Opinión


Locura y nuez de nuestra época

Locura y nuez de nuestra época | La Crónica de Hoy

 

 

Las edades se distinguen

 por las ideas que portan,

éstas por sus errores,

 y éstos… por su tipo de locura.

Bulgákov.

 

Es plausible colocar la mojonera hace exactamente treinta años, con la caída del Muro de Berlín. El acontecimiento lanzó un montón de mensajes al planeta: enterró esa locura según la cual toda decisión económica ocurrida en una sociedad era planificable. El mundo bipolar se había acabado; el bloque soviético mandaba al basurero de la historia sus dictaduras del proletariado, inmolándose a sí mismas.

La nación alemana podría volver a ser una sola; una llamarada eufórica de libertad recorrió Europa y más allá; la vida pluralista con sus parlamentos y sus elecciones periódicas se convirtió en horizonte deseable y el capitalismo apareció como el único sistema económico posible.

Lo que siguió a la caída del muro fue una oportunidad para la democracia en occidente, pero su efectiva implantación estuvo acompañada de un periodo inestable, un jaripeo global, crisis tras crisis: la mexicana (1994); la del sudeste asiático y Corea (1997); Rusia (1998); Brasil (1999); Turquía (2000); Argentina (2002) y en medio, por supuesto, Enron, la contabilidad creativa y la crisis punto com en los Estados Unidos. Todas ellas seguidas por lentas recuperaciones y nuevos estallidos que le dieron un nombre a ese periodo: la economía del pánico, cuyo estrepitoso desenlace convulsionó al globo completo con la gran crisis financiera de 2008.

¿Lo ven? Luego del muro, no dejamos de vivir en estallidos económicos que empobrecieron a un montón de gente, uno después del otro.

Lo que importa señalar es que, contrario a lo ocurrido después de la Segunda Guerra Mundial (cuando las democracias recobradas estuvieron acompasadas por un periodo de prosperidad estable), después de la caída del muro de Berlín la política económica dominante ofrecía otro horizonte: la ensoñación neoliberal. Para esa nueva locura, el reparto, el ascenso social y el Estado de bienestar no eran la base de la democracia.

De modo que la democratización que siguió a la caída del muro fue, en gran parte del mundo, un periodo decepcionante, lleno de ansiedad y de inseguridad social. La “edad del egoísmo”, sentenció Judt, la “era del riesgo”, se le bautizó por otros.

En ella los ciudadanos de aquí y allá, de Norte o América Latina, Europa del este y Asia central, votaron por las opciones heredadas, pero ninguna de ellas parecía capaz de ofrecer un horizonte distinto al que obligaba ese férreo marco económico. Imponer el libre mercado, la libertad de capitales, sin condiciones, fue la recíproca locura de ese tiempo, ofrecida por casi cualquier opción.   

Y lo que es peor, cómodamente, las élites económicas y políticas no pudieron reconocer el magma insatisfecho que latía bajo sus pies y tampoco pudieron controlar las nuevas crisis y la aparición del sargazo en que ahora nos encontramos: el estancamiento secular.

Es impresionante cómo esas élites no se dieron cuenta del enorme malestar que hervía allí abajo (en parte porque nunca lo visitaban) y la demanda ostensible de reformas sociales que reclamaba la situación deteriorada. Recuerden por ejemplo la absurda obstinación en contra del incremento a los salarios, empezando por los mínimos, en México. Una iniciativa demostrada con todas la evidencias, que fue simplemente ignorada durante todo el segundo trienio de Peña Nieto. Inexplicable e injustificadamente, se evadió, por la insistencia de intereses estrechísimos y manías ideológicas.

El caso es que este tipo de resistencias y obstinaciones de las élites no solo ocurrieron en México, y la inseguridad vital de millones se profundizó.

Quiebre masivo de expectativas, élites refociladas en su estatus, escándalos indescriptibles de corrupción y fracasos sociales colosales como el de la violencia o la migración masivas hicieron ya inaceptable al arreglo político en el que veníamos navegando el siglo XXI. El descontento social en México y por buena parte del orbe, por fin, dio la oportunidad que los outsiders estaban esperando.

Los extremos, los de los dedos flamígeros, los de las muchas palabras y las soluciones instantáneas. La democracia abrió las puertas a fuerzas que apenas la aprecian, apenas y creen en sus instituciones y procedimientos.

Ellos siempre estuvieron ahí, son parte de las pulsiones de la sociedad y en esa medida de la democracia misma, pero la decepción continua y el fracaso tras fracaso de las demás opciones, les ha multiplicado la audiencia y les ha brindado la posibilidad de concitar un poder político excepcional que usan, justamente, para minar los instrumentos de la democracia. Se destruye la democracia en nombre de la democracia misma. Entramos así a la edad de la locura populista. 

Dicho en una nuez, creo que así podemos presumir la secuencia histórica de nuestra época: desde la llamarada optimista encendida en Berlín, pasando por las transiciones democráticas de entre siglos; la consolidación de una multitud de democracias desgraciadas sujetas a incesantes convulsiones de pánico económico y financiero, riesgo y quiebre de las expectativas; agotamiento y malestar por problemas que jamás se resuelven y fuga hacia el menú de opciones populistas.

Dicho de otro modo: la locura de las dictaduras del proletariado. La locura de una democracia que camina sobre la base de la desgracia masiva. La de las élites beneficiadas por el libre mercado, productor de una inconcebible concentración del ingreso y de crisis permanentes. Y la locura del populismo que aniquila la democracia de la que nació.

La nuez de nuestra época.

 

 

 

ricbec@prodigy.com.net

@ricbecverdadero

 

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