Opinión


Este país tan largo

Este país tan largo, separado por tendederos y equipos de fútbol dicen que se conoce como América Latina. Es un solo país porque en todos sus pueblos se come elote y se matan las vacas, los cerdos, las gallinas, las mulas. Sobre todo, se intenta eliminar a determinados cerdos y perseguir gallinas que viajan en avión. La historia es la de siempre, la que ha puesto agujeros en todas las banderas.

Este país tan largo | La Crónica de Hoy

Este país tan largo, separado por tendederos y equipos de fútbol dicen que se conoce como América Latina. Es un solo país porque en todos sus pueblos se come elote y se matan las vacas, los cerdos, las gallinas, las mulas. Sobre todo, se intenta eliminar a determinados cerdos y perseguir gallinas que viajan en avión. La historia es la de siempre, la que ha puesto agujeros en todas las banderas.

Los edificios en este territorio son desproporcionados, fálicos como pasteles de quince años que se tambalean cuando alguien baila. Están cubiertos de grasa y luces coloridas que conmemoran el día del autismo, pero recuerdan siempre a los puteros.

Favelas, conventillos, vecindades, colivings, se llaman los lugares donde se vive a medias y se come muy mal.  La única diferencia, el valor catastral, que define el diseño de los pisos y enmascara las enmendaduras. Embeleco aspiracional que adorna la estadística.

La ilusión de progreso y de familia, la idea que nos vendieron de “tejido social” se teje y se desteje en historias de mierda que incluyen tíos borrachos, padres maltratadores o una embarazada que cobra por masajes reductivos mientras espera un hijo que no quiere y que confundirá con nenucos polvosos de ojos grises.

En ese crecimiento de ciudades gritonas, música y aguardiente moderan las angustias y los puestos de fruta o comidas mugrosas arrojan lo podrido a perros langucientos. En estos ganapierdes, los platillos estrella nacen de la venganza o del ingenio, hijo bastardo de la miseria.

Pensemos en la historia del caldo en Panamá, que se hace con las sobras del patrón. Ahora, lleva pollo porque cuentan que un esclavo —en los huesos— había robado uno, y lo ocultó en la olla donde hervía el desperdicio. Así, nació una especie de mejunje que se sirve lo mismo en casas pobres que en restaurantes caros. Desde luego, los pollos se despluman algunas horas antes de caer a la olla.

Sustituto de leche, usurpador de pecho que se brinda para calmar el llanto: el atole da fuerza a los mineros que bucean entre rocas para cargar los trozos de montañas agónicas con la torpe esperanza de que la raya alcance para comprar cebolla.

El repulgue que luce la empanada musita que el obrero no puede bajarse del andamio para llenar la tripa, pero ha de masticar el guisado de ayer sin ensuciar el cuello, el uniforme.

El cacao es un ojo de obsidiana que se come. Su manteca se funde con azúcar, canela o chile de árbol y es el choque de piedras y culturas lo que produce pasta que es otro barro santo que originó los cuerpos de los americanos.

Arepas, tortillitas, colizas y tamales de la mano al calor, del calor a la boca sorprendida, la versatilidad de la preparación que quita el hambre.

Las semillas tostadas disminuyen el frío de los pequeños, mutilados de miedo al crecer en parajes donde impera la rabia. Otros no tienen suerte ni de comer insectos, no conocerán nunca la yaca o la batata, el ceviche peruano, el locro ecuatoriano, el jurel. Jamás recordarán las Navidades con mole conventual y uvas festivas, se morirán de sed entre las cordilleras que exhalan en diciembre tierras rojas y desprenden glaciares que no perdonan pájaros sencillos. En el país más grande y más diverso, la araucaria no da las flores prometidas, solo presta la sombra.

 

 

 

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