Opinión


La paradoja boliviana

La paradoja boliviana | La Crónica de Hoy

El diferendo diplomático entre México y Bolivia ha dado un poco de color a las noticias de fin de año, que suelen ser pocas. También debería dar ocasión a reflexionar sobre el papel de los gobiernos y de las oposiciones.

En Bolivia hubo un quiebre constitucional, provocado por un manejo desaseado de los resultados electorales de parte del gobierno de Evo Morales, pero posible a partir de una rebelión del Ejército, cuya decisión de pasarse al lado de los opositores fue la clave para el cambio en el poder. Eso se llama golpe de Estado, aunque haya sido casi incruento. El traspaso de poderes se hizo en medio del caos social y con la huida del presidente en funciones, quien temía justamente por su vida.

En ese contexto, varios funcionarios del gobierno boliviano se refugiaron en la embajada de México en La Paz. Eran, al momento en que solicitaron refugio, ministros del gobierno en funciones, reconocido por México.

Nuestro país, de acuerdo con su tradición de asilo, acogió a Evo Morales. Esto no debería tener qué ver con la simpatía política del gobierno de López Obrador con el del Evo, pero ese hecho generó molestias en una parte de la oposición mexicana. Durante su estancia en México, Evo insistió en querer teledirigir una rebelión popular contra el gobierno golpista. A los pocos días, tal vez ligado al hecho de que México estaba renegociando los anexos al T-MEC con Estados Unidos y Canadá, el boliviano partió hacia Buenos Aires, donde ha estado menos activo.

En Bolivia se instaló un gobierno de extrema derecha que, por las circunstancias en las que llegó, se ve obligado a llamar a nuevas elecciones y, por el hecho simple de que las fuerzas que apoyaron a Morales, agrupadas en el Movimiento al Socialismo, siguen siendo importantes, también se vio obligado a negociar con ellas rumbo a ese proceso electoral.

El gobierno mexicano se entrampó cuando, por razones ideológicas y de discurso, decidió no reconocer el interinato de Jeannine Áñez, al tiempo que no podía romper relaciones con Bolivia, sin poner más en riesgo a los refugiados en su embajada. Así, no negoció a tiempo los salvoconductos que ellos necesitan para salir de su país.

La paradoja es que, mientras el partido de Evo Morales negociaba con el gobierno de facto, el gobierno mexicano, muy digno, se tardaba en ello.

Simultáneamente, el grupo civil que tomó el poder en Bolivia ha desplegado una campaña ideológica interna, en un intento de legitimación a través del nacionalismo criollo exacerbado. En esa campaña que, por la torpeza propia de la ultraderecha, tiene visos de fuga hacia adelante, se ha lanzado contra todo lo que percibe como oposición, sea interna o externa.

Eso explica, por una parte, las órdenes de aprehensión contra algunos de los refugiados en la embajada mexicana y, por la otra, el lenguaje agresivo contra las naciones a las que ubica del otro lado de la trinchera ideológica. México y España, entre ellas.

Las actuales tensiones no fueron causadas por el gobierno mexicano —que más bien ha pecado de lentitud de reflejos—, sino por el de Áñez, con el hostigamiento a la embajada, la impropia exigencia de que se le entregara a refugiados que difícilmente podrían ser sujetos de un juicio justo, con declaraciones groseras de uno de sus portavoces “diplomáticos” —quien también agredió al gobierno español— y, ahora, luego de que se hablara de una negociación a través de un tercer país, con la expulsión de facto de la embajadora mexicana.

Se trata de gestos hostiles, propios de un gobierno que se quiere reafirmar internamente a través de la típica bravuconería latinoamericana. Todos estos gestos, independientemente de la opinión que tengamos acerca de Evo Morales y de Andrés Manuel López Obrador, deberían resultarnos profundamente molestos. Y no por una “unidad alrededor del Presidente”, que suena a estribillo del viejo priismo, sino por mera lógica democrática.

Pero no. Una parte de la opinión pública de oposición a AMLO, en la actitud simplista de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, está apoyando a los golpistas bolivianos en su diferendo con el gobierno mexicano. Una cosa es reconocer errores o insuficiencias en el accionar de la cancillería, y otra es hacer juicios sumarios de los refugiados, minimizar las provocaciones y hasta regodearse en ellas, exagerar el tamaño de la crisis y utilizar el todo para un golpeteo por el gusto de golpear.

Me parece sintomático que, cuando el conflicto abarcó también a España, la actitud de los militantes de Vox, el partido ultraderechista, haya sido prácticamente una calca de la de muchos opositores mexicanos. Se trata de una de las compañías más vergonzosas que se pudiera tener en cualquier camino político.

Y me parece sintomático que haya una oposición que se defina solamente a partir de la antipatía que siente por el Presidente, y que esa antipatía le impida ver qué cosa está del otro lado, olvidarse de cualquier referencia al derecho internacional o, por lo menos, entender cuáles son las batallas que vale la pena dar. Ésta no.

En ese sentido, lo preocupante es que la polarización en curso, a la cual no es ajeno el discurso del propio López Obrador, está gestando disputas viscerales, en donde las ideas están desterradas. Campo fértil para los extremismos de derecha.

 

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