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Las plataformas y aplicaciones digitales en la educación: afinidad o disparidad, un texto de Ulises Lara López

Las plataformas y aplicaciones digitales en la educación: afinidad o disparidad, un texto de Ulises Lara López | La Crónica de Hoy

Foto Especial

Con el distanciamiento social y el confinamiento de la población en general, en muchos hogares las habitaciones y estancias fueron habilitados, de manera improvisada, como salones de clase, oficinas, centro de negocios y operaciones, comercios y cuanto permitiera mantener contacto con el exterior y suplir las actividades que se realizaban cotidianamente antes de la pandemia del covid-19.

Todo tan próximo con esta multifuncionalidad de los espacios, pero sin contar con la infraestructura y el mobiliario necesarios, ni con las condiciones operantes adecuadas para el desarrollo óptimo de las actividades diversas, situación que no debe tildarse banal si consideramos que esto acentuó considerablemente el sedentarismo y las consiguientes afectaciones a la salud, como son los problemas de cuello y espalda, trastornos digestivos, atrofia muscular, enfermedades cardiovasculares, obesidad, y, en gran medida, problemas de visión por pasar muchas horas frente a las pantallas televisivas, de dispositivos y computadoras.

De igual manera se ha visto afectada la salud emocional, intensificándose el insomnio, el estrés, la depresión y el cansancio mental, acompañado del agotamiento físico causados por la digitalización excesiva de la mayor parte de las actividades educativas y laborales. De acuerdo a los especialistas, este hecho forma parte del llamado síndrome de burnout, también conocido como “síndrome de estar quemado” o “del desgaste profesional” (el término burnout fue usado, por primera vez, en 1974 por Herbert Freudenberger, en su libro “Burnout: The High Cost of High Achievement”).

Este trastorno es el resultado de un estrés laboral crónico, caracterizado por un estado de fatiga emocional, por una actitud cínica o distante frente al trabajo (despersonalización), y por una sensación de ineficacia y de no hacer adecuadamente las tareas, aunado a la pérdida de habilidades para una adecuada y eficaz comunicación, encontrándose así entre los principales problemas de salud mental y en la antesala de muchas de las patologías psíquicas derivadas de un escaso control y de una nula detección oportuna. Al respecto, cabe mencionar que desde el año pasado el síndrome de burnout ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud dentro de su Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas de Salud Conexos.

El agotamiento emocional, mental y físico, propio de este síndrome, parece ir adquiriendo propiedades extensivas hacia otras esferas de la actividad humana, permeando incluso los espacios originalmente pensados para el descanso y la tranquilidad de las personas.  Cansancio en todos lados que nos aleja cada vez más del disfrute y la relajación necesarios para quienes a diario enfrentan una infinidad de problemas y situaciones conflictivas y complejas, acompañados de la amenaza constante y omnipresente del covid-19.

Así, en esta otra pandemia, la niñez y la juventud no se encuentran exentas de padecer sus desastrosas consecuencias. El síndrome de burnout no es privativo de los adultos y del ámbito laboral; la comunidad educativa y en especial el estudiantado la padecen, afectando el rendimiento académico, lo que sin duda (hay que considerarlo seriamente) se reflejará en los resultados de toda evaluación sumativa, formativa y diagnóstica.

En este escenario, sin bien las plataformas virtuales han traído cambios en la educación al intensificar el uso de las tecnologías de la información y la comunicación desde la casa, también ha generado otras afectaciones.

Siendo Zoom una de las aplicaciones favoritas para hacer videoconferencias, también es cierto que ha contribuido considerablemente a la propagación del síndrome de burnout; incluso investigadores de la Universidad de Stanford, han enfocado sus estudios en lo que consideran la “Fatiga de Zoom”, derivada de las largas horas frente a la computadora en reuniones virtuales, un fenómeno también producto del teletrabajo generalizado y de la escuela en línea a causa de la pandemia, y han advertido sobre las consecuencias psicológicas que puede traer el pasar tantas horas en este tipo de plataformas.

Entre las afectaciones más comunes de esta fatiga, se encuentra la que provoca el contacto visual excesivo e intenso a través de las pantallas, pues en las conferencias virtuales, tanto la mirada permanente con los participantes y consigo mismo resulta ser agotador y emocionalmente negativo, sin embargo, también la desactivación duradera de la imagen o de la voz de los participantes, genera en quien lo percibe una sensación de aislamiento y de incertidumbre de ser escuchados; una interrupción constante que no permite establecer una auténtica comunicación asertiva. 

La movilidad reducida es otro de los problemas propios de la Fatiga de Zoom, pues en las videoconferencias la posición y angulación de las cámaras es única, en la que, por su inmovilidad, la persona se ve obligada a mantenerse dentro de un cuadro fijo, lo que genera en el cerebro la idea de pasividad e inercia, tendiendo así a la distracción intermitente que provoca la monotonía de imágenes. Además, fuera del ámbito digital, el lenguaje no verbal aligera mucho las conversaciones, ya que, en muchos casos, las palabras se pueden reducir a una simple mirada o ademán, pero cuando éstas se tratan de traducir al contexto virtual pueden llegar a significar algo completamente diferente. Los expertos refieren, que todo esto representa una carga cognitiva mayor, ya que las conversaciones (siendo algo tan natural en el ser humano), a través de estas plataformas y aplicaciones, exige un esfuerzo mayor de concentración y esfuerzo mental.

Por lo anterior, el excesivo uso de las nuevas herramientas digitales en casi todas esferas de la vida y en especial en la educación, aún más en las condiciones de la multifuncionalidad de los espacios por la pandemia y el confinamiento, de que hablábamos al principio, nos presenta un doble desafío para el desempeño académico del estudiantado, en tanto la nueva normalidad permita la asistencia presencial a las aulas: 1. Generar contextos que posibiliten el ordenamiento y buen funcionamiento no sólo de los lugares y de su entorno, sino de los procesos formativos, con el uso moderado de las herramientas digitales, y sin dejar de cumplir con las metas y objetivos educacionales, y 2. Diseñar una estrategia de compatibilidad (de no aversión a la tecnológica por haber sido asociada a los problemas que ha generado el Covid-19) entre el uso de las plataformas y aplicaciones digitales, y el uso que, como herramientas auxiliares insustituibles, se hagan de ellas en el proceso enseñanza aprendizaje presencial.  

La niñez y la juventud cuentan con un gran potencial creativo de transformación, adaptación y desarrollo, y, en particular, de asimilación respecto a los avances científicos y tecnológicos (de proporciones gigantescas cada día) que se van fortaleciendo y perfeccionando cuando cuentan con ambientes sanos y con el apoyo de la Secretaría de  Educación Pública (SEP) o a la comunidad educativa a la que pertenecen, de tal manera que su progreso y desempeño académico no se vean afectados por la ansiedad, la depresión, el miedo, la angustia y otras alteraciones emocionales y afectivas que han generado las realidades contextuales de nuestro tiempo.

Desde este espacio envío una felicitación y reconocimiento a cada uno de los profesores por la valiosa labor que realizan en los diversos sistemas educativos del país.

 

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