Opinión


Lágrimas, esperanzas, sueños y entusiasmos: los papeles del Año Nuevo que nos revelan el pasado

Lágrimas, esperanzas, sueños y entusiasmos: los papeles del Año Nuevo que nos revelan el pasado | La Crónica de Hoy

La proximidad del Año Nuevo es, cuando la calma y la estabilidad lo permiten, coyuntura de entusiasmo y de optimismo. Pero hay fines de año en que se vive en la incertidumbre y la inestabilidad. Nada hay de extraño en ello: es el sino de la condición humana, sujeta a las consecuencias de las decisiones tomadas, aunque a veces pareciera que somos juguetes del destino.
Esa emoción, mezcla de curiosidad e inquietud, no es ajena a ningún ser humano, y los personajes históricos no son la excepción. Ocurre, sin embargo, que, en el caso de ellos, esas emociones íntimas y personalísimas se han quedado, muchas veces, en la oscuridad, en los papeles que se guardan, en las cartas atesoradas, en la pequeña publicación que conocieron los amigos.
Pero basta con hallar uno de esos papeles, alguna carta escrita en la inminencia del nuevo año para encontrar ese caudal de expectativas.
Hubo momentos en que el horno no estaba para bollos. A salto de mata, o en el exilio, o en plena revolución. En esos momentos, el futuro es muy corto y el Año Nuevo pasa prácticamente inadvertido; se vive en lo inmediato, no hay margen para pensar a largo plazo.
Pero ahí están las palabras; ahí el entusiasmo y las disculpas veladas; la esperanza y la ambición. Que hablen.
DE “EL AÑO NUEVO” AL EXILIO EN NUEVA YORK. Es 1837. Aquel grupo de jóvenes del Colegio de San Juan de Letrán, en la ciudad de México,  miran con satisfacción ese cuadernillo que es su obra colectiva. Como buenos estudiantes, suelen andar sin dinero, y su esfuerzo, sumado a la generosidad del librero e impresor Galván, tío de uno de los asiduos participantes en esa agrupación literaria que la historia conoce como la Academia de Letrán.
El cuadernillo es pequeño, delicado, pero en él se encuentra la semilla de la literatura mexicana. Escriben, desde luego, los 4 fundadores de la Academia: los hermanos Lacunza, Manuel Tossiat, Guillermo Prieto. Se suman otros, como Eulalio María Ortega y Antonio Larrañaga. Dos consagrados, Manuel Carpio y José Joaquín Pesado, también aportan textos. El joven Ignacio Rodríguez Galván, pariente del impresor, es quien más textos publica en el cuaderno: ¡cuatro poemas y un cuento! Pero, modestos todos, firman los textos con sus iniciales. Se trata de trabajar literariamente “temas mexicanos”, dejar de copiar a los referentes españoles. Sólo el tiempo dirá hasta dónde lo logran.
“Este libro creemos ser el primero de su género y de piezas originales que se presenta en México: éste es su solo mérito”, afirma la introducción de aquel material que se llama El Año Nuevo de 1837. Son pioneros y lo saben.
Uno de aquellos escritores, de los más jóvenes en aquellos días, responde al nombre de Guillermo Prieto. La vida lo llevará al periodismo político; se hará liberal convencido casi por ósmosis. Ahí está, ministro de Hacienda, director de Correos, diputado constituyente de 1857, ejecutor de las leyes de Reforma. Cronista de la accidentada vida nacional, lo encontramos, al cabo de tres años de guerra civil, en la ciudad de México, en los últimos días de diciembre de 1960: los liberales han triunfado, el gobierno de Juárez se dispone a regresar a la capital, y las tropas del general Jesús González Ortega entran las primeras a la ciudad recuperada, porque los conservadores han salido huyendo, después de quemar cuanto papel les parezca que los incrimine.
En esas circunstancias, a Guillermo Prieto no le interesa tanto la inminencia del Año Nuevo como la euforia de los triunfadores en su entrada a la capital: la esperanza en el futuro inmediato, que pasa por la puesta en práctica de las Leyes de Reforma, tiene un prólogo adecuado que, emocionado hasta las lágrimas, el periodista plasma en una carta a Manuel Doblado, del 2 de enero de 1861: “Entre el ruido de los repiques a la hora de las ovaciones, y del frenesí popular, entré a esta gran ciudad que engalanada, llena de arcos y cortinajes y gallardetes alegrísimos, coronaba a (Jesús) González Ortega y a las tropas que acaudillaba,  cuyo número ascendía en mi juicio a cerca de 25 mil hombres. ‘Los Cangrejos’ convertidos en himno popular, formulaban el regocijo y el orden y la concordia embellecían un día que lo sobrepone en grandeza a la recepción del ejército trigarante”.
Muchos años después, cuando el presidente Juárez está muerto y con él casi todos los personajes protagonistas de la Reforma Liberal, Prieto es un anciano que es una leyenda republicana. En 1892, siete años antes de su muerte, le escribe a uno de sus queridos amigos de vejez, el cura liberal Agustín Rivera, que vive en Jalisco: “hermano muy amado: Dios te llene de bendiciones en este nuevo año, sano  y contento de ti mismo. En este voto hay mucho de egoísmo, porque tu felicidad es parte muy interesante de la mía… mis hijos te mandan besos con los labios teñidos de chocolate y la boca llena de bizcocho.”
Los contemporáneos de Prieto han vivido fines de año igualmente accidentados, pero teñidos de dolor. En el frío del exilio, parece que nadie piensa en el año nuevo con esperanza. Eso ocurre en las cartas cruzadas entre Margarita Maza, y su esposo, el presidente Juárez.
Ella escribe el 28 de diciembre de 1865: “Mi estimado Juárez:  la última carta tuya que tenemos es de fecha 12 del mes pasado donde me dices que al otro día salías para Chihuahua. Dios quiera que cuando recibas esta ya estés muy descansado, y sin haber tenido ninguna novedad en el camino; hasta que no tenga yo esta noticia no estoy tranquila, porque estoy tan azorada que para todo no espero más que desgracias”.
Margarita cargaba en el alma el duelo por la muerte de dos de sus hijos en el exilio estadounidense,  y la lejanía de su esposo, a pesar de contar con la presencia y el apoyo de sus hijas e hijo mayores, y de su solícito yerno, el leal Pedro Santacilia, no borraba esa pena, que sólo confiaba por carta a su esposo, que a la par que intentaba consolarla en sus misivas, intentaba animarla con instrucciones para la familia: “Lleven a la vieja Margarita a la ópera, procuren que no esté triste”. En aquella familia, la separación y la política hacían desaparecer las fiestas de fin de año.
EL SUEÑO DEL FUTURO. Otros personajes, al escribir en la coyuntura del fin de año, dejaron constancia de su optimismo, de sus proyectos, de la inminencia del cambio. El 30 de diciembre de 1908, el hacendado coahuilense Francisco I. Madero, le escribe a su abuelo don Evaristo:  “Muy querido papacito: ...quiero cumplir con los altos deberes que tenemos para con la Patria, y el principal paso que pienso dar en esa nueva vía es la publicación de un libro en el cual, con toda serenidad y guiado únicamente por el más puro patriotismo, estudio nuestra situación actual, el mal que acarreará al país la continuación del régimen de poder absoluto y la necesidad de que el pueblo haga uso de sus derechos. Este libro que se llama La Sucesión Presidencial en 1910. El Partido Dermocrático,  lo he terminado”.
Así empezaba la revolución maderista. Por esas mismas fechas, dos años después, Gustavo, el hermano de Francisco, le escribía a su esposa, Carolina Villarreal desde Nueva York: el maderismo parece derrotado, la casa de Gustavo ha sido cateada y los bancos en México “se nos han echado encima”.
Gustavo le pide perdón a Carolina, que sigue en el hogar familiar en Monterrey. “¡Cuánto te he hecho sufrir!”, y reconoce que, en esos momentos, es imposible que cruce la frontera para reunirse con la familia en esos últimos días del año. La revolución aún habrá de ganar fuerza; aún habrá de derrotar a don Porfirio. En aquellas letras de 1910 no hay optimismo y confianza en el futuro, sino el aroma inconfundible del cambio irreversible.

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