Opinión


El signo errante o la poética de la dispersión

El signo errante o la poética de la dispersión | La Crónica de Hoy

* Maximiliano Cid del Prado

 

El siglo XX ha sido para la literatura nacional el más deslumbrante desde los tiempos de sor Juana Inés de la Cruz. Figuras como Alfonso Reyes, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Elena Garro y Rubén Bonifaz Nuño protagonizaron los episodios culturales más destacados de nuestro país. Quizá una figura literaria de gran relevancia para México sea la de Octavio Paz. Frente a la vasta obra que rodea al Premio Nobel mexicano, no queda más que reconocer dicha empresa y aceptar la importancia que el autor ejerce para los países de habla hispana.

La vida de Octavio Paz representa, entonces, la del intelectual en su más amplia expresión. Ya para el año de 1967, fecha en la que ingresó a El Colegio Nacional (Colnal), había publicado algunos de sus libros más célebres: El laberinto de la soledad (1950), texto que aborda el tema de la identidad mexicana; El arco y la lira (1956), obra fundamental sobre el acto poético; Piedra de sol (1957), poema donde se conjugan espacio-tiempo en una visión mesoamericana; y Blanco (1967), obra experimental descrita por el autor como “un racimo de significados”.

El discurso que pronunció el Nobel mexicano al incorporarse al Colnal, “La nueva analogía” (1967) es una paráfrasis del texto que escribiera dos años antes: Los signos en rotación (1965). En él se explica de manera detallada el fenómeno poético desde un punto de vista lingüístico-retórico, es decir, se toma como base la teoría del signo lingüístico y se describe por medio de metáforas.

Octavio Paz, siguiendo la teoría de la recepción, dice que es el oyente-lector el verdadero depositario de la obra literaria, que al leerla, la recrea, entra en diálogo con ella y le otorga al final su significación. De forma metafórica ilustra al poema como un universo autosuficiente donde el fin es el principio, en donde el tiempo se repite y recrea en un continuo trascender dinámico. El ser del poema, para Paz, es el Ser en perpetua posibilidad, realizándose en su no-acabamiento. El poema, semejante a un ideograma, es un “surtidor de significaciones” por el hecho de que todas las interpretaciones son válidas y al mismo tiempo ninguna es definitiva.

A toda revolución metafísica le antecede su respectiva revolución hermenéutica. Es decir, a toda nueva imagen del mundo, le antecede una nueva forma de entender ese mundo. Para el nobel, el cambio de la imaginación poética surgió con Stéphane Mallarmé con su libro Un coup de dés, el cual prometía el autor francés sería “el doble del cosmos”. Con  Mallarmé, según Paz, se inaugura un nuevo modo poético en el que el lenguaje se niega a sí mismo al realizarse en el poema. Una nueva estética en la que la “única palabra válida es el tal vez” y la única realidad del mundo es la “probabilidad infinita”. Las vanguardias, herederas de la estética negativa de Stéphane Mallarmé, revelaron nuevos procedimientos y alcances pero también nuevas limitaciones.

No es gratuito que Paz viera en Mallarmé el modelo de un género nuevo, mismo que traduciría en Blanco. Tal visión repercutirá en la poética del nobel, al punto que impondría una forma en la literatura nacional: la búsqueda de la vanguardia, el canon de la experimentación, la “tradición de la ruptura”. Si Paz sugiere en Los signos en rotación la “pérdida de la imagen del mundo” para los próximos poetas, es entendible que la poética de nuestro tiempo sea fragmentada y múltiple ya que el poeta adapta o imita el fondo común de su época. En otras otra palabras, si la mímesis del arte corresponde al estilo del tiempo, es posible comprender el porqué la literatura mexicana del siglo XXI sea múltiple, diversa y fragmentaria, y que en ella exista un simultaneísmo de tradiciones y formas: una poética de la dispersión.

 

 

 

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