Opinión


Los orígenes del lenguaje y de las lenguas

Los orígenes del lenguaje y de las lenguas | La Crónica de Hoy

Luis Fernando Lara *

Parte I

 

En 1866 la Sociedad de Lingüística de París había advertido en sus estatutos que no aceptaría ninguna comunicación referente al origen del lenguaje. Esta peculiar prohibición era resultado de la cantidad de especulaciones caprichosas y peregrinas que algunos de sus miembros querían presentar como estudios científicos: desde quienes pretendían la existencia de una lengua primigenia de Adán y Eva, los que pensaban que las lenguas se habían dividido por el castigo de Babel, los que atribuían a los hijos de Noé los distintos troncos de las lenguas de la Tierra, hasta quienes creían que, aislando a un recién nacido de todo contacto humano, lo que saldría de su boca sería, precisamente, la primera lengua de los seres humanos.

Lo cierto es que, como se sostenía desde entonces, no hay restos arqueológicos de la prehistoria que atestigüen la existencia de la facultad del lenguaje, es decir, de esa facultad de la inteligencia que nos vuelve humanos entre todos los primates: la existencia de una lengua en el cerebro humano —la residencia cerebral del lenguaje— no deja huella alguna en los huesos del cráneo; la escritura, nuestro primer testimonio de las lenguas, es una aparición histórica comparativamente muy reciente: se han encontrado en el Cercano Oriente algunas esferillas, cilindros y discos de arcilla con algunos trazos que podrían ser o bien ayudas mnemotécnicas —como también parecen haberlo sido los quipus peruanos— o bien indicios de escritura, datables hace unos nueve mil años (hay que recordar que, según las últimas investigaciones antropológicas, el homo sapiens evolucionó hace cerca de 150 mil años).  La escritura cuneiforme sumeria tiene cerca de 3,600 años; los jeroglíficos egipcios tienen la misma antigüedad; la escritura china, apenas 1,400 años; nuestras escrituras mesoamericanas son de hace unos ocho o nueve siglos. Lo que testimonian las escrituras es la existencia de las lenguas y, en consecuencia, la existencia de la facultad del lenguaje, que es la que da lugar a ellas, pero no la antigüedad de esa facultad ni los orígenes remotos de la multitud de lenguas que pueblan la Tierra.

Hoy día seguimos especulando; quizá la Sociedad de Lingüística de París haya eliminado esa prohibición de sus estatutos, pero sigue valiendo al menos como advertencia, como la necesidad de especular con prudencia y poniendo en juego todos los conocimientos que nos ofrecen las ciencias: de la biología: de la teoría de la evolución a la genética; de la neurofisiología y el estudio neurológico de trastornos del lenguaje; de la psicología y los estudios sobre la percepción y la adquisición de la lengua materna en el niño; de la antropología y la arqueología y, por supuesto, de la lingüística.

La cuestión central es cómo establecer teóricamente, es decir, racional y fácticamente, las relaciones entre todas esas ciencias; cómo lograr una integración entre los conocimientos que ofrecen cada una de ellas. El comienzo de tal integración lo ofrece la lingüística, puesto que es la que estudia el “primer observable” de las demás ciencias. Dicho de manera más llana: es la lingüística la que conoce bien las características de las lenguas y, en consecuencia, las características de la facultad del lenguaje. El neurofisiólogo o el psicólogo necesitan saber, antes de llevar a cabo sus experimentos, que su punto de partida es un fenómeno lingüístico; el arqueólogo o el epigrafista necesitan una “Piedra de Rosetta” que les indique que los trazos hallados en una tablilla de arcilla o en el dintel de un templo maya, son trazos de una escritura y tienen significado. Para esas ciencias, las lenguas, cada una de sus palabras, sus construcciones gramaticales, su manifestación sonora o escrita, son los observables que “disparan” sus investigaciones y no podrían someterlas a prueba o a experimentación sin el conocimiento inicial de que son concreciones físicas de la facultad del lenguaje, descritas y estudiadas por la lingüística.

 

* Integrante de El Colegio Nacional

 

 

 

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