Opinión

Intúyalo, luego piénselo

Foto de Rafael Caldera
Foto de Rafael Caldera Foto de Rafael Caldera (La Crónica de Hoy)

Lo supremo para el espíritu es saberse,

llegar no sólo a la intuición,

sino al pensamiento de sí mismo.

De todas las facultades humanas, la intuición, la más importante, porque nos pone en el camino de la plenitud, es todavía un enigma en el estadio actual de la ciencia, donde aún se desecha lo metafísico, no por incomprensible, sino por incontrolable.

Todo lo que la ciencia ha hecho hasta ahora con la intuición es reducirla a una capacidad cerebral, por tanto, a un proceso mental. Esto no es por supuesto lo preocupante del asunto, sino el limitadísimo conocimiento sobre el cerebro y la mente.

La idea científica predominante es que el ser humano sólo utiliza el diez por ciento de su cerebro, cuando lo más probable es que, como ha sido dicho, tal porcentaje es únicamente el que la ciencia ha podido medio descifrar. De hecho, en el otro 90 por ciento es donde debe estar la intuición, de ahí que se le comprenda tan poco.

Esta idea nos induce a pensar que si bien los procesos mentales son función del cerebro, la mente en sí es mucho más que este órgano primordial del cuerpo, que sólo es un intérprete, no de los estímulos del mundo físico, sino de algo inefable e intangible: la inteligencia universal, Dios, el campo de potencial infinito, el poder superior o como quiera llamarlo.

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Frances Vaughan, pionera en psicología transpersonal y estudiosa de diferentes tradiciones espirituales, dice que la intuición nos permite recurrir a la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo. Por eso es generalmente descrita como facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin razonamiento.

Acceder a esa reserva no es otra cosa que una capacidad espiritual que podemos desarrollar en cuanto tenemos alma. La intuición es la voz del alma, que está parte allá parte acá, diciéndonos lo que es correcto, aun cuando el raciocinio le lleve la contraria. Por eso es que la intuición se siente, no se piensa. De hecho, el exceso de pensamiento la acalla.

Echar mano de la intuición no debiera ser cosa esporádica, sino cotidiana. Vivimos tomando decisiones todos los días, tantas que ya ni somos conscientes de ellas y la mayoría de las veces resolvemos en automático, sin tomarnos la molestia de escucharnos a nosotros mismos, sino desde las creencias, lo que nos han dicho, lo que se espera de uno, e incluso controlados por lo que Daniel Kahneman, premio Nobel por sus estudios de la mente humana, describe como sesgos cognitivos, que vendrían siendo procesos distorsionados de razonamiento, como el “efecto halo”, esa tendencia a pensar que si a uno le gusta alguien o una organización, todos sus aspectos son buenos. Y si no le agrada, todo es malo.

Tomamos conciencia de la intuición sólo cuando las decisiones representan para nosotros un conflicto entre lo que nos dice nuestro interior y lo que nos dice el mundo, justificado esto último con un proceso de razonamiento al servicio generalmente del miedo y el prejuicio.

Hay una gran cantidad de cursos para tomar decisiones acertadas en la vida, casi todas ellas estrategias sesudamente planeadas que poco tienen que ver con aquello que nos llevará al verdadero éxito: la intuición. No se trata de eliminar de un plumazo el razonamiento, no. Dice la periodista y novelista Katherine Pancol que “la mente intuitiva es un don sagrado y la mente racional, un fiel servidor. Hemos creado una sociedad que honra al servidor y olvida el don”.

Se trata, pues, de privilegiar el don. ¿Cómo? Si la voz del alma es la intuición, su lenguaje es la calma y la paz, decida aquello con lo que usted se quede en paz, eso es el verdadero éxito, no que las cosas salgan como espera, eso es sólo un triunfo.

Tomando decisiones desde el alma es que entraremos en profundo contacto con nosotros mismos.

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