Opinión


¿La glamurización de la violencia?

¿La glamurización de la violencia? | La Crónica de Hoy

Ángel Mundo López*

 

Mira que a veces el demonio nos engaña con

la verdad, y nos trae la perdición envuelta

en dones que parecen inocentes

(Shakespeare)

 

 

E

 l estreno de la película Guasón (Joker), de Todd Phillips, protagonizada por Joaquin Phoenix, presenta una nueva versión del surgimiento del principal antagonista del defensor de Ciudad Gótica. Desde su debut fue objeto de diversas opiniones: tanto a favor como en contra. Aunque han sido diversas las voces críticas, es Alejandro González Iñárritu quien expresó una de las más emblemáticas, al manifestar su desacuerdo con lo que denominó como la glamurización de la violencia, ésa que, según él, obvia la inmoralidad de no mostrar las consecuencias que aquella genera. No obstante, habría que aclarar que el protagonista sí recibe un castigo, al menos hasta el punto en el que los modernos sistemas de readaptación social permiten.

Cabe una aclaración extra: si bien la violencia a la que alude el director es ostensible y traumática, existe otro nivel mucho menos explícito con consecuencias que pueden ser mucho más catastróficas. Para Étienne Balibar, esta violencia, a la que denomina ultraobjetiva o sistémica, resulta “inherente a las condiciones sociales del capitalismo global y que implica la creación «automática» de individuos desechables y excluidos, desde los ‘sintecho’ a los desempleados…” (citado en Žižek, Sobre la Violencia, p. 25). Esa violencia sistémica es la que ha encumbrado la figura del Homo sacer (Agamben, p. 18), ese individuo al que se le puede dar muerte sin que se considere un sacrificio. Son también las vidas que no pueden ser lloradas de las que nos habla Judith Butler, pues se sitúan en entornos de precariedad, en la que somos sustituibles y anónimos (Marcos de Guerra, p. 31).

Es ésta la violencia que González Iñárritu y muchos otros han pasado por alto.

Por lo anterior, es necesario considerar el escenario: una umbría Ciudad Gótica, apenas unos meses después de que asumiera la presidencia Ronald Reagan y comenzara con el desmantelamiento del Estado de Bienestar estadunidense. En ese momento existe una huelga de los servicios de limpia que ocasiona que la ciudad se encuentre inundada de basura y asolada por una plaga de ratas gigantes. Por si esto fuera poco, los recortes presupuestales ocasionan el deterioro de la infraestructura pública (evidenciada particularmente en el subterráneo).

Arthur Fleck (Phoenix), es uno más de una enorme masa de excluidos, pero, a diferencia de muchos otros, no se encuentra inconforme con su situación, pues tiene puesta su atención en su deseo de convertirse en un comediante profesional para dejar de ser un payaso que anuncia comercios (una manifestación incipiente del fenómeno de la subcontratación que actualmente domina el mercado laboral formal).

Fleck padece una enfermedad psiquiátrica originada en una infancia llena de abusos cometidos por la pareja sentimental de su madre y por ella misma. Su estado aceptable de salud depende de las consultas y los medicamentos que le provee el Estado, hasta que esos servicios son cancelados por los recortes. Esto, sumado a las golpizas que recibe, a su despido, al deterioro de la salud física y mental de su madre, ocasionarán un repunte de sus padecimientos que, a la postre, lo conducirán a cometer diversos crímenes que se convertirán en símbolos del resentimiento social generado por el adverso y desigual entorno económico.

Los padecimientos de Fleck se hacen presentes en forma de alucinaciones y ataques de risa incontrolables. Lo primero nos lleva a preguntarnos si no todos los momentos apacibles que el protagonista experimenta son producto de su mente y sirven para ocultar la podredumbre de su vida. Los ataques de risa, por su parte, se manifiestan en momentos de nerviosismo. Al respecto, dice Mladen Dólar en su libro Una Voz y Nada Más, que el llanto que profiere el ser humano al salir del vientre materno representa el primer grito de auxilio, por tanto, ¿no será acaso que esa risa incontrolable representa una especie de solicitud de socorro que nadie le provee y que, al contrario, por lo mismo es ignorado? Recordemos una nota de su cuaderno: “La peor parte de sufrir un trastorno mental es que la gente actúa como si no lo tuvieras”. Entonces, ¿no representa esa risa el clamor por una ayuda que jamás recibió cuando niño, y que ahora, al ser un adulto, se encuentra azorado por una sociedad del riesgo (como la definió Ulrich Beck), caracterizada por la inseguridad laboral y una violencia normalizada? ¿No es esa risa que lo hace parecer un trastornado, la que le servirá posteriormente para darse cuenta de que es un ser marginado, y que conforme el efecto de los medicamentos pasa, adquiere (paradójicamente) una lucidez que le hace percatarse que la gente de igual forma va notando su existencia?

Con la consolidación del álter ego de Fleck se multiplicarán sus actos de violencia, pero no debemos soslayar que se encuentran enmarcados en un trasfondo mucho más violento aún. ¿O qué no es eso lo que evidencia la película Tiempos Modernos de Chaplin cuya proyección enmarca una de las escenas más álgidas de la cinta con la confrontación entre Thomas Wayne y Arthur Fleck? La proyección especial de la película para la acaudalada clase alta de Ciudad Gótica (ataviada en sus mejores galas), evidencia esa separación respecto de la clase trabajadora que se encuentra afuera exigiendo un cambio en el statu quo

De acuerdo con la Real Academia Española, glamur es un encanto sensual que fascina, por tanto, si uno observa muy superficialmente la película, puede caer en el error de creer que el objetivo del director fue enaltecer la figura del trastornado, del asesino, del psicópata, no obstante, habría que tejer más fino en el análisis, pues no se trata de soslayar los crímenes que se cometen, tampoco de reproducir el cliché que versa que un niño abusado terminará siendo un abusador, más bien habría que reiterar que es la violencia sistémica la que ha sido glamurizada, normalizada, escondiéndola detrás de múltiples discursos como el de la igualdad de oportunidades y la exaltación de la “meritocracia”, pues, como menciona Verbal Kint (Spacey) en The usual suspects: “el mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”.

Por ende, ¿no es eso lo que se tendría que combatir para no resignarnos cada noche, como lo hace Franklin Murray (De Niro) cuando exclama que, “así es la vida”?

 

Profesor-investigador del Departamento de Política y Cultura de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana

 

 

 

 

 

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