Opinión


La Decena Trágica y el íntimo dolor del escritor Alfonso Reyes

La Decena Trágica y el íntimo dolor del escritor Alfonso Reyes | La Crónica de Hoy

Durante 46 años, Alfonso Reyes, una de las glorias literarias de México, cargó, en lo más íntimo de sus pensamientos, un dolor permanente, recurrente, indeleble. Aquella herida que nunca terminó de curarse se abrió la mañana del 9 de febrero de 1913, que era domingo, como lo es hoy. Aquel día, su padre, el general Bernardo Reyes, junto con Félix Díaz, el sobrino de don Porfirio, se pusieron a la cabeza de un cuartelazo que pretendía derrocar al presidente Madero. Con las primeras balas que se dispararon en el Zócalo de la Ciudad de México, justo cuando la gente salía de misa de la Catedral, comenzaron días oscuros marcados por el error y por la traición.

El general Reyes, que una vez había sido cabeza de un importante movimiento antirreeleccionista, que fue visto por muchos como uno de los fuertes candidatos a suceder a don Porfirio, había optado por levantarse en armas contra la presidencia de Madero. Era un movimiento sin futuro, nacido muerto. Hubo de entregarse, y fue encarcelado en la prisión de Santiago Tlatelolco. De allí lo liberaron las fuerzas golpistas en las primeras horas de la mañana. Confiado en que todo, incluso el azar, estaba de su lado, abandonó la prisión vestido como todo un caballero; después se envolvió en un capote, obsequio del rey de España y fue a Lecumberri a liberar a Félix Díaz. Se lo entregan sin resistencia. Según sus informes, el Palacio Nacional debe estar en manos de sus leales, y será muy sencillo arrebatarle el poder a Francisco Madero. ¿Cómo no iba a ser así, si todo el Ejército mexicano, con seguridad, respondería al llamamiento del general Reyes? Con un optimismo satisfecho, enfilan, los rebeldes y sus seguidores, hacia la Plaza de la Constitución.

Pero la voluntad de los hombres, la decisión relevante en el momento exacto, cambian el orden de las cosas  y los sueños de estos dos golpistas, a los que se une el general Manuel Mondragón. Allá, en el Zócalo, un leal, el general Lauro Villar, ha recuperado Palacio para el gobierno legalmente constituido. Cuando Reyes, Díaz y Mondragón llegan, se encuentran con una línea de ametralladoras, y en la puerta, al general Villar, aguardando, aguardando.

“Lauro, nos hemos alzado”, avanza el general Reyes, y lo llama a unirse a la rebelión. Villar, en respuesta, le exige la rendición, y le advierte: no vacilará en ordenar a sus hombres que abran fuego. Reyes está seguro de que, nada más con verlo, el resto de la tropa se unirá al levantamiento: intenta echarle el caballo encima a Lauro Villar, que, sin dudarlo, ordena a sus hombres: ¡disparen!

El ruido de las ametralladoras revienta el silencio del domingo, apaga el murmullo de los hombres y las mujeres que, en ese preciso momento salen de misa, y se desperdigan por el jardín arbolado que en 1913 era parte del Zócalo.

Las balas, esas raudas mensajeras de la muerte, anuncian que eso que los mexicanos de épocas posteriores conoceremos como la Decena Trágica, ha comenzado.

EL DOLOR DE ALFONSO. Aunque nunca ha quedado claro cuántas víctimas cobró aquel tiroteo, y solamente sabemos que fueron muchas, sí hay un dato relevante para esta historia: el general Reyes es el primero en caer. El desconcierto, y seguramente el pánico, invade a los otros golpistas que se retiran y van a buscar su destino en La Ciudadela. El cadáver del general Bernardo Reyes es llevado a Palacio Nacional y depositado en una gran mesa. Ahí lo verá, con la tristeza llenándole los ojos, el presidente Madero, cuando llegue, un poco después.

La historia de la Decena Trágica se ha contado muchas veces, y a muchos los conmueve todavía. Pero más allá de los sucesos que cambiaron la vida política de este país, están las tragedias personales: la de la familia Madero, que perdió de golpe a dos hijos y vio incendiarse su hogar; la de la familia Pino Cámara, que una mañana vio irse al padre, don José María, para no regresar nunca más; la de Alfonso y Rodolfo Reyes, quienes vivieron de manera distinta el duelo por la muerte del padre. Es el de Alfonso, hombre de letras, un dolor que solamente se hizo público hasta después de 1959, cuando, ya convertido en un clásico de la cultura nacional, abandonó este mundo.

Nadie sale indemne de la muerte del padre. Pero a ese duelo, Alfonso unía un sentimiento que probablemente puede llamarse culpa, y que no afloró sino mucho después.

Diecisiete años después de la Decena Trágica, hallándose en Buenos Aires, Alfonso Reyes escribió el texto que hoy se conoce como “Oración del 9 de Febrero”, un retrato del general muerto, donde el dolor del hijo funde a su padre con el dolor que el país vivió en 1913. Es, sin duda, un texto indulgente que soslaya el hecho de que Bernardo Reyes desafiaba la legalidad cuando cayó ametrallado. Pero es que Alfonso no era como su hermano Rodolfo, él sí, compañero de su padre en las aventuras políticas. A Alfonso, el escritor, le dolía la pérdida, la caída del que fue un competente gobernador, un potencial presidente de la República.

“…Me fui rehaciendo como pude”, escribe en la Oración.  “…como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos”. Alfonso Reyes guardó aquel escrito, donde quizá no era tan explícita la sospecha que nunca lo dejó de atormentar: acaso, sentía, especulaba el escritor, él pudo haber evitado la muerte del general.

¿Cómo lo sabemos?  Vayamos a 1953, cuando Alfonso le escribe a un amigo de años, con el que tiene una relación a veces cordial, a veces compleja: Martín Luis Guzmán. A él le pide venga en ayuda de su memoria:

“…don Francisco I. Madero no sabía materialmente qué hacer con él [el general Reyes, preso en Tlatelolco]. Un día, usted me visitó, para comunicarme, por encargo del Ing. Alberto J. Pani, que Madero me mandaba a decir que si yo, y no otra persona de la familia, le daba mi palabra de que mi padre estaba dispuesto a retirarse a la vida privada, ese mismo día quedaría en libertad”.

Pero Alfonso, de manera realista, había rechazado tal propuesta: “Tuve entonces la pena de contestarle a usted que yo no era la influencia familiar dominante, sino que era tenido por un muchacho “picado de la araña”, dado a la poesía, que vivía en las nubes y que “no entendía de cosas prácticas”…ya espontáneamente lo había intentado varias veces, y sólo había merecido represiones por “meterme en lo que no entendía…. Le ruego que ratifique o rectifique mis recuerdos…”

Claro, cómo iba a meterse en eso Alfonsito, el que escribía, el que amaba las bellas letras, el que miraba de lejos, aunque amorosamente, a la poderosa personalidad paterna. No, Alfonso. Esto no es lo tuyo. No te metas. Y las cosas habían terminado así, con el padre muerto a las puertas de Palacio Nacional.

Alfonso, con su familia, deja el país en agosto de 1913. Empieza para él la vida diplomática. Quiere dejar atrás el horror del cuartelazo, la imagen del general, de Madero y de Pino Suarez muertos, las imágenes de los cadáveres amontonados en las calles de la capital. No, no olvida. Como él apunta, aprende a vivir con eso. Y se hace el gran escritor que es orgullo de México. Pero el gran escritor lleva en el alma la pena del destino que no pudo cambiar.

Por esas cosas raras de las amistades, Martín Luis Guzmán responde la carta de 1953 hasta el 13 de agosto de 1959, el último año de vida de Alfonso Reyes. Así fueron las cosas, dice Martín Luis: Alfonso rechazó la petición de intervenir que le hacía Madero. No podía, no serviría de nada, estaba seguro. Pero cargó con esa culpa teñida por el dolor hasta el día de su muerte. La Oración del 9 de Febrero se publicó hasta 1963.

 

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