Opinión


El señor inquisidor llega a la Nueva España

El señor inquisidor llega a la Nueva España | La Crónica de Hoy

 

Bien pronto apareció el Santo Oficio en la Nueva España. Tres años después de la caída de Tenochtitlan, se sabe, llegaron a estas tierras aquellos primeros doce franciscanos, con la encomienda y misión de iniciar tareas evangelizadoras entre los indígenas, pues tal era el compromiso de la corona española, y en ellas residía la legitimidad de todas las acciones que se hubieran emprendido en aquellas tierras. En su trayecto hacia aquel mundo, recién conquistado, fray Martín de Valencia recibió el nombramiento de Comisario del Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España, de manos de un dominico, fray Pedro de Córdoba, quien, tenía el título de Primer Inquisidor. Así, al menos de forma nominal, pues aquellos franciscanos llegaban a un mundo donde todo estaba por rehacer, la Inquisición puso su impronta en el año de 1524.

Pero, en términos prácticos, el primer religioso que ostentó, a partir de 1535, el nombramiento de Inquisidor Apostólico en la Nueva España fue el franciscano fray Juan de Zumárraga. Como la misión del Santo Oficio era perseguir los delitos contra la fe, aquellos, los primeros años de la vida post-conquista, los posibles delitos de herejía, de idolatría o de blasfemia, parecían estar a la orden del día. Fueron estas tierras y en aquellos años, donde muchos europeos llegaban pensando que se podía volver a empezar de muchas maneras, donde, acaso, las normas de conducta podían ser más laxas, y quizás la vida más libre. Pero ya desde los tiempos de Zumárraga fue muy claro que las cosas no serían así.

Porque Zumárraga, primer obispo de México, se tomó muy en serio sus tareas como inquisidor, una de muchas misiones que tenía. Porque el obispo fundó instituciones que se dedicarían a proteger a los indígenas y a promover su tránsito a una nueva cultura: él fue fundador del muy prestigioso Colegio de Santiago Tlatelolco, y del Hospital del Amor de Dios, y tuvo que ver en el proyecto de la Real y Pontificia Universidad, y en el establecimiento de la primera imprenta que hubo en la Nueva España.

Pero, al tiempo que construía, miraba con ojos vigilantes las acciones que pudieran constituir delitos contra la fe, y emprendió abundantes causas inquisitoriales, y muchas de ellas estaban dirigidas contra indígenas.

La más famosa, quizá, y que le valió una reprimenda, fue la que abrió contra don Carlos Ometochtzin, señor principal de Texcoco, y de quien, se dijo, en esos días que era, nada menos, que nieto de Nezahualcóyotl. Sin apurarse mucho por el alto rango de aquel hombre, Zumárraga lo acusó de idolatría. En el proceso que se le siguió a Ometochtzin, se afirma que era un indio idólatra, es decir, que seguía adorando y rindiendo culto a las deidades de estas tierras, y que, incluso, todavía celebraba sacrificios humanos, como los que tanto habían horrorizado y escandalizado a Cortés y a sus hombres. Implacable, Zumárraga hizo quemar vivo a Ometochtzin. Aquel proceso hizo que el obispo Zumárraga fuese duramente regañado por el Inquisidor General, porque la iglesia católica asumía la protección de los indígenas, y no se les podía condenar a castigos tan graves, porque eran “nuevos en la fe cristiana”.

La ausencia de un tribunal del Santo Oficio formal y con estructura para operar no impidió que los sucesores de Zumárraga, ya con cargo de arzobispos, también estuvieran vigilantes de los delitos contra la fe. Fray Alonso de Montúfar, que fue arzobispo entre 1551 y 1572, efectuó dos autos de fe.

Pero la Inquisición llegó, formalmente, a la Nueva España, en 1571, bajo el mando de un hombre que en España había ganado reputación de ser un vigilante severo, cuidadoso y disciplinado. Justo lo que, creyó el rey Felipe II, se necesitaba en los nuevos reinos.

 

LLEGA EL SEÑOR INQUISIDOR.

 

Aquel hombre se llamaba Pedro Moya de Contreras, y en los días en que llegó a la Nueva España, frisaba en los cincuenta años. Probablemente, nació hacia 1520 en la villa de Pedrocha, en Córdoba, y fue sobrino de un obispo de Valencia, que se llamaba igual. Eligió la carrera eclesiástica, y era tenido por un estudiante brillante y devoto, que se doctoró en la muy prestigiada Universidad de Salamanca. Tuvo algunos cargos en las canarias, y en Murcia fue inquisidor. Era tan bueno su desempeño, se decía, en aquel cargo, siempre al pendiente del rigor jurídico en los procesos, que se le consideró el más adecuado para instalar el Tribunal de la Inquisición en la Nueva España.

No era una tarea menor, y a Felipe II le interesaba, en aquel momento, asegurarse de que en el nuevo reino hubiese autoridades muy agudas. En Europa, se libraban duras batallas contra la Reforma propuesta por Lutero y que ganaba adeptos en diversas naciones. Para evitar que la herejía llegase a la Nueva España y se extendiese, se requería un tribunal establecido y un inquisidor muy preparado. Así fue como se eligió a Moya de Contreras.

 El señor Inquisidor llegó a San Juan de Ulúa en agosto de 1571. Era virrey don  Martín Enríquez de Almanza, quien decidió que Moya de Contreras sería recibido con gran júbilo y homenajes. Se dispuso que, en el camino que iba de Veracruz a la Ciudad de México, el Inquisidor y todos los que le acompañaban serían objeto de grandes honores.

La comitiva entró a la ciudad el 12 de septiembre. Aún cuando el virrey había procurado crear algo que llamaríamos hoy “buen ambiente”, simplemente no acabó de concordar con el recién llegado. Su trato sería tenso y más bien desconfiado, lo que se reflejó en que ambos personajes, cada uno por su lado, escribió al rey Felipe para quejarse del otro.

Moya de Contreras siguió adelante con su misión: era 2 de noviembre cuando se escuchó un pregón, en todas las esquinas y las plazas de la ciudad de México, en el que se anunciaba la fundación del Tribunal del Santo Oficio. Una procesión solemne avanzó por las calles, desde el convento de Santo Domingo, que sería la sede del tribunal, hasta la Catedral. Ante el pueblo, arrodillado, Moya de Contreras abrió el pliego con las instrucciones del rey,  que mandaba a todos los habitantes de la Nueva España, virrey incluido,  servir y obedecer a la nueva institución. Para rematar, el virrey y todos sus funcionarios, juraron lealtad al Santo Oficio delante de un misal y una cruz de plata dorada.

 

APRENDIENDO A VIVIR CON EL ENEMIGO.

 

A principios de 1572, llegó el correo de España, con pliegos reales que respondían a las quejas de Moya y del virrey, quien llevó la peor parte. Al abrir la misiva, Enríquez de Almanza se encontró con que era regañado por no haber sido lo suficientemente atento en la recepción al Inquisidor. Felipe II era capaz de administrar duros jalones de orejas por escrito, porque le recordó al virrey, que estaba ofendidísimo, que el Santo Oficio era una institución indispensable y fundamental, y el respeto de las autoridades civiles hacia la Inquisición debía ser público y notable. Para rematar, Moya de Contreras decidió avanzar en su carrera eclesiástica: al llegar a esta tierra, era diácono apenas, y en ese mismo año, 1571, se ordenó presbítero y dijo su primera misa en la Nueva España. Desde luego que aspiraba a crecer en rango y autoridad, pues fue nombrado, además, coadjutor del arzobispo Montúfar, que murió en 1572. Moya fue nombrado su sucesor, por recomendación de Felipe II al Papa.

Pero no se crea que tal nombramiento fue cosa seria y solemne. Moya tenía un enorme talento político y decidió hacer patente que tenía mucho, mucho poder. Las bulas papales que lo nombraban arzobispo tardaron en llegar, y era septiembre de 1574 cuando el Inquisidor asumió su cargo de arzobispo, con la presencia de alcaldes, de regidores, de curas, arrojando al pueblo obsequios de monedas de oro y de plata.

Cosas de la política, Moya de Contreras ya era arzobispo e Inquisidor, pero no obispo. Esa ceremonia se llevó a cabo hasta diciembre de ese 1574, y se efectuó la ceremonia que lo confirmaba como arzobispo. El Inquisidor se había revelado como afecto a la pompa que acompaña al poder, y hasta representaciones teatrales mandó a escribir para que se montasen en esa ocasión. El asunto todavía dio para más pleitos, porque Moya volvió a quejarse del virrey, y lo acusó ante Felipe II de que no había guardado el debido respeto en aquellas ceremonias. Enríquez afirmó que una de las obras encargadas por el Inquisidor hacía burla de él. Simplemente, jamás se entendieron. Pero Moya de Contreras acumularía poder, y ascendería entre las autoridades del reino: no quedaba duda de que era apreciado por el rey, pues llegaría a ser, nada menos, que el sexto virrey de la Nueva España, sin descuidar su misión inquisitorial.

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