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Las extrañas y curiosas enfermedades de hace 500 años… y sus muy peculiares —y rudos— remedios

Las enfermedades tienen nombres extraños, a veces insólitos, enigmáticos. Esas narraciones siempre nos dejan la sensación de que falta una pieza. Y cuando hablamos de los medicamentos y soluciones que se ejecutaban, a pesar de la fe, el enigma, a veces, se hace más grande

Las extrañas y curiosas enfermedades de hace 500 años… y sus  muy peculiares —y rudos— remedios | La Crónica de Hoy

Son muy conocidas las imágenes de los cirujanos del siglo XVI, sacado muelas, entre gritos, a los pobres pacientes. Pero había muchos otros padecimientos, quizá menos mencionados por los grandes tratadistas, pero que le amargaban la vida a la gente...

"Ver tantos libros de cirugía en romance y todos tan dificultosos que no sirven más de aquellos para quienes se dedicaron, porque ni se entienden sus vocablos cuando son menester, y son tan prolijos que ponen confusión, y sus recetas, sin sacar provecho de ello la gente vulgar, sino los muy doctos. Y doliéndome yo de este, y por los que están fuera de esta ciudad, y minas, y estancias, pueblos y partes remotas que carecen de los remedios convenientes, hice este libro, porque cualquiera que supiera leer, hallará el remedio, para la pasión y la enfermedad que tuviera, que en este libro se hace mención y sabrá la causa de que procede, qué es hechos la tal enfermedad y cómo se ha de curar”. Así escribía, en 1578, en la muy noble ciudad de México, don Alonso López de Hinojos, harto de los densos tratados médicos, que se complacían en detallar hasta la oscuridad las teorías humorales en las que estaba basada la idea de la enfermedad y, naturalmente, su cura.
Don Alonso pensaba que era preciso que la gente común, que no era sabía ni ilustrada, y que a veces no tenía en el bolsillo el dinero que le asegurara la visita del médico, tuviese una pequeña ayuda; algo que, con sustancias más o menos encontrables en el mostrador de un buen boticario, y con un poco de ayuda de la herbolaria de la tierra, pusiera fin a las molestias más usuales que se padecían en la Nueva España.
Con la mejor voluntad, Alonso López de Hinojos se puso a arrastrar la pluma, y el resultado fue la Summa y Recopilación de Cirugía, con un arte para sangrar muy útil y provechosa, impreso por don Antonio Ricardo. El bienintencionado don Alonso garantizaba que, si la enfermedad estaba mencionada en su tratado, ahí se encontraba la solución para las almas y los cuerpos sufrientes.
LAS RARAS ENFERMEDADES Y LOS RAROS REMEDIOS. Hay padecimientos en lo manuales médicos del siglo XVI que no resultan claros para el lector del siglo XXI; medio milenio nos separa de aquellos hombres, autores de tales tratados, y en la vida diaria de aquella época, la gente sufría de mil y un malestares a los que se exponía por la forma de vida, por la ausencia de antibióticos y la inexistencia del concepto de medicina preventiva. Hasta ahí, todo es comprensible. Pero, ¿de qué se enfermaban los habitantes de este país hace quinientos años?
Alonso López de Hinojos es un guía interesante por ese, el mundo de la enfermedad del siglo XVI. A ratos, parece que la descripción de la enfermedad es un tanto tosca, pero, para el modo de comunicarse de la época, según el habla cotidiana, el manual escrito por aquel caballero era de lo más claro. Pretendía el autor quitarse de las complejas teorías de los sesudos médicos, engolosinados con la explicación de los intrincados desequilibrios humorales, que, aunados a los mil pequeños accidentes de la vida, mandaban a la gente al lecho del dolor.
Solamente de los padecimientos de la vista, don Alonso identificaba al menos media docena: Oftalmía, le llamaba, a la enfermedad de la conjuntiva, que podía darse por un golpe recibido, porque le entrase polvo al paciente. Cuando eso ocurría, agrega don Alonso, “la virtud de los ojos se enflaquece”, es decir, la vista se debilitaba, y se creaban “nubes” a causa del “humor” que corría, inundando los ojos. A veces dolía, a veces se sentía como si “hubiera arenilla”.
Según don Alonso, la cura de ojos tenía seis pasos: comer cosas frías y delicadas —almendras, pasas, atole—; beber agua de cebada, purgarse “con polvos de Michoacán” (parece que, durante siglos, no importó la enfermedad que a uno lo aquejara, no había manera de escaparse de una o de varias purgas, algunas decididamente salvajes). A los ojos maltrechos se les ponía migajón de pan empapado en vino, y si hubiese dolor de ojos o de cabeza, se sangraba al paciente de la “vena de la frente”. Era posible que el paciente sufriera de sensación de calor en la cabeza, que se curaría aplicando un paño empapado en una mezcla de agua y leche materna —sí, leche materna—. Si el recurso fracasaba, don Alonso disponía de su Plan B, aún más extravagante: mezclar sangre de gallina “o de cualquier otro animal”, mezclarla con harina de trigo y dos claras de huevo, y se aplicaba —ay— en la cabeza y ojos del, para esas alturas, apaleadísimo paciente.
López de Hinojos se ocupaba de esos pequeños males que incordiaban la vida diaria: definía a los pólipos en la nariz como “carne superflua” que llegaba a amargarle la vida a cualquier honrado hombre o mujer, porque aquellas carnosidades, provocaban la sensación de que la nariz estaba obstruida o resultaban incómodos y dolorosos. Pero para don Alonso, las cosas eran simples: la molestia podía eliminarse “quemándola” con una mezcla de polvos que incluía azufre, y una vez desaparecido el pólipo, prescribía fomentos de “polvos cáusticos mezclados con vino”, aplicados “en la llaga” que resultaba del contundente tratamiento. Si el pólipo estaba dentro de la nariz, se cortaba primero con unas tijeras —imagínese aquí el lector los aullidos de dolor del paciente— y luego tratar “la llaga”.
Aparentemente, no era raro que la gente se quejara de “dolor de oídos”. Ahí estaba, don Alonso López de Hinojos para aliviar sus males. En las curaciones que para tal padecimiento prescribe el buen señor, es evidente el peso de la teoría humoral, pues si en el paciente predominaban los humores “calientes”, la cura consistía en aplicar “aceite rosado, de lombrices y de ratones(!), mezclado con azafrán molido, y echar eso en el oído (!), cubriéndolo con un paño mojado en vino. Otra opción era aplicar en el oído una mezcla de pan y rosas cocidas en vino, y administrarlo caliente.
Pero, si el origen del dolor de oídos afectaba a un paciente con “humores fríos”, la cosa era sencilla: se necesitaban cuatro granos de opio, equivalentes en tamaño y peso a cuatro granos de trigo —es decir, que sí estaban conscientes de su poderío— y después de mezclarlos con aguardiente, “se echará en el oído, tapándolo con unos algodoncitos”. Es muy probable que después de recibir algo así, al paciente le dejara de preocupar el mundo, y desde luego, el dolor de oído.
Otro de los remedios notables de don Alonso era el que ofrecía para curar “la carne esponjosa que suele nacer sobre las encías de los dientes y muelas”. ¿Hablaba de gingivitis? ¿De abcesos? Quizá no importa tanto, como la contundencia del remedio: la carnosidad se eliminaba rápido quemándola —¡otra vez!— con “agua fuerte”, sustancia empleada “para separar el oro de la plata”, y luego tratar al pobre paciente, seguramente en esos momentos sin sentido, aplicándole “polvos de caparrosa.
A la distancia, uno no puede menos que estremecerse antes estos remedios, en los que los médicos ponían el mejor de sus empeños, y los pacientes su esperanza. Pasarían muchos años antes de que la buena voluntad de don Alonso y sus colegas fuera menos peligrosa, causara más daños de los que pretendía remediar, y efectivamente curara los males humanos.

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