Opinión


La variolización y los cubrebocas

La variolización y los cubrebocas | La Crónica de Hoy

La viruela es una enfermedad erradicada del planeta en 1975, año en que Rahima Banu, niña de tres años de edad de Bangladesh, fue la última persona del mundo reportada con esta enfermedad. La viruela era altamente contagiosa y mortal. Tenía una letalidad del 30 por ciento y fue la responsable de grandes pandemias a lo largo de los siglos. La viruela fue el principal aliado de los españoles en la conquista de Tenochtitlan, ya que al llegar al nuevo mundo, que nunca había visto al virus, causaron una epidemia enorme entre los indígenas. La enfermedad consistía en la aparición de pústulas en la piel y mucosas, acompañada de fiebre alta. Quien no moría quedaba con cicatrices evidentes. La variolización fue el antecedente de las vacunas y consistía en tomar material extraído de las pústulas de enfermos y colocarlas en una pequeña herida en el brazo o a través de la nariz, con la idea de que exponer a los sujetos sanos a una dosis muy baja del virus, lo que hacia que desarrollaran un cuadro leve y quedaran inmunes.

Hacia finales del siglo 18 el médico Edward Jenner en Berkeley, Inglaterra, notó que las mujeres que ordeñaban a las vacas no desarrollaban viruela, o lo hacían en forma muy leve, y se le ocurrió que esto podría ser porque tenían contacto con el virus de la viruela de las vacas, que no les producía enfermedad, pero si inmunidad. Así que Jenner tomó material de la viruela de la vaca, la inoculó en James Phipps, el hijo de su jardinero y al exponerlo semanas después al virus de la viruela, el niño no desarrolló la enfermedad. Como el origen de la prevención de enfermedades virales mediante la exposición a un virus no patógeno nació con la viruela del ganado vacuno, de ahí que el material utilizado tomó el nombre de vacuna. Años después se cambió del virus de la viruela vacuna al de la viruela de humanos, pero atenuado, con lo que se generó la vacuna de la viruela que un poco menos de dos siglos después, resultó en la erradicación de la enfermedad.

Mientras los científicos y las industrias logran vacunas útiles para la prevención de la COVID-19, la variolización del SARS-CoV-2 por el uso de cubrebocas podría estar jugando un papel importante en disminuir o reducir la gravedad de la enfermedad. Por años se ha tenido la idea, con bases experimentales, principalmente en animales (dado que estos experimentos no se pueden hacer en humanos), que en las enfermedades virales mientras mayor sea el inóculo (la cantidad de virus que recibe el individuo al momento de infectarse), mayor será la gravedad de la enfermedad.  Esto es algo difícil de medir en estudios epidemiológicos, pero es una buena posibilidad para explicar por qué hay pacientes de COVID que desarrollan una enfermedad muy grave y otros no.

Un estudio en hámster que puede desarrollar COVID mostró que la exposición al virus, mientras le colocan al hámster mascarillas resulta en una enfermedad mucho menos grave. Por otro lado, se ha observado a lo largo de estos meses de pandemia que en lugares en donde el utilizar cubreboca se ha vuelto obligatorio, la tasa de COVID asintomático ha aumentado del 15 por ciento inicial, a 40 – 45 por ciento actualmente. La comparación entre dos brotes de SARS-CoV-2 en cruceros es muy ilustrativa. El primero ocurrió a principios de la pandemia en las costas de Japón, previo la utilización generalizada de mascarillas. La tasa de individuos que dieron positivos para el virus y estaban asintomáticos fue del 20 por ciento. En contraste, en otro crucero dos meses después en Argentina, con 217 personas entre pasajeros y tripulación, cuando apareció el primer caso ocho días después de zarpar, el barco regresó a la costa de Uruguay, pero fue mantenido en confinamiento. Todos los pasajeros fueron provistos con cubrebocas desde el principio. Al final, 128 individuos (59%) resultaron positivos para SARS-CoV-2, pero 104 fueron asintomáticos (81% de los positivos). Recientemente, una planta procesadora de pescados en Oregón y en otra de pollos en Arkansas, en donde es obligatorio el uso de cubreboca, hubo brotes de COVID que resultaron en 95 por ciento de los pacientes positivos asintomáticos. Finalmente, es un hecho que los países asiáticos que ya tenían la cultura del uso de cubrebocas por epidemias previas, son en los que la mortalidad por COVID-19 se ha reducido a 0.

Estos datos sugieren que el uso de cubreboca podría estar teniendo un efecto de variolización del SARS-CoV-2 en el que el individuo que porta la mascarilla al entrar en contacto con el SARS-CoV-2 lo hace con inóculos muy bajos, lo que le genera protección inmunológica y al exponerse a una dosis mayor de virus, como para producir la enfermedad, esta se desarrolla en forma asintomática y por supuesto, mucho menos grave. Esto podría explicar, al menos en parte, la observación que se tiene en España (ver figuras que acompañan este texto), en la que en las últimas semanas han tenido un nuevo brote epidémico considerable de COVID-19, pero con mucho menos mortalidad.

El argumento de que las mascarillas tienen utilidad por disminuir la propagación del virus por parte de enfermos con o sin síntomas está claramente comprobado. Este argumento, sin embargo, solo funciona en gente que ha entendido que el uso de cubreboca es para proteger a los demás, en caso de que se tenga le enfermedad asintomática. Con los datos que comento arriba, es probable que las mascarillas también tengan efecto en proteger a quien la porta, lo que debería de ser un argumento suficiente para que quienes no lo han querido hacer, adopten su utilización. Alguien podría argumentar que los datos que comento en este editorial no son una prueba inequívoca de que el cubreboca confiera la protección que se propone. Pero, como siempre en ciencia, sugiero poner en la balanza el riesgo vs el beneficio. Ponerse un cubreboca es barato y no conlleva riesgo de ningún tipo. Dada la gravedad del COVID cuando pega fuerte, me parece que la inclinación de la balanza es clara.

Dr. Gerardo Gamba

Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e

Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.

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