Opinión


En el centenario luctuoso del Caudillo del Sur, la puja por Zapata

En el centenario luctuoso del Caudillo del Sur, la puja por Zapata | La Crónica de Hoy

La historia, explicó Raymond Aron, nace del interés que tienen los hombres en explotar a los muertos, “búsqueda de un antepasado cuyo prestigio y gloria se prolongan hasta el presente”. En particular en México, hemos construido los discursos legitimadores de la política acudiendo con insistencia a los ángeles y los demonios del pasado.

Nadie aquí renuncia a su porción de legitimidad histórica y ello nos pone en una situación curiosa: el nuevo gobierno, los partidos opositores, un grupos armado como el EZLN, los patrones y los obreros, los hacendados y los campesinos, el Estado mismo y hasta el gobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco, se reconocen de una u otra manera identificados con los ecos de la Revolución Mexicana y encuentran en ella el sentido y el origen de su actuación, la justificación de sus demandas y el eje rector de sus impulsos.

Todos, instituciones federales y estales, partidos con registro o sin él, la academia, los medios, las organizaciones de la sociedad civil, han incluido en su agenda anual el centenario luctuoso de Emilio Zapata.

La Revolución y sus caudillos como fuente de eterna legitimidad, en la que todo y todos caben en los terrenos generosos del panteón cívico, permite situaciones paradójicas y aun absurdas, como el hecho mismo de que el gobierno mexicano —ahora con un nuevo partido en el poder— se asuma no menos zapatista que el grupo armado que le declaró la guerra en 1994. El gobierno, con otros nombres y otros signos ideológicos sigue ahí; los zapatistas y el subcomandante Marcos (ahora rebautizado como Sub Galeano), también.

Siendo la Revolución Mexicana madre de todos los discursos legitimadores, no es extraño que el gobierno mexicano lleve flores a las tumbas de la historia que visitan por igual sus opositores. La historia como botín en eterna disputa, encuentra por lo tanto en los próceres y en los caudillos a los principales rehenes de esta singular competencia.

Así las cosas, me pregunto ¿Acaso hemos llegado a la era del libre mercado para definir, con base en los principios de la oferta y la demanda, a los verdaderos dueños de la legitimidad histórica que los muertos ilustres nos heredaron? Así ocurrió al menos en el caso que hoy rememoro, cuando en 1999 el subastado —literalmente— fue nada menos que Emiliano Zapata.

No es broma. La escena se remonta veinte años atrás y tuvo como escenario una sala de exhibiciones de la prestigiada casa subastadora Sotheby’s, en el corazón de Londres.

Ahí, entre millonarios extravagantes, coleccionistas obsesivos y aristócratas flemáticos, se encontraba un mexicano dispuesto a pagar con dinero de nuestros impuestos todo cuando fuese necesario para ganar la subasta de un manuscrito original de Emiliano Zapata, firmado en 1918.

Ese mexicano era Santiago Oñate, quien fuera coordinador de asesores de Carlos Salinas, exdirigente nacional del PRI, y por ese entonces embajador de México en el Reino Unido. El embajador Oñate pujó fuerte y se llevó el documento de marras a cambio de 12 mil libras esterlinas, ­derrotando así a un competidor anónimo que hacía sus ofertas por teléfono.

¿Quién sería el enigmático competidor de Oñate? ¿Un rico ocioso o un neozapatista millonario?, el caso es que nuestro valiente embajador sacó la chequera tricolor y la llenó de ceros para obtener el original del manifiesto zapatista como si en ello le fuera la vida, o más bien, como si el dinero de­sembolsado pudiese comprar, no el manuscrito amarillento, sino a Zapata mismo con toda su carga de legitimidad.

De acuerdo con los peritos de Sotheby’s, el documento con la firma del Caudillo del Sur tenía un precio de salida de tan sólo 2 mil 500 dólares, de modo que el embajador Oñate terminó pagando ocho veces su “valor” —y aquí las comillas son inevitables— para salir triunfante de la subasta y abordar a la prensa con frases de boxeador: “no pensé que tendría que pelar tan fuerte como lo hice”, “este documento lo adquirimos para la nación”.

Zapata convertido en un objeto con valor histórico y comercial, el gobierno mexicano pagando por él en dólares, y el embajador Oñate jugando en el club internacional de los manirrotos: la historia y sus asegunes.

Shoteby’s y el coronel Guajardo, quien se encargó de ejecutar la traición de Chinameca hace un siglo, tienen algo en común: ambos le pusieron precio a Zapata.

 


@edbermejo
edbermejo@yahoo.com.mx

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