
Acertijo.—La ciudad está plagada de chicas lindas que sonríen a sus celulares. Las veo por todos lados. Muchachas que sostienen un romance con sus teléfonos móviles en el transporte público, en las cafeterías, en la oficina. Me llama la atención su sonrisa, que acepta múltiples lecturas, como la de Mona Lisa. Una sonrisa que puede desconcertar pero que seduce, como si las chicas estuvieran leyendo en sus pantallas un texto inteligente, gracioso, casi excitante. Una sonrisa que todavía no es una carcajada, pero que encierra la promesa de que uno va por buen camino.
Me pregunto entonces qué le habrá dicho Leonardo a Lisa para conseguir que sonriera así, como la inmortalizó en su cuadro. En ocasiones, tengo envidia de los redactores de esos mensajes que alcanzan, por el tipo de sonrisas que provocan, el nivel de escritores, hasta poetas. ¿Cómo le hacen? Llevado por una curiosidad malsana algunas veces he atisbado, como no queriendo la cosa, los celulares. Me avergüenza reconocerlo, sobre todo porque he tenido mala suerte. Me ha tocado leer puros mensajes procaces, ordinarios, hasta obscenos que no ayudan a resolver el misterio.
Leo cosas como “es un güey cagadísimo”, “la peda me duró todo el fin de semana” o “pinche lugar de nacos”. No hay forma de que frases así provoquen esas sonrisas que bosquejan lo mejor de la vida. O eso creo. Me resisto a aceptar que Leonardo le haya dicho a La Gioconda: “para el otro cuadro enseñas chichis pa la banda” y que la frase le haya provocado esa sonrisa sinuosa que se difumina como un acertijo.
Tinder.—En aquello años, para que una chica diera su bracito a torcer había que bajarle el cielo, la luna y las estrellas y a veces ni así. Lo dicen hombres de mi generación que ven, con envidia, como las nuevas tecnologías han facilitado muchísimo las cosas para los jóvenes de hoy. Si en nuestro tiempo hubiera existido Tinder, la historia hubiera sido diferente. Habría sido más sencillo concretar citas con mujeres que, de entrada, están interesadas en nosotros. Nada de gastar días o semanas para captar una señal de apertura, de que podíamos formarnos en la ventanilla de pretendientes oficiales.
Tinder es gratis y tiene súper poderes. Transforma a las personas. Me consta. No hace mucho me cité para comer con una colega que minutos antes de la cita había subido su perfil a esa aplicación. Me dio gusto volver a verla. Debo decir que es una chica estupenda. Me trata como Anne Hathaway trata a Robert de Niro en The Intern. No estaría mal, salvo que en la película De Niro tiene más de 70 años y está a punto de entregarle cuentas al creador.
Durante todo la comida no dejaron de sonar las condenadas campanitas que anuncian que algún suscriptor se interesó en conocerla. Mi amiga, que es bella pero modesta, al principio se sonrojaba, pero conforme el ruidito se repetía una y otra vez, comenzó a tomar aires de diva que no le conocía. Se sentaba derechita, agitaba la cabellera y llamaba al mesero con un tonito pretencioso. Tengo la impresión de que embarneció. Cada que sonaban las campanitas, me miraba como diciendo qué quieres, no es mi culpa. Cuando terminó la comida abandonó el restaurante con aires de Rita Hayworth huyendo de los paparazi. Yo la seguí un par de pasos atrás, compenetrado con mi papel de lo que queda de Robert De Niro.
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