Opinión


Los rasgos de las cabezas colosales olmecas, resultado de la modificación deliberada

Los rasgos de las cabezas colosales olmecas, resultado de la modificación deliberada | La Crónica de Hoy

La investigadora galardonada por el Foro Arqueológico de Shanghái en 2019, Anne Cyphers, máxima experta en cultura olmeca, ha aseverado al reflexionar sobre las características distintivas de estos vestigios: “La cabeza alargada con el dorso plano, los ojos rasgados, la nariz ancha, mofletes abultados y la boca con comisuras hacia abajo, conforman los rasgos olmecas. Sin embargo, estas características no son de nacimiento, sino resultado de una modificación deliberada”.

Este tipo de modificación del aspecto para crear una identidad tiene que ver con el ciclo de la vida; esto dio a conocer durante la conferencia Las cabezas colosales olmecas dentro del ciclo La arqueología hoy que coordina Leonardo López Luján, integrante de El Colegio Nacional. “Era necesario tener esa modificación del cráneo para poder participar en ritos del ciclo de la vida. Podemos imaginar que, si el individuo no lo tiene, a lo mejor no se puede casar con su amor porque no tiene las características de un olmeca legítimo”.

La primera mujer en dirigir una investigación en el importante sitio arqueológico de San Lorenzo Tenochtitlán, la capital más antigua de la civilización olmeca, quien ha trabajado más de 30 años en San Lorenzo, descubrió en 1994 la última cabeza monumental que se conoce hasta ahora: Tiburcio, como dieron en llamar a la cabeza número 10.

Cada cabeza, que en su parte posterior es plana y pulida, porta un tocado en forma de casco con un símbolo e insignias zoomorfas o de cuerdas, referencia de su nombre y linaje. Las orejeras muestran formas redondas, rectangulares, de garra o de concha.

La doctora en historia que ha recibido en dos ocasiones el Premio Alfonso Caso del INAH, por los libros Asentamiento prehispánico en San Lorenzo Tenochtitlán (2002) y Retos y riesgos en la vida olmeca (2013), afirma que “los rostros olmecas son muy distintivos y fáciles de identificar”, gracias a los vestigios que dejó la civilización olmeca, como son sus figurillas de terracota o piedra verde y los bajorrelieves de los altares, lo que permite deducir la fisonomía del antiguo pueblo.

En el Aula Mayor de El Colegio Nacional, recordó que con sólo mencionar “cabeza colosal” surge el tema de los orígenes africanos de la civilización olmeca. “Hay dos formas de comprobar dicha hipótesis: con objetos importados de África y con estudios de ADN. Las dos líneas de investigación se han desarrollado: no se han encontrado importaciones, ni los exámenes de ADN sobre fósiles olmecas muestran relación alguna con los pobladores de África”.

Desde su descubrimiento en el siglo XIX, las cabezas colosales olmecas han sido objeto de todo tipo de interpretaciones. Numerosos aficionados y arqueólogos profesionales las estudiaron a lo largo del siglo XX, conforme aparecían más de estos monumentos.

La especialista coincide con James B. Porter, quien a finales de los años 80 estudiaba las cabezas encontradas en San Lorenzo Tenochtitlán, en el sentido de que los tronos fueron transformados en cabezas colosales. “Las cabezas tenían arcos hundidos laterales que él relacionó con los nichos de los altares olmecas. Este proceso de reciclaje, de trono a cabeza, podría haberse hecho a la muerte de un gobernante. La otra posibilidad es que fueron dejando los tronos y en algún momento empezaron a hacer los retratos de los gobernantes ancestrales”.

El culto a los ancestros de la realeza proporcionó continuidad al ejercicio político del poder. El parentesco divino definía la identidad incluyente y excluyente del grupo social del jerarca.

Las cabezas colosales y los tronos eran la prueba de la consolidación del poder regional, proceso en el que sobresale la manipulación de la ideología y el parentesco.

Incluidas las connotaciones políticas, históricas y míticas de las cabezas colosales, su distribución espacial en las distintas capitales olmecas apunta a que eran representaciones pictóricas de gobernantes ancestrales talladas en roca sagrada como testimonio genealógico de los linajes reales para validar así la sucesión del cargo.

Constituidas en el sello de la primera civilización Mesoamericana, se conocen en total 17 cabezas colosales, de las cuales, 10 se hallaron en San Lorenzo Tenochtitlán, Veracruz, lo que muestra la primacía temporal de esta capital olmeca en el desarrollo de complejos sistemas políticos encabezados por gobernantes hereditarios.

En La Venta, Tabasco, se encuentran cuatro cabezas colosales, mientras que en Tres Zapotes y alrededores hay tres más.

La cabeza alargada con el dorso plano, los ojos rasgados, la nariz ancha, mofletes abultados y la boca con comisuras hacia abajo, conforman los rasgos olmecas.

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