
El gran cineasta ruso Andrei Tarkovsky, creador de filmes tan icónicos como El Espejo, Stalker o Nostalghia, comenzaba su diario diciendo que de lo que tenemos aún mucho que aprender es acerca del tiempo. Lo cual nos ha ocupado en tratar de comprenderlo desde tiempos inmemoriales, ya sea a través de las narraciones, las celebraciones, los calendarios, los mitos, el arte, la ciencia. Y no es para menos, porque como diría el filósofo de la duración, Henri Bergson, el tiempo es la experiencia más original y primigenia de la existencia, pero siempre es paradójica, porque tiene una doble cara. Por un lado, es la certeza de que todo lo que existe termina en algún momento, y por otro, es la certeza de que todo continua. Para expresarlo con una metáfora, cuando nos vemos cada día ante el espejo, nos vemos desdoblados entre las señas y las huellas del pasado que son al mismo tiempo las de nuestras esperanzas. Nos enfrentamos cada día al dilema de resignarnos o de motivarnos, pero lo que late detrás de ambas posturas es el deseo de saber ¿qué podemos seguir esperando? Lo cual, en nuestros días, y al término de este año 2020, en que las pérdidas, el confinamiento, la ruptura de nuestra normalidad, ha hecho esta pregunta exponencial.
Pero como decía Kierkegaard, la prueba de la nobleza del ser humano es el hecho de poder esperar, y de manera más precisa, de ocuparse de lo que está porvenir, porque si no hubiese ningún porvenir no habría ningún pasado, y sin pasado y sin porvenir, el hombre estaría subyugado a ser un objeto. De tal forma que el perder o no la esperanza en el porvenir es una elección a nuestra disposición. Elegir seguir esperando para ocuparnos del porvenir nos hace humanos, y elegir no esperar nada, ni siquiera en la muerte, es una especie de muerte en vida, la desesperación. Y sin embargo la pregunta persiste, porque en el fondo el objeto de la esperanza es algo indeterminado e incierto. Entonces, ¿cómo es que lo que nos ennoblece es esperar en la incertidumbre lo que en sí mismo es indeterminado?
Kierkegaard nos da una respuesta muy esperanzadora: el objeto de la esperanza es el poder seguir esperando, no algo en particular y efímero, sino la esperanza misma. Ante el dilema que nos presenta nuestra imagen temporal en el espejo solemos equivocar el modo de enfrentarlo. Por un lado, cuando rememoramos creemos que el tiempo pasado se reduce a los hechos realizados como si fueran necesarios, cuando en realidad, la memoria del pasado nos recuerda que todo hecho antes de existir era un horizonte abierto de posibilidades, y aunque es irreversible, no por ello es causa necesaria del presente o el futuro, porque no se relaciona de manera lineal, sino con todos sus horizontes posibles realizados, no realizados o por realizar. Por otro lado, cuando esperamos hacia el futuro o el porvenir, creemos que podemos controlarlo, prevenirlo, determinarlo, en una palabra: planearlo; pero como decía con humor fino Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuentale tus planes futuros”.
Ambas miradas cometen el mismo error, pretenden detener el tiempo, evadirlo o reducirlo, por no reconocer en ambos sentidos que la vida está imbuida de ámbitos posibles para generar formas de vida. Por eso nos dice Kierkegaard, que el más desgraciado, el deseperado, es aquel que no ha muerto, porque no tiene tiempo, no por estar ocupado, sino porque nunca lo ha tenido; puesto que sus recuerdos en realidad no son algo que ha pasado, y sus esperanzas están en relación con lo que ya ha pasado en realidad; espera lo que debiera ser recuerdo, y recuerda lo que debiera ser esperanza, por eso no hay presencia real del pasado ni del futuro, sus recuerdos y esperanzas son imposturas que detienen la potencia de la vida. Ocuparse del porvenir no es tener un plan específico, o hacer muchas cosas o tareas, porque no podemos ocuparnos del porvenir con las falsas pretensiones de nuestra voluntad, porque finalmente esto termina en frustración y tragedia. Ocuparse adecuadamente del porvenir, aunque suene extraño, se da por elegir querer creer que es posible el futuro, esperando y teniendo la disposicion a recibir lo que está por venir, transformando el deseo controlador por uno de humildad, y eso es lo que hace que se tenga un presente, porque abre nuestra finitud a horizontes, ideas nuevas, posibilidades, y no a obsesionarnos con ideas fijas. Por ello, como diría Kierkegaard, el mejor deseo para este año nuevo 2021 es aprender que somos tiempo cuando elegimos creer que es posible seguir eligiendo.
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