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Los niños de Asperger, de Edith Sheffeer

Hans Asperger creía que tenía una habilidad única para mirar dentro de las mentes de los niños, así como un llamado para moldear sus personalidades

Los niños de Asperger, de Edith Sheffeer | La Crónica de Hoy

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LOS EXPERTOS ENTRAN A ESCENA

Hans Asperger creía que tenía una habilidad única para mirar dentro de las mentes de los niños, así como un llamado para moldear sus personalidades. Buscó definir lo que llamó la «más íntima esencia» de los jóvenes.1 Su hija dijo que Asperger se comparaba con frecuencia con Lynceus, el guardián de la torre en Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe, quien canta solo por la noche mientras observa todo lo que se encuentra frente a él:

Nacido para ver

encargado de vigilar,

jurado a esta torre

disfruto el mundo.

Como el guardián, Asperger apreciaba el mundo desde su Clínica de Educación Curativa en el Hospital Infantil Universitario de Viena. Conocido por hablar con frases célebres, Asperger citaba con frecuencia la literatura alemana y los clásicos en griego y latín, así como sus propios refranes . Hablaba de manera deliberada y formal, refiriéndose a sí mismo en tercera persona, por su nombre .2 Era un hombre de certezas que comprendía la sabiduría de Lynceus y era capaz de adentrarse en el «cosmos» a su alrededor.

Asperger nació el 18 de febrero de 1906 en el corazón del Imperio Habsburgo. A 80 kilómetros de Viena, la villa agricultora de Hausbrunn se extendía por un pequeño valle cerca del río Morava, un afluente del Danubio que más adelante marcó la frontera del este de Austria. Fue el mayor de tres niños. El hermano de enmedio murió después de nacer y su hermano Karl, cuatro años menor, moriría en la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial.

Según sus propias palabras, Asperger fue criado «con mucho amor y autosacrificio por parte de mi madre, y con mucha disciplina por parte de mi padre». Su padre, Johann Asperger, descendía de un antiguo linaje de granjeros; había viajado a Viena para recibir entrenamiento vocacional, pero como contador técnico, se frustró por no poder continuar con su educación. Asperger consideraba que la razón por la que su padre le exigía calificaciones excelentes y comportamiento perfecto era que quería realizar sus propios sueños truncos a través de él. Aunque cumplió las expectativas de su padre, más tarde en su vida desaprobó la crianza rígida. «Nunca me he comportado de esa forma ni con mis hijos ni con mis pacientes», llegó a decir.3

Con una perspectiva más romántica hacia la vida que la de su padre, Asperger contaba que desde niño había sido un «lector voraz», con talentos especiales para los idiomas, la literatura, los clásicos, la historia y el arte. Como adulto, presumía haber coleccionado más de 10 mil libros en la biblioteca de su casa. Esta lectura voraz, aseguró, lo llevó a «la madurez espiritual progresiva». Con el paso del tiempo, el lenguaje «revela su significado radiantemente, incluso podría decirse que nos llega, o nos posee, o uno lo posee».4

El movimiento de las juventudes alemanas, que llevó a Asperger de la austeridad de su hogar y la escuela al aire libre, hacia la camaradería de los grupos juveniles, también ejerció cierta influencia espiritual sobre él. Disfrutaba el senderismo y escalar montañas con los Académicos Errantes de Bund Neuland, una organización de grupos católicos juveniles y políticamente conservadores a la que apoyaría durante toda su vida. Sus experiencias de intenso compañerismo moldearían sus ideas posteriores sobre la infancia y los lazos sociales. Como mencionó después: «Me moldeó el espíritu de las juventudes alemanas, uno de los florecimientos más nobles del espíritu alemán». En 1959, también alabó a las Juventudes Hitlerianas diciendo que eran «ampliamente fructíferas y formativas».5

Al crecer, Asperger conservó su amor por las excursiones al aire libre. Practicó montañismo durante toda su vida en viajes cortos y largos, escalando el Cervino y trabajando como guía infantil; a menudo usaba una pequeña libreta para registrar sus pensamientos. El montañismo lo llevó a conocer a su esposa, Hanna Kalmon, con quien tuvo cinco hijos.6

Sin embargo, se dice que, bajo techo, Asperger era raro, frío y distante. Actualmente se debate si él mismo tenía Asperger, si presentaba los síntomas del síndrome que llevaría su nombre. Como se verá más adelante, no es fácil evaluar a cualquiera con los criterios que Asperger utilizó para su definición de psicopatía autista en 1944, mucho menos en retrospectiva. Dicho esto, parece poco probable que Asperger se definiera a sí mismo por su propio diagnóstico debido a la crítica tan fuerte que contenía. Sin embargo, sí sugirió que podría compartir al menos una de sus características; el éxito en las ciencias, aseguraba, requería tener «una pizca de autismo» .7

Asperger aseveró que su vocación científica llegó cuando era joven. Describió, en tercera persona, la experiencia que tuvo cuando disecó el hígado de un ratón en la escuela:

Había un pequeño y blanco bulto en la superficie. El pupilo lo cortó y, para su asombro, un parásito parecido a un gusano de dos centímetros salió de él. Eso asombró al pupilo, quien era yo... ¿Cómo era que la vida subsistía dentro de otra vida?, ¿cómo habían existido ambas juntas en una relación cercana y mutua? ¿No debería alguna seguir su propio camino?... Y en ese momento todo fue claro; debes estudiar, esto debe continuar. Era muy inusual que alguien supiera en su segundo año de secundaria que quería estudiar medicina.8

Con gran ambición, en 1925, a los 19 años, Asperger dejó el pequeño pueblo de Hausbrunn para estudiar medicina en la Universidad de Viena. Era un joven alto, delgado, con rostro angular y anteojos de alambre, que se peinaba con un copete rizado y con el pelo rapado a los lados. En Viena, Asperger experimentaría —y sería moldeado por— una metrópoli sometida a un extraordinario cambio. Después de la derrota en la Primera Guerra Mundial, la ciudad se había convertido en un caldero de agitación social, lucha política y catástrofe económica. Fue en este ambiente tumultuoso donde Asperger forjó su aproximación al desarrollo infantil y, junto con la transformación de Viena, comenzó su historia.

Viena había sido la capital cultural de Europa al inicio del siglo XX; la cuna del modernismo, en la que los cafés, los salones y las escuelas conjuntaban el arte, la sociedad y la ciencia como en ningún otro lugar. Irónicamente, sus grandes logros surgieron a partir de un profundo pesimismo cultural, con figuras como Sigmund Freud, Gustav Klimt, Egon Schiele y Arthur Schnitzler, que respondieron a los miedos generalizados de decadencia moral y a la devastación provocada por la industrialización y el colapso del Estado.9

Estos miedos se convirtieron en realidad durante el periodo entre guerras. Viena sufrió daños graves durante la Primera Guerra Mundial; la ciudad cayó en la ruina económica, política y social. Aunque no se encontraba frente a una amenaza militar directa, la población enfrentaba la hambruna, los motines por comida y la ansiedad generalizada. Cuando la guerra terminó, cientos de miles de refugiados y antiguos soldados de todo el Imperio Habsburgo llegaron a Viena; muchos de ellos heridos, enfermos y desnutridos. Este flujo de personas agravó la escasez de comida y vivienda. Las enfermedades se difundieron, sobre todo la tuberculosis y la gripe española.

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