Opinión


La tiranía de la letra

La tiranía de la letra | La Crónica de Hoy

Polvo también es la palabra escrita
por tu mano o el verbo pronunciado
por tu boca. No hay lástima en el Hado
y la noche de Dios es infinita.

Jorge Luis Borges

El romanticismo tuvo, entre otros propósitos, la reivindicación de la identidad nacional, mediante la recuperación de las manifestaciones de la cultura popular, que hundía sus raíces en el pasado medieval. La Edad Media fue el referente de la literatura y de la investigación sobre el origen de las lenguas del viejo continente, las cuales, como sabemos, representan las bases de la configuración de los estados europeos.

      El siglo XVIII, coronado por las luces de la razón, el ansia del conocimiento para combatir el oscurantismo, las supersticiones religiosas y el atraso de los pueblos salvajes de la periferia, engendra, a la vez, un movimiento contrario a este fervor progresista, manifestado en las actitudes, acciones y modos de la melancolía romántica, que descree del entusiasmo documentado en la Enciclopedia y busca un refugio en el corazón de la selva negra.

      En España el romanticismo es tardío y carece del empuje retrospectivo de la literatura y el pensamiento alemanes porque, en muchos sentidos, la nación ibérica vivía en un sueño imperial ilusorio, a la manera del drama de Calderón, sin hacerse las preguntas básicas sobre su ser nacional, su devenir histórico y los sustentos doctrinarios de su existencia; todo ello, más allá de la misión evangelizadora que se había autoimpuesto desde los tiempos de los reyes católicos.

       Por estos motivos, es hasta finales del siglo XIX cuando un “golpe de realidad”, enmarcado en la guerra hispano-estadunidense, evapora el sueño colonizador castellano y, para reconstituirse como nación, sus intelectuales, a la manera de los buzos, se sumergen en el pasado en busca de sus orígenes.

      Miguel de Unamuno es uno de los más célebres integrantes de la generación del 98, quienes eligen a don Quijote, a la figura del loco iluminado, como símbolo de una nación en ruinas. El otro referente de la tradición castiza fue la religión católica, cuyos dogmas y prédicas se anquilosaron y fueron duramente cuestionados frente al auge de la ciencia, las doctrinas materialistas, el avance del existencialismo y el descreimiento de los ateos decimonónicos; sin contar, desde luego, la prédica protestante.

      En este contexto, es muy significativa la aparición de La agonía del cristianismo de Miguel de Unamuno, donde se busca recuperar el sentido originario de la obra de Cristo, antes de que su credo se transformara en piedra, en catedrales poderosas y que sus palabras fueran envueltas en los rituales púrpura del papado; es decir, mucho antes de que cuajara el dogma teológico de los padres de la iglesia.

      Agonía significa para Unamuno lucha, esfuerzo, ímpetu  de cambio. El autor rememora cuanto Jesús padeció en carne viva las contradicciones sociales de su época, pues en una ocasión dice que no vino a traer la paz sino la espada, pero luego rectifica y desaconseja el uso de las armas por la espiral de violencia que generan. El Cristo sangrante en la cruz, el que se atreve a cuestionar la justicia divina, recuérdese aquella pregunta pronunciada antes de expirar: “Dios mío: ¿Por qué me has abandonado?”, es el dios-hombre que duda incluso de la fe y por eso agoniza, como los pobres y menesterosos que lo siguen. En consecuencia, Unamuno pide, en voz de San Manuel Bueno, personaje de su novela homónima, rezar por la salvación de nuestro Señor Jesucristo.

      Y es que la duda no sólo es la base de la ciencia y la filosofía, sino también de la fe y la religión, como dice nuestro autor: “El modo de vivir, de luchar, de luchar por la vida y vivir de la lucha, de la fe, es dudar”, y dudar implica conciliar dos pulsiones al interior del ser humano: la voluntad de conocer y el deseo de creer, a través de la fantasía y las emociones. Quienes han padecido esta dualidad a lo largo de la historia han sido seres agónicos y atormentados. Unamuno cita a Blas Pascal, un filósofo y matemático racionalista que buscó inútilmente reconciliar a Dios con la ciencia de su época y terminó con el siguiente aforismo: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.

      Otros personajes, heridos por la duda de la existencia de Dios, han pertenecido a algunas sectas del gnosticismo, incluidos los escépticos, ateos, deicidas, librepensadores, científicos materialistas como Marx, en fin, toda una pléyade en busca de un fundamento racional para sustentar nuestra soledad en el cosmos;  pero la religiosidad es más que “el opio del pueblo”, es una condición humana difícil de extirpar, y negarla sería tanto como desafiar la gravedad jalándose cada quien de un brazo, según lo pensaba el ruso Mijail Bajtín.

    Por esta certeza, Unamuno emprende el estudio del cristianismo primitivo y descubre en aquellos pueblos situados en el ángulo de los tres continentes, una efervescencia social donde impera la garra del César, pero también subyace, agazapada, la rebelión incubada por la miseria y las disputas religiosas animadas por las profecías; es memorable la cabeza de San Juan Bautista servida en una charola de plata, para satisfacción y gozo de Salomé.

     En este contexto, el credo de Cristo es revolucionario porque da voz y esperanza a los pobres y desvalidos, y les promete un mundo de consuelo, justicia y salvación. El medio para convocar a las multitudes es la palabra vibrante de Jesús, quien es un maestro oral, como lo fueran Sócrates y Zaratustra. Cristo es el verbo encarnado en agonía; es un proveedor de la vida eterna.

      Pero cuando la palabra de Cristo se vuelve escritura, es decir, dogma, disputa teológica, pierde su esencia y su cercanía con los creyentes; por eso Unamuno busca recuperar esa raíz agónica y combativa de los primeros cristianos y rechaza la institucionalización del credo: “En San Pablo el verbo se hace letra, el Evangelio se hace Libro, se hace Biblia. Y empieza el protestantismo, la tiranía de la letra”, concluye.

    

   

     

     

 

 

 

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