico, después de tal cercanía de muchos favores recibidos y comentados por numerosos testigos de la vida en la corte del segundo imperio mexicano, que siguiera a Maximiliano hasta Querétaro. A nadie le quedaba duda del vínculo de confianza entre esos dos hombres. En aquel proyecto para romper el sitio el 14 de mayo de 1867, que finalmente nunca se concretó, sería López quien encabezaría la escolta del emperador.

Pero son muy pocos los hombres con que cuentan, voluntarios incluidos, y ni siquiera cuentan con buenas armas. Con pesimismo, Miguel Miramón advierte: “Dios nos guarde durante estas 24 horas”. Lo que ignora Miramón y el resto de los altos mandos, es que, desde hace semanas, el coronel López mantienecontacto secreto con el enemigo republicano, nada menos que con el jefe de los sitiadores, Mariano Escobedo, y con él negocia la rendición de la ciudad: les franqueará el paso cuando falten unas pocas horas para el intento de escape.

Y así ocurre: es la madrugada del 15 cuando López allana el paso de los soldados republicanos a la ciudad de Querétaro, por la barda norte del convento de la Cruz, donde estaba el cuartel general de Maximiliano, quien a duras penas alcanza a salir de allí. El escape dura unos pocos minutos: el emperador se da cuenta de que nada hay que hacer. Lo poco que quedaba del imperio se desvanece.

LAS SOSPECHAS

Prisioneros los servidores más cercanos de Maximiliano, hablan sin reservas de la traición del coronel López: ese hombre, asegura el secretario del emperador, José Luis Blasio, “se pasea descaradamente, luciendo todavía ese uniforme que había deshonrado, por las calles de Querétaro, unas veces a pie y otras a caballo, entre los oficiales liberales, cuando ya todos estábamos presos”.

Como Blasio escribe sus memorias tiempo después, y alcanza a agregar que López no era un hombre rico, ni poseía “bienes de fortuna”. A poco de caído el imperio, asegura, con un capital que no sabe de dónde salió, el compadre del emperador puso un negocio de baños en la ciudad de México. Aquel lugar, se cuenta, se incendió poco después, y López lo reconstruyó comprando desechos de ferrocarril.

Pasaron los años, y, en apariencia, nadie tenía dudas de lo que ocurrió en Querétaro. A principios de mayo de 1887, Filomeno Mata, propietario y editor del Diario del Hogar, publicó una nota que causó un escándalo: se trataba de un trabajo de Ángel Pola, uno de los primeros reporteros en el término moderno de la palabra, quien contó cómo, el general Mariano Escobedo, que sufría importantes quebrantos de salud, le hizo algunas revelaciones que alborotaron a todo México.

Escobedo contó al periodista que todo lo negociado por Miguel López en 1867 no había sido iniciativa propia, sino que obedecía instrucciones de Maximiliano, que intentaba una solución al sitio lo menos cruenta posible, y que le permitiera volver con vida a Europa. Es decir, López no había traicionado a su real compadre; había aceptado cargar con la responsabilidad para disimular las intenciones del emperador en desgracia.

El escándalo fue muy grande, y López, para defenderse publicó un “manifiesto al mundo”, donde asegura que si colaboró con los republicanos que por estar encañonado. Por otro lado, Escobedo había incluido en sus informes de 1867 una nota, aparentemente escrita por Maximiliano, donde le encargaba a López “el mayor sigilo en su encargo”, que, se sobreentendía, era la negociación para rendir la plaza.

Furioso, José Luis Blasio aseguró que aquella nota era falsa, y que López mentía en sus alegatos.

Aquella entrevista con las revelaciones de Escobedo detonó una incógnita que en sentido estricto no se ha resuelto. En su momento, se dijo que era un intento de menoscabar la buena imagen de Mariano Escobedo, para que no se convirtiera en un eventual rival electoral de Porfirio Díaz. Diversos historiadores dan por buena la revelación de Escobedo, y otros siguen pensando que López, además de traidor, quiso achacarle a Maximiliano la debilidad en aquellos momentos extremos. Además, se le han colgado otras historias. Quienes creen en el probable embarazo de la emperatriz Carlota, en 1866, justo cuando salió de México y empezó a manifestar síntomas de desequilibrio mental, han barajado nombres diversos intentando identificar al presunto padre de ese hijo. No hay una sola prueba de que Carlota haya estado embarazada, y mucho menos un indicio sólido del responsable de aquella maternidad. Entre los nombres que se repiten, cada tanto, está el del coronel López, que, muy probablemente, está incluido en esa fantasmal baraja por acentuarle su carácter de eterno traidor.

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