Opinión


¡Estupideces!

¡Estupideces! | La Crónica de Hoy

Es cierto. Atribuir así, sin más, de manera simplista el comportamiento violento de una persona a la sola fecha de su nacimiento, es una estupidez. A menos, claro, que se trate de atisbar el futuro mediante el zodiaco.

Es aún más estúpido, empero, el negar que el entorno social condiciona la actitud de los individuos y reproduce hasta la normalización incluso las conductas más perniciosas.

Tal es la situación que envuelve el caso del niño José Angel Ramos Bex, víctima, sin duda, entre otras cosas, de la normalización de la violencia potenciada por la guerra contra el narco.

Guerra ésta que sólo la estulticia, el entreguismo a los gringos y la conversión de la seguridad pública en cantera de corrupción y suculento negocio pudieron aconsejar a Felipe Calderón Hinojosa.

El alumno del Colegio Cervantes, de 11 años de edad, nació en el apogeo de la guerra contra el narco, fue criado —según se sabe ahora— en un ambiente familiar de violencia inaudita, y murió por su propia mano, tras haber asesinado —provisto de dos pistolas— a su maestra, y lesionado a seis compañeros de clase.

No se requiere ser psicólogo infantil para entender que el proceder de aquel niño no tuvo una única fuente de inspiración —un videojuego, la orfandad materna, la depresión, el abandono paternal, la cercanía de las armas de fuego—, sino que se trató de una motivación multifactorial.

Conjunto de causas entre las cuales, sin embargo, sobresale el denso ambiente general de violencia y muy grave deterioro político, social, moral, institucional que empezó a fraguarse en nuestro país a partir del 11 de diciembre de 2006, y acabó por constituir la triste y principal herencia del calderonato.

La normalización de la violencia convirtió a México en un inmenso cementerio y al cabo de casi dos décadas terminó por anestesiar la sociedad, hasta el punto de que ya a nadie conmueven aun los actos de barbarie más escalofriantes.

En agosto pasado, cuando el Presidente López Obrador le adjudicó el mote de Comandante Borolas, Calderón intentó defender su deplorable legado. Le fue peor que a perro en misa.

“Hoy se cometen más de 100 homicidios al día casi el doble que al final de mi gobierno”, dijo el ex mandatario. Entre quienes lo rebatieron, el diputado potosino Pedro Carrizales, El Mijis, se anotó un diez al propinarle sonoro y merecido tatequieto.

“Relax, don”, le dijo con sorna el polémico legislador, y añadió refiriéndose a la violencia atroz en que vivimos:

“El problema es más complicado que cuando usted lo inició: normalizó la violencia, el crimen organizado se apoderó de las instituciones y comete muchos más delitos, las células crecieron en número tratando de ‘eliminarlas’”.

Y remató, despiadado: “Véalo como consecuencia de su estupidez”.

Ante el sobrecogedor caso de la balacera en Coahuila y para, soterradamente, rechazar la responsabilidad punible que le corresponde en la normalización de la violencia, Calderón sacó de contexto comentarios radiofónicos vertidos por los periodistas Álvaro Delgado y Alejandro Páez Varela.

Intentó el ex mandatario hacer aparecer a ambos comunicadores como indigentes intelectuales, Les atribuyó estupidez y ruindad política, e intentó colgarles el sambenito de “porristas del régimen”.

Sugirió que ellos se explican conductas antisociales por la fecha del natalicio, como si se tratara del horóscopo, cuando Delgado y Páez hablaron del boom de la violencia por la guerra del narco, no de la influencia del sol y las constelaciones en la psique del niño agresor.

Por efecto del caso Coahuila está de nuevo sobre la mesa de discusiones, en la sala de la Corte y en la CNDH, el infamante programa Mochila Segura, creado por Vicente Fox e instituido por Calderón, cuya utilidad equivale a buscar la calentura no en el cuerpo del enfermo, sino entre las sábanas.

De la operación de tal programa se han difundido por estos días imágenes indignantes: policías con armas largas esculcando mochilas ante chicos espantados, en la tierra de Miguel Angel Riquelme, y perros adiestrados oliscando loncheras en los lares de Cuitláhuac García Jiménez.

La lectura es unívoca:

Como los adultos —y más específicamente el gobierno de la 4T— no podemos resolver el problema de la inseguridad, la violencia, el tráfico de drogas y armas, ni la delincuencia en general, ¡que los niños paguen las consecuencias de nuestra ineptitud!

La atmosfera está saturada de aplausos para el ultrajante programa. Líderes de opinión consideran insensatez rechazarlo, como días antes de la tragedia hicieron los padres del Cervantes, y advierten alarmados que los niños ahora portan drogas, cuters, armas, de todo…

Algunos más recomiendan prescindir de la mochila, así los niños tengan que privarse de herramientas indispensables en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Y legisladores como Mercedes Maciel Ortiz aun secundan semejantes propuestas.

Otros opinantes, entre estos Esteban Moctezuma, proponen que la revisión de mochilas corra por cuenta de los padres de familia, y no faltan quienes hasta han pedido orientación sobre el asunto a instancias supranacionales como la ONU.

Vale, ante este estado de confusión, reiterar la simple exigencia de dejar en paz a los niños. Y de que cada instancia de autoridad asuma y cumpla la parte de responsabilidad que le corresponde para combatir con eficacia las causas de los problemas sociales.

De otro modo, será menester continuar abatiendo la edad penal y lo siguiente emprender una Operación Carriola Segura y la revisión de pañales en las guarderías o mediante razias en la vía pública. Porque no pocos casos se han conocido de delincuentes que han llegado a la aberración de ocultar drogas en las ropas de niños de pecho.

Tiene razón el director de la Red por los Derechos de la Infancia en México, Juan Martín Pérez. La práctica de esculcar mochilas ha estado vigente, de modo intermitente y sin reglas pero con presupuesto, durante casi dos décadas. Y resultó inútil en el caso de Coahuila.

La única utilidad que se le conoció a tal programa ocurrió en el sexenio 2006-2012 y fue de una índole ajena a la seguridad pública y la pedagogía.

“Fueron los años en que la guerra fue un negocio en donde estaba involucrado Genaro García Luna, quien ‘licitaba’ arcos metálicos y policías privados para la realización de estos operativos en todo el país”, refiere el memorioso director de la Redim.

Por todo ello, ante la tontería rampante con que se intenta disfrazar la incompetencia, cabe parafrasear al policía federal que, en julio pasado, en medio de negociaciones para la incorporación de la PF a la Guardia Nacional, y mientras gestionaba la defensoría en ese pleito de Calderón, expresó —con audacia, pero destinatario equivocado— refiriéndose a Alfonso Durazo:

“¡No por ser gobernantes están facultados para decir estupideces!”. De acuerdo.

 

aureramos@cronica.com.mx

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