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La deforestación y el cambio climático, imparables sin reducción de consumo de carne

Reportaje. Los incendios de 2019 en la Amazonía alcanzaron niveles récord y fueron provocados para obtener más tierras de pastoreo. Esta deforestación ejemplifica cómo nuestros modelos de consumo cotidianos impactan directamente en el medio ambiente y el cambio climático 2 La ONU advierte que el mundo debe consumir menos carne para contrarrestar el calentamiento global

La deforestación y el cambio climático, imparables sin reducción de consumo de carne | La Crónica de Hoy

Charlie Hamilton James es fotógrafo. Por más de diez días, vivió con una familia dedicada a la ganadería que vive y trabaja en el oeste de la Amazonia; estuvo presente en el momento en el que iniciaron el tipo de incendios que desde hace años mantiene ardiendo a la selva más grande del mundo y que en 2019 alcanzó un nivel récord. De acuerdo con el Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil, el número de incendios casi de duplicó en comparación con 2018, de 22 mil a 41 mil incendios.

Para el fotógrafo de National Geographic, quien ha trabajado en la Amazonia por más de dos décadas,  la familia con la que convivió son las personas más destructoras del medioambiente y a la vez de las más agradables y hospitalarias que ha conocido ha escrito. Al igual que otros ganaderos, esa familia taló los árboles de la selva y esperó cerca de un año a la estación de secas para prender fuego; el siguiente paso es esperar a que crezca pasto y liberar a sus reses para extender su terreno de pastoreo.

El acelerado proceso de deforestación en zonas tropicales en el mundo avanza en bosques y selvas para abrir terreno a la actividad agrícola y ganadera, como respuesta del mercado y el descontrolado consumo global. Para James, “la idea de deforestar un bosque tropical para crear tierras de pastoreo es la cosa más estúpida que los seres humanos pueden hacer”.

Sin embargo, la culpa y el fondo del problema no son los ganaderos deforestadores e incluso, desde una perspectiva global, tampoco de la política permisiva del gobierno de Jair Bolsonaro, sino de las prácticas de consumo y el modelo económico en el que todos estamos involucrados. 

La estupidez humana a la que se refiere el fotógrafo se explica porque todos los servicios ecológicos y medioambientales que se pierden al deforestar las selvas y bosques tendrán un costo que nadie podrá pagar. El Amazonas es tan importante porque es un regulador de la temperatura planetaria, ya que capta las emisiones de carbono que son liberadas a la atmósfera.

Un estudio del Woods Hole Reseach Center, presentado en 2017, refiere que entre 2003 y 2014 las zonas tropicales emitieron más dióxido de carbono (CO2) —principal gas de efecto invernadero— del que fueron capaces de absorber. La explicación al fenómeno está en la deforestación.

Por otra parte, el más reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en ingles), presentado en agosto pasado, refiere que para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero se requieren cambios drásticos en el uso global de agua, tierra, agricultura y dieta humana.

“No queremos decir a la gente qué comer”, dijo Hans-Otto Pörtner, presidente del grupo de trabajo del IPCC sobre impactos, adaptación y vulnerabilidad. “Pero sería realmente beneficioso, tanto para el clima como para la salud humana, que la gente de muchos países desarrollados consumiera menos carne, y que la política creara incentivos apropiados a tal efecto”.

¿OPCIONES SUSTENTABLES? Pese a esos efectos, la demanda de carne aumenta. El Fondo de la ONU para la Alimentación y la Agricultura proyecta que crezca en un 76 por ciento hasta 2050. “Se consumirá más carne que nunca en la historia, y pagaremos un precio ambiental y humano, a menos que se haga un cambio”, asegura ONU Medio Ambiente (UNEP).

En este escenario, la ganadería intensiva representa un tercio de los gases de efecto invernadero, si se consideran las emisiones directas de ésta —entre ellas el metano producido por las propias vacas— y se suma toda la cadena de producción de forraje, fertilizantes y pesticidas, arado, tala de bosques para cultivar soja y consumo de agua —tan sólo para producir una hamburguesa de cuarto de libra se requieren alrededor de mil 700 litros de agua, refiere la UNEP.

De acuerdo con el Atlas de la carne (publicado por la Fundación Heinrich Böll), según el método de medición empleado, la ganadería es responsable de entre un 6 y un 32 por ciento de los gases de efecto invernadero. Por otra parte, un estudio más reciente, publicado el año pasado por científicos de la Universidad de Oxford en la revista Science, al menos un 25 por ciento de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero, corresponden al sector de la alimentación. De este cuarto de las emisiones, señala el artículo “The global impacts of food production”, un 58 por ciento corresponde a la generación de productos animales, en tanto que un 50 por ciento de las mismas corresponde a la producción de carne de ternera y cordero.

“El sector que más emisiones de gases de efecto invernadero produce, es el de la industria y transporte, seguido del de producción agropecuaria, principalmente ganadería”, señala Mariana Díaz Ávila, de la organización SACBÉ-Servicios Ambientales, Conservación Biológica y Educación A.C. “Es decir, cada hamburguesa que alguien come contribuye en casi un tercio del incremento de emisiones de compuestos de efecto invernadero”.

Se trata de un círculo vicioso: se deforestan bosques y selvas —que capturan el carbono y el calor— y se extiende el pastoreo. “Ésa es la relación de mi hamburguesa con el cambio climático, es directa”. La conservacionista añade que dentro de los costos ambientales que no se consideran en ese impacto están el manejo de residuos, después de que las vacas son sacrificadas, y la contaminación de aguas donde se encuentran los rastros, entre otros. “El impacto en la cadena de producción de una hamburguesa también incluye el empaque, el proceso de industrialización, los agroquímicos para pastos, así como las hormonas y antibióticos para los animales”. 

Asimismo existen opciones de ganadería sostenible, también conocida como regenerativa, holística o climáticamente inteligente, que se rige bajo el mismo principio, explica. “Son vacas que comen pastos y restauran un ecosistema, promueven la convivencia armónica entre animales, plantas y fauna diversa del ecosistema. Hay diversas tiendas y productores de estos alimentos”.

Sin embargo, lo más importante es que el consumidor sepa de dónde proviene la carne que come. Una respuesta probable es que provenga de producciones masivas, —como la que se encuentra en los supermercados—, en las que los animales son alimentados con granos, en el mejor de los casos, o pollinaza (excremento de pollos o pollos muertos molidos y procesados), señala.

En este entorno se agrega el problema de la crueldad animal, tema que no es menor ni fútil y es un reflejo de las cantidades industriales de carne que se demandan. “Son animales sometidos a un altísimo estrés: expuestos al Sol todo el día para que tengan sed y hambre, y sólo coman y beban agua, además de que no están en movimiento para que engorden. También se emplean sustancias artificiales y hormonas que son nocivas para el consumo humano”.

Pero este es el tipo de carne que comemos regularmente, señala, muy suave y exquisita, distinta a la de un animal que ha realizado ejercicio, desarrolló músculo y no tiene hormonas ni antibióticos en su organismo. “Esta carne es más dura y tiene un sabor más fuerte, pero es la carne real, estamos malacostumbrados a una que no es natural”.

Mariana Díaz enfatiza también que reducir el consumo de carne es fundamental e importante para el planeta y lograrlo tiene que ver con el cambio de patrones de consumo: el cuerpo no necesita comer carne diariamente. “En vez de ‘lunes sin carne’, debería ser al revés, el cuerpo humano necesita si acaso de este alimento una o dos veces al mes, además de que el bistec diario que se cocina en casa no es sostenible ni sano para la salud”.

CARNE ARTIFICIAL. Existe otra opción, que parece más bien una promesa, la carne sintética cultivada en laboratorios. Aleph Farms es una startup israelí que ha realizado investigación para producir cortes de carne a partir de células vacunas y, de acuerdo con sus directivos, los primeros cortes estarían disponibles en restaurantes de Estados Unidos, Asia y Europa en 2021, y escalarían en 2023.

“La carne artificial puede ser una opción alimentaria a futuro; es una industria en desarrollo y hay muchas personas que creen en ella. Más de 200 empresas en el planeta apoyan o están interesadas en investigaciones que buscan hacer de la carne artificial un proyecto viable, eficiente y eficaz”, señala María Rubio, académica de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la UNAM.

Sin embargo, los retos científicos y técnicos por resolver en su producción son amplios, tan sólo para Aleph Farms los principales son obtener un mejor sabor y textura. Cuando se cultivan las células musculares es necesario darles suero y éste también debe sacarse de animales, lo cual contraviene las premisas de quienes no quieren que se use a éstos para alimentar a los humanos; además, hoy en día el suero es un producto costoso, refiere por su parte la especialista de la UNAM.

Este proceso, aunque prometedor no es asequible ni viable en el mercado en el corto plazo —obtener una hamburguesa cuesta alrededor de un millón de euros—. Aún con esta opción, el problema está en los patrones de consumo y eso requiere un cambio de paradigma.

Ésta es la tesis de Planeta (in)sostenible, publicado recientemente por Luis Zambrano, investigador del Instituto de Biología de la UNAM, quien es además encargado de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel. El científico expone que la crisis medioambiental por la que atraviesa el planeta  no se va a resolver con los paradigmas de bienestar que tenemos en la actualidad. “¿Qué podemos hacer ahora?, ¿rezamos por el Amazonas?, ¿dejamos de consumir carne?, o ¿seguimos consumiendo con culpa? Todo eso es muy poco práctico”, puntualiza.

Para el biólogo, el problema está en nuestra psique, en el entendimiento que tenemos de bienestar, un trastorno como el que ocurre con la adicción a las drogas o consumo excesivo de alimento. “Lo mismo sucede desde el ángulo ambiental: no se trata de dejar de consumir carne, veamos y repensemos qué es lo que está mal, no para sentir culpa, sino para visualizar  hacia dónde tenemos que ir todos en conjunto”.

Para el científico, debemos de cambiar la forma de ver las cosas para comenzar a tomar actitudes favorables en nuestra relación con el entorno, puesto que sólo la conciencia colectiva permitirá generar un cambio sustancial. Cambiar el paradigma de las aspiraciones y formas de consumo al que nos ha llevado el actual modelo económico es esencial para bajar las presiones sobre la naturaleza, dice. “Haciendo ese cambio no te sentirás mal o regañado por consumir, porque somos seres humanos y como parte de la naturaleza consumimos materia y energía”.

 

El Atlas de la carne dice:

-  Las clases medias en el mundo consumen demasiada carne. No sólo en Estados y Europa, sino que cada vez más en China, India y otras naciones emergentes. El consumo está aumentado principalmente debido a que la gente en las ciudades consume cada vez más carne y no tanto por el aumento de la población.

-  Adicionalmente, las altas tasas de consumo de carne llevan a una agricultura industrializada. Unas pocas corporaciones internacionales se benefician y siguen expandiendo su poder de mercado. La carne producida de forma intensiva no es saludable por el uso de antibióticos y hormonas, así como por el abuso de agroquímicos en la producción de forraje.

-  Las alternativas existen. Muchas iniciativas y sistemas de certificación muestran cómo es un tipo diferente de producción de carne, uno que respeta consideraciones de salud y ambientales, con condiciones apropiadas para los animales.

-  El cambio es posible. Algunos dicen que los patrones de consumo de carne no se pueden cambiar, pero todo un movimiento de personas están comiendo menos carne o prescindiendo de ella. Para ellos no es un sacrificio; es parte de un estilo de vida saludable y moderno.

 

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