Opinión

Lluvia, furia, pánico: la batalla de la Noche Triste

Bertha Hernández, una mujer que rompe barreras
Bertha Hernández, una mujer que rompe barreras Bertha Hernández, una mujer que rompe barreras (La Crónica de Hoy)

La leyenda afirma que una anciana vio a los españoles y a su comitiva moverse con el mayor sigilo que podían, que debió ser cosa muy difícil: llevaban armas, cañones, hasta un puente portátil para ayudarlos a salir de la ciudad asentada en el lago. Y no eran pocos: más de un millar de españoles, unos dos mil soldados tlaxcaltecas, rehenes y acompañantes. Todos se movían con el alma en un hilo, intentando pasar desapercibidos en el ruido que producía la tormenta que se desató la noche del 30 de junio de 1520 sobre la gran Tenochtitlan.

“Como el oro comúnmente  todos los hombres lo deseamos y mientras más unos tienen más quieren”, contó después Bernal Díaz el Castillo,  los españoles cargaban armas y oro, todo el que habían podido reunir después de presiones y amenazas. Su tesoro, aquello que les prometía dejar la miseria en que muchos habían venido a tierras extrañas. Difícilmente podría decirse que marchaban silenciosos.

Y cuando se dio la voz de alerta, el universo enloqueció: miles de mexicas furiosos se abalanzaron sobre los extranjeros. La retirada, que Cortés pensó estratégica, se convirtió en una fuga desesperada, donde todo era ruido, gritos, lluvia y lamentos. Lamentos de los heridos, que, bajo el peso de su cargamento, se ahogaban en las aguas del lago; lamentos de los europeos, empavorecidos de ver la furia de los mexicas ofendidos, cobrándoles todos los agravios cometidos desde su llegada.

Cortés echo mano de todo su ánimo; peleó con valor, volvió grupas a rescatar a los rezagados, y solo tuvo éxito parcial. Algunos de sus hombres quedaron prisioneros y serían sacrificados a los pocos días. Era tal la confusión de cadáveres de hombres y animales bajo el aguacero tremendo, que, escribió después Díaz del Castillo, los que sobrevivieron vadearon las aguas corriendo por encima de muertos, de vivos, de bestias y de petacas. La retirada se había convertido en un esfuerzo desesperado por salir con vida y cada quién quedó librado a sus propias fuerzas. Cortés escribió después, que de aquella noche le quedaban un par de dedos lisiados por una agresión atroz.

Poco a poco se saben los detalles de los muertos. Se han quedado en el camino, aparte de los hombres de Cortés, cientos de aliados tlaxcaltecas, y se han muerto “hijos e hijas de Moctezuma”. Botello, el adivino que afirmó que esa era la noche adecuada, también está muerto.

Sobrevive Malintzin, reaparece Pedro de Álvarado, solo, y al verlo Cortés en ese desampara, “se la saltan las lágrimas de los ojos”. Desde entonces se empieza a tejer la tradición que salva la vida de Alvarado gracias a un formidable salto, apoyado en una lanza, que le permite cruzar las aguas oscuras. Pero la tropa es escéptica, pues todas las calzadas estaban llenas de guerreros. Bernal, ácido, apunta: “en aquel tiempo, ningún soldado se paraba a verlo si saltaba mucho o poco, porque harto teníamos que salvar nuestras vidas porque estábamos en gran peligro de muerte”. Díaz del Castillo reduce a polvo las pretensiones heroicas de Alvarado (que a la fecha tienen consecuencias: aún existe la calle Puente de Álvarado) “estaba el agua muy honda y no podía llegar al suelo con ella [la lanza], la abertura era muy ancha y alta, que no la podría salvar sobre lanza ni de otra manera”. Muchos años después, el viejo soldado que escribe en Guatemala, le echa la culpa a un tal Gonzalo de Ocampo, que escribía pasquines, de la invención de la hazaña, y agrega: “y nunca oí decir deste salto de Alvarado hasta después de ganado Mexico”.

Pero al día siguiente, Cortés reunió a los restos de sus fuerzas en la plaza principal del reino de Tlacopan (Tacuba), y tomó dirección hacia Tlaxcala, donde esperaba reponer fuerzas y planear su regreso a Tenochtitlan: le tomaría un año volver y vencer. Pero la Noche Triste ya era uno de esos sucesos relevantes en la narrativa del país que estaba empezando a forjarse.

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Fuerte, enorme, casi eterno, el Árbol de la Noche Triste ha sufrido, en el curso de estos 484 años, dos incendios. Uno ocurrió a fines del siglo XIX, en 1872, cuando Tacuba era aún un pueblo relativamente lejano de la capital. Ignacio Manuel Altamirano escribió que la columna de humo que se levantó del gigante se veía desde la ciudad de México, y que en la oscuridad se alcanzaban a ver llamas.  Y con todo lo estremecedor que resultó el acontecimiento, reseñado por cronistas y por la prensa de la época, el árbol sobrevivió y reverdeció.

José María Velasco lo pintó 13 años después del incendio:  En 1885, el árbol estaba frondoso y lleno de ramas, renovado, resucitado. Inmenso, el artista quiso mostrarlo en su dimensión y a sus pies pintó, diminuto, a un paseante que admira al gigante.

Poco menos de un siglo después, a principios de los años ochenta del siglo pasado, el Árbol de la Noche Triste fue objeto de un acto de vandalismo: le pegaron fuego. El viejo ahuehuete ya no se recuperó de la agresión. Lo que de él queda, reforzado con cemento, es oscuro, es feo, casi irreconocible. Pero conserva una placa que vuelve a contar la historia tremenda de la noche lluviosa de 1520.  No se le olvida y nadie ha intentado hacer desaparecer su lastimada presencia.

La pieza es, después de tantos años, aún sorprendente. Es pequeña, alargada, brillante. No es un lingote como los que la ambición humana contemporánea tiende a imaginar. Es levemente curvo, no muy grueso. Su textura es en sí misma un viaje en el tiempo: en su superficie hay huellas de burbujas, producto de la apresurada fundición. Nada se sabe del soldado español que lo llevaba. En cambio, sabemos que el empeño en llevarse todo el oro del que con tantas complicaciones se habían apropiado, le costó caro a muchos: en la refriega, cayeron al agua y murieron, si no heridos, ahogados por el peso de su botín.

En México, la historia de la Noche Triste es una de esas historias que todos conocen. Hace seis años que vecinos de Popotla y legisladores, deseosos de reivindicar la huella de aquellos que esa noche arrasaron con Cortés y sus aliados, quieren cambiarle el nombre al árbol y con ello transformar la memoria de los sucesos: quieren llamarlo el Árbol de la Noche Victoriosa.

A pesar de que los testimonios hablan de la imprecisión que implica sentar a Cortés a la sombra de un ahuehuete para llorar su derrota, el suceso, que doblega la arrogancia del capitán español, sigue siendo tremendamente poderosa en la narración de la Conquista.

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