Opinión


Estudiar es un oficio

Estudiar es un oficio | La Crónica de Hoy

Claro, el alumno no recibe un salario, pero sí está obligado a trabajar en su materia. Nadie escoge libremente ser estudiante. Se estudia bajo la coacción de los adultos. No es un oficio fácil. Cualquier buen alumno lo sabe: el estudio reclama esfuerzo, disciplina, concentración, lucidez y reflexión. El buen estudiante, para serlo, ha de sufrir.

Las siguientes son reflexiones que tomo de Philippe ­Perrenoud, Métier d’éléve et sens du travail scolaire (1994). Hubo una época (todavía hoy ocurre, pero por excepción) en que los niños y jóvenes, para subsistir, tenían que realizar trabajos físicos: había entonces niños obreros, niños artesanos, niños campesinos, etcétera. Hoy el medio de subsistencia de la mayoría de los niños y jóvenes es el estudio.

El estudiante tiene que poner lo mejor de sí mismo para satisfacer las expectativas de los adultos y prepararse para ser un buen oficiante del estudio. Pero: ¿ir a la escuela es para vivir o para prepararse para vivir?

Las pedagogías activas pretenden unir estudio y vida; las pedagogías tradicionales insisten en sostener que lo principal es “pasar la materia” —o el grado.

Es cierto que algunos alumnos no quieren aprender y se contentan con hacer los gestos del oficio: simulan estudiar; también, por otro lado, hay maestros que llegaron a su posición no por vocación sino por otras circunstancias y ejercen su trabajo con disgusto: simulan enseñar.

El alumno ejerce un trabajo determinado, reconocido o tolerado socialmente y del cual obtiene sus medios de existencia. Es un trabajo estructurado y permanentemente observado: se realiza en un espacio determinado y con medios de trabajo determinados. Los resultados se miden y se juzgan por un tercero.

Un recurso permanente son las recompensas o castigos externos (calificaciones, reconocimientos, sanciones, promociones) que inducen una visión utilitarista del trabajo: se estudia en pos de objetivos prácticos, para obtener la calificación o el grado. Pero es frecuente que el maestro perciba en el alumno un cierto malestar que insinúa una violencia contenida.

La verdad es que algunos estudiantes no aman la escuela, se aburren en ella, sienten que no les aporta nada y la experimentan como una imposición. Dice Perrenoud (1994): “Los alumnos comparten, con los prisioneros, los militares, las personas internadas o los trabajadores más desprovistos, la condición de aquellos que no tienen para defenderse contra el poder de la institución y de los jefes sino medios como la astucia, el repliegue sobre sí mismos, el fingimiento”. El ejercicio intenso del oficio puede acarrear efectos perversos que llevan al alumno al autoengaño o al engaño de los demás. 

El sentido del oficio de estudiante se adquiere de acuerdo con las personas y los contextos. Los primeros grados de escuela son decisivos para conquistar la independencia relativa ante la familia, la cual se reafirma al final de la escuela primaria y principios de la secundaria. El estudiante se mueve entre esos dos mundos. El estudiante no es mensajero fiel y neutro, él se desempeña como un actor social entre esas dos realidades y utiliza dicha posición para su ventaja.

 

 

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