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Hombreras enormes, balerinas, enormes peinados: ir a la moda en los años 80

Muchos jóvenes ochenteros mexicanos se parecían en aspecto a sus contemporáneos de otros países. La influencia del cine, de la televisión, de la música había construido un enorme escaparate global, atestado de hermosos objetos de deseo, que venían de otras latitudes. Las obsesiones por las marcas se volvieron cosa de todos los días e importaba conseguirlas, aunque fuera cosa de ir a Tepito a comprarlas “de fayuca”.

Hombreras enormes, balerinas, enormes peinados: ir a la moda en los años 80 | La Crónica de Hoy

En los 80 queríamos ser globales, pero esa globalidad no acababa de llegar a la vida diaria y a esa experiencia, repleta de pasiones, no tan ocultas, que es el consumo. Muy poco a poco, los objetos de la vida diaria empezaban a diversificarse, generando nuevas costumbres y nuevos hábitos. Con la pasión por una vida sana, donde el ejercicio físico tenía un papel más allá de las aburridas tablas gimnásticas de las escuelas secundarias; donde “estar activos”, y “en movimiento” era asunto importante, y hasta indispensable, era inevitable que se construyesen nuevas maneras de consumir. Todo esto se iba a reflejar en una parte de la moda ochentera que usaron los mexicanos de aquellos años, mucho más los jóvenes que quienes ya habían entrado al desgastante mundo de la vida adulta.

VIDA AERÓBICA, Y HÁBITOS, IGUAL. Así llegó el “mundo light” al México de esos días; sonaba el éxito “Phyisical” de la cantante pop Olivia Newton-John, y la juventud se había emocionado con la escena del gran baile final de la película “Flashdance”, de 1983. Se hizo una necesidad la buena condición física; optar por los “refrescos light” —y como de costumbre, Coca-Cola y Pepsi peleándose las preferencias—. Las industrias refresqueras mexicanas no pudieron competir con tanta eficacia ante la exigencia de las consumidoras —y bastante menos consumidores— que aspiraban al gusto culposo del refresco sin calorías. Hubo empresas que se decidieron a incursionar en ese terreno novedoso, y otros que prefirieron quedarse en el mundo conocido. Nunca sabremos a qué sabría un Jarrito rojo light.

Pero entonces surgió un nuevo mercado: el del agua embotellada para consumir. Se fue terminando, poco a poco, la costumbre de llegar a casa y servirse, sin más, un vaso de “agua de la llave”. Botellas chicas, medianas o grandes se convirtieron en compañeras cotidianas de una cantidad importante de jóvenes mexicanas, decididas a abandonar el refresco y convertirse al culto del agua fresca y purificada al alcance de la mano.

Con el agua embotellada vino otro concepto: “aerobics”. Empezaron a proliferar gimnasios con más o con menos infraestructura; con mejores o peores instalaciones, donde el gran “gancho” eran las clases de ejercicio aeróbico. En grupo, con la música de moda, y, evidentemente, con el atuendo adecuado. ¿Y cuál era ese atuendo? El de Flashdance, desde luego. El de “Physical”, evidentemente. ¿Y de qué se trataba eso? Se trataba de leotardos brillantes, con mucha lycra y con mucho de esa sustancia novedosa, la microfibra; se trataba de mallas en colores contrastantes, de zapatillas de danza muy elementales, las balerinas; se trataba de usar “calentadores” tejidos en las piernas, de colores a juego o en notable contraste, se trataba de cintas en el cabello, para contener los mechones cortos, enhiestos a fuerza de spray, o a las melenas rizadas, igualmente en boga. Y aunque existían ya los famosos “pants”, digamos que no eran lo mejor —con todo y que había algunos de fibra sintética y brillante— para lucir como estrella en la clase de aerobics.

Hubo una parte de la moda ochentera que, agarrada de los nuevos hábitos de “vida sana”, apareció en muchos hogares. Pero también saltó fuera de los gimnasios.

“ENTRE CAMISETAS, DISCOS Y JEANS”. De repente, las balerinas empleadas en el gimnasio mutaron: se puso de moda usarlas, con suela sólida y tacones mínimos, de piso, en colores alegres o contrastantes; tan contrastantes como las curiosidades en materia de maquillaje: hay quien en esos días usó rímel color azul rey o magenta. Y colores así de llamativos estaban en las camisetas y en las blusas que se podían conseguir tanto en las tiendas departamentales como en lo que en esos días, conforme a la letra de uno de los éxitos del grupo femenino Flans, empezó a llamarse —ah, las pretensiones— “bazar”, que no era —como sigue siendo— sino la antigua costumbre del tianguis mexicano, dedicado esencialmente a la prendas de vestir, a calzado de moda y a un montón de accesorios curiosos e igualmente llamativos.

Nuevamente, como había ocurrido a fines de los años sesenta, la moda ochentera enarbolaba como gran concepto la comodidad y la libertad de movimientos. Por eso, lo que hoy llamamos “leggins”, y en aquella época se conocían como mallas o mallones, era una prenda que se veía en todos lados a donde hubiera gente joven. De tela lisa o de encajes, con su dosis de atrevimiento; con tacones altos o con balerinas, de colores clásicos como negro o azul oscuro, o rutilantes, en colores vivos y brillantes. Los calentadores también escaparon de los gimnasios y se volvieron prendas cotidianas; no faltó quien pensara que unos calentadores cortitos y menos aparatosos que los originales podían llevarse con los tacones bajos de la época, y con las medias de colores que eran un indispensable de aquellos días.

Los zapatos conocidos como “top siders”, en tonos unisex muchos de ellos, y uno que otro tono llamativo para las muchachas, fueron adoptados por hombres y mujeres. La década había empezado con esos adorables zapatos de agujetas, con suela y tacón de plástico transparente, de muchos colores: los Crayons. Quien hoy vaya al trabajo con sus zapatos tipo escolar o bostonianos muy suavizados, y crea que son una novedad, no conoció la posibilidad de ir a la escuela con Crayons color vino, azul marino, gris Oxford o clasiquísimos negros; la cosa era ponerle color a todos los pasos que uno diera en aquel México de hace treinta años.

Son los ochenta, en materia de moda, a ratos, intensamente eclécticos: no había qué hacer sino echar una mirada a aquella película, no muy bien recibida en los días de su estreno —1982— que hablaba de robots más humanos que los humanos, “Blade Runner”, para ver que en materia de vestimenta había cosas que nunca pasarían de moda, como los tacones altos, los pantalones de algodón, que empezaron a competir seriamente con la mezclilla, y los sacos de corte estructurado para ir al trabajo o cumplir en ocasiones formales. Pero a esos clásicos se les agregaba el toque del momento. Por eso hay quien se puso tacones altísimos con tobilleras; jeans con calentadores o enormes suéteres —hoy día les decimos “oversized”— estampados, que en el caso de los varones se veían “holgados” y en las mujeres eran casi tan amplios que podían ser considerados vestidos, con los indispensables mallones y balerinas.

La mezclilla, que había llegado hacía décadas, mantuvo su presencia, apostándole a los indispensables jeans, desde luego, pero también a vestidos o a faldas, y si eran de mezclilla “deslavada”, como si les hubieran salpicado con desmanchador de cloro, tanto mejor. Y pocas cosas fueron tan exitosas, como dar el toque final a aquellas vestimentas, como los sacos más largos que en la década anterior y con notables hombreras, algunas grandes, otras MUY grandes, y otras DEMASIADO grandes. ¡Ah! Y con las mangas subidas, en gesto hiperdesenfadado —ya desde entonces los adultos criticaban el uso en español de la palabra “casual”—, faltaba más.

¿Y LA MODA “FORMAL”? Sí, ahí estaba, para quienes ya formaban parte de la población económicamente activa; para los que trabajaban. Si bien las corbatas varoniles se habían adelgazado, y los atuendos de la vida cómoda hacían furor entre la gente joven, a nadie se le hubiera ocurrido ir al trabajo tradicional en pantalones de mezclilla, o con una de aquellas camisas de importación, hechas de seda, y que tenían estampados a cual más estrambóticos.

Las faldas formales tenían opciones: a la rodilla, a la mitad de la pantorrilla; de preferencia angostas y con zapatos de tacón no muy alto —tres, cuatro centímetros—, que se volvían de lo más cómodo para un día en la oficina. Lo que era, indiscutiblemente, un sello de época, eran las chaquetas con hombreras, indispensables en cualquier “traje de vestir”.

El resto de la formalidad podía decidirse en ese microuniverso infinito que era el departamento de los accesorios.

DEPARTAMENTO DE ACCESORIOS: MIENTRAS MÁS GRANDE, TANTO MEJOR. En los años 80 nadie se preocupaba por la corrección política de usar o no aretes. A la mayor parte de las mujeres de la época se les había horadado los lóbulos de las orejas; faltaba mucho para que aparecieran las críticas al sistema heteropatriarcal que ve tan mal dicha costumbre.

Los aretes de los ochenta iban del tamaño grande al MUY grande. Arracadas, de clip, de entrada tradicional, eran de bisutería, las más de las veces, con enormes piedras de fantasía, con grandes figuras de plástico amarillo, rosa, verde chillón o la gama entera que pudiera idear el diseñador.

En días de ajetreo, era in-dis-pen-sable una bolsa cangurera, justa para el dinero, las llaves, una pluma, y poco más. Como se usaban peinados con mucho volumen —copetes inolvidables para los varones, grandes rizos y flecos femeninos— las bandas en la cabeza no eran cosa extraña. Apareció la costumbre de hacer colas de caballo o mechones ladeados, que eran lo mismo, pero diferente. Y los rizos, las melenas rizadas, tanto para mujeres como para uno que otro atrevido caballero, fueron un rasgo más de aquellos días.

¿Y LAS MARCAS? Sí: la emoción por las marcas globales y que no terminaban de llegar a las tiendas mexicanas, brotó con fuerza en el México ochentero: desde los tenis Nike, que en el centro del país solamente se conseguían de contrabando —y en la capital había que ir a conseguir a Tepito—, hasta las camisetas o camisas Lacoste, o, menos emocionantes, los tenis Adidas o Reebok. Los tenis dejaron de ser asunto de las clases de deportes o de las vacaciones para convertirse en uno de los más costosos objetos de deseo de los ochenta, inolvidables por tantas cosas.

 

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