Opinión


Ensayo sobre la estupidez en tiempos del coronavirus

Ensayo sobre la estupidez en tiempos del coronavirus | La Crónica de Hoy

Nos creímos invencibles, porque nos considerábamos inteligentes, y en realidad no pasamos de estúpidos. De todas las combinaciones de elementos químicos y biológicos que el Universo conocido ha creado, el único organismo capaz de entender el concepto estupidez y, pese a ello, usarlo en perjuicio propio, es el Homo sapiens sapiens. Nos queda demasiado grande el majestuoso nombre que nosotros mismos nos dimos. En estos tiempos del coronavirus, sería conveniente repensarlo y pasar a llamarnos Homo sapiens stupidus.

El adjetivo latino stupidus viene del verbo stupere, que significa quedar estupefacto, atontado... apendejado, pues.

Así es como estamos ahora los humanos: embobados, asistiendo impotentes al baile de un virus letal, que salta alegremente de una a otra persona, de un país a otro, de un continente a otro, sin que sepamos cómo frenarlo en seco.

“¿Puede haber algo más estúpido que un virus?, se preguntaba hace unos días el filósofo esloveno Slavoj Zizek, el primero en lanzar un ensayo sobre la actual pandemia. La respuesta, en mi opinión, está clara: sí, claro que lo hay, la humanidad.

A las pruebas de video me remito. En medio de la histeria desatada por la actual pandemia hemos visto escenas que, si pudieran verlas extraterrestres inteligentes, se morirían de risa o de bochorno. Las hay absurdas, como la gente peleándose en los supermercados por quedarse con todo el papel higiénico; o patéticas, como la de Andrés Manuel López Obrador, mirando extasiado una estampita religiosa. Y todo esto en pleno siglo XXI.

Señor López, necesitamos un presidente de la nación que esté a la altura de la crisis sanitaria, no un vulgar telepredicador evangelista.

¿Y por qué permitimos tal grado de estupidez? Pues porque en el fondo todos somos estúpidos, lo único que nos diferencia es el grado de estupidez. Digan si no son estúpidos los estadunidenses, que eligieron de presidente a uno que en campaña presumía de que podría ponerse a disparar a los peatones con un fusil en la Quinta Avenida y, aun así, la gente le amaría.

Lo realmente grave de la actual crisis que atraviesa la humanidad es, precisamente, que nuestros líderes (o la mayoría de ellos) son campeones en estupidez. Un ejemplo histórico es lo que ocurrió en Gran Bretaña el siglo pasado.

El alto grado de estupidez del primer ministro Neville Chamberlain y su política de apeassment (apaciguamiento) fue aprovechada por Adolf Hitler —muy malvado, pero poco estúpido— para invadir Europa, mientras el Premier británico contemplaba el espectáculo embobado. La providencia quiso que, ante la barbarie nazi, tomara el timón un verdadero estadista bastante menos estúpido que los otros dos: Winston Churchill. El resto de la historia ya la conocen.

Para desgracia nuestra, nos ha tocado de líder mundial la antítesis de Churchill. Aunque algunos luchen por la medalla de oro (como el brasileño Jair Bolsonaro), el comandante en jefe de la estupidez suprema es Donald Trump.

Más que el coronavirus, si hay alguien peligroso para el planeta es el presidente de Estados Unidos, que niega el cambio climático, la peligrosidad de la pandemia, que detesta el Obamacare y cuyos sueños húmedos consisten en descargar un diluvio de dólares sobre sus militares y sus juguetes de guerra.

Fuentes de la Casa Blanca revelaron a The Washington Post que Trump sabía desde enero que en China había brotado un virus desconocido, potencialmente letal y muy contagioso. Al igual que su homólogo chino, Xi Jinping, el presidente de EU reaccionó de la forma más estúpida posible: guardó silencio y no hizo nada, y cuando la epidemia llegó al país, mintió a los ciudadanos acusando a Pekín de no haber avisado a tiempo al mundo de la existencia del “virus chino”.

En febrero, ya con la crisis del coronavirus abriendo a diario los noticieros, Trump dio una lección magistral de estupidez durante la presentación del presupuesto federal para 2021.

Decidió que lo prioritario era inflar el presupuesto de Defensa, contratar a miles de agentes fronterizos y que la NASA lleve astronautas a Marte; y para que el Pentágono pueda contar con 750 mil millones de dólares (más del doble del PIB de México), decidió recortar el presupuesto para Medio Ambiente y, sobre todo, a los programas sociales y de salud pública.

Pero no descarguemos todo el peso de la estupidez en Trump. Nadie hizo caso a Bill Gates cuando, en 2015, lamentó que los líderes mundiales no hubieran aprendido la lección de los estragos que hicieron los virus del SARS (síndrome respiratorio agudo y grave), del ébola y de la gripe AH1N1, por lo que advirtió que era cuestión de tiempo que el mundo tuviera que enfrentarse a una pandemia. Pues bien. Ya la tenemos.

¿Qué lecciones podemos extraer de esta tragedia anunciada? Una, que debemos exigir a nuestros gobernantes y legisladores que destinen el dinero a la salud pública, a la investigación científica y a educación, y no a defensa; y la otra, que esta epidemia pasará, pero, si seguimos mirando estúpidamente a otro lado y no hacemos caso de las alarmas de la comunidad científica sobre el cambio climático, asistiremos a una catástrofe que sí será irreversible.

Así que, hagámonos un favor: Dejemos de votar a políticos rematadamente estúpidos.

 

fransink@outlook.com

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