Opinión


México y España: herencia común

México y España: herencia común | La Crónica de Hoy

En un video dado a conocer en Facebook, el Presidente Andrés Manuel López Obrador dijo: “Envié una carta al rey de España y otra carta al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos…Hubo matanzas, imposiciones. La llamada Conquista se hizo con la espada y con la cruz.” Luego, en un twitter fechado el 25 de marzo en el que aparece con su esposa Beatriz Gutiérrez Müller escribe: “Estamos en Comalcalco, vamos a Centla a conmemorar 500 años de la batalla de los españoles contra la resistencia de los mayas-chontales.”

El gobierno de España respondió de inmediato y lamentó que la carta se hubiese hecho pública y rechazó con toda firmeza su contenido: “La llegada, hace 500 años, de los españoles a las actuales tierras mexicanas no puede juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas. Nuestros pueblos hermanos han sabido siempre leer nuestro pasado compartido sin ira y con una perspectiva como pueblos libres con una herencia común y una proyección extraordinaria…El gobierno de España reitera su disposición para trabajar conjuntamente con el gobierno de México y continuar construyendo el marco apropiado para intensificar las relaciones de amistad y cooperación existentes entre nuestros dos países que nos permita afrontar con una visión compartida los retos futuros.” (el subrayado es mío).

Considero que, en este lance, afloran dos visiones contrapuestas de la historia; por un lado, para Andrés Manuel López Obrador hay aún un agravio que debe ser subsanado por lo menos con una disculpa. No obstante, el odio seguirá porque, según esta visión, los españoles vinieron a cometer saqueos, matanzas y toda clase de excesos; por otro lado, está esa “herencia común” que se menciona en la carta del gobierno español. ¿Divergencia o convergencia?

Incluso en los países latinoamericanos no hay acuerdo acerca de qué interpretación darle a nuestra historia. Y eso se nota en los símbolos y en el trato que se da a los restos mortuorios. Por ejemplo, en Lima, Perú, hay una estatua ecuestre del conquistador Francisco Pizarro, y allí se encuentra enterrado. En cambio, en México ¿sabe usted dónde están los restos de Hernán Cortés? Pocos conocen su paradero: están depositados en la Iglesia de Jesús, a unos cuantos pasos del Zócalo; su deseo era ser sepultado en Coyoacán. En cambio, la osamenta del Hueytlatoani Cuauhtémoc están en Ixcateopan, Guerrero, y merecerían ser traídas a la ciudad de México, donde se asentó la gran Tenochtitlán. Pero nadie se atreve a mover las aguas por temor a tocar un pasado que nos parece arriesgado o peligroso.

¿Qué es lo que nos impide hacer justicia a ambos personajes y ponerlos, físicamente, en el lugar que les corresponde? El atavismo.

Vayamos dándole claridad a las cosas y quitémonos los prejuicios: la mayoría de la población en este país es mestiza; es decir, venimos de la fusión de dos razas, la indígena y la española. Para decirlo en pocas palabras: no somos mexicas, somos mexicanos. Pero hemos crecido con la tara mental de que los españoles son los malos y los indígenas son los buenos. Ése es el prejuicio que aprovechan López Obrador y quienes lo han aconsejado. Se trata de un oportunismo populista del que ya ha echado mano Nicolás Maduro. En octubre de 2017 el tirano venezolano exigió lo mismo, que al rey de España se disculpase por la conquista.

Está claro que el populismo siempre busca un enemigo, ese estilo político siempre anda buscando camorra. Y a López Obrador le gusta andar de pendenciero. Así, vino a provocar un lío innecesario con España.

Pero fracasó: nuestros lazos de amistad y afecto con la Madre Patria son más fuertes que los estados de ánimo y las triquiñuelas de López Obrador. Esos lazos no lograron romperse ni siquiera en los tiempos de la dictadura de Francisco Franco (1939-1975). Las familias que perdieron rastro durante la Guerra Civil se reencontraron, artistas y toreros iban y venían, el comercio entre ambos países no se detuvo, tampoco el turismo.

Lo que debemos resaltar es que el general Lázaro Cárdenas (un verdadero estadista) mantuvo las relaciones diplomáticas con el gobierno de la República española. Sus líderes se refugiaron aquí en México.

Valga una anécdota dentro de las muchas que se pueden contar de las relaciones entre ambos países. Cuenta Frances Erskine Inglis, Marquesa de Calderón de la Barca, esposa de quien fuera el primer embajador de España en México (1839-1843) que, luego de firmarse el tratado de paz entre México y España (1836) y al reanudarse los vínculos diplomáticos no hubo ni exigencias de disculpas, ni salieron a flote viejas rencillas. Por el contrario, se organizó espontáneamente una fiesta popular, una verbena y se lanzaron vivas tanto a México como a España. Ambas naciones se habían reencontrado y reconciliado para siempre (La vida en México, México, Porrúa, 2017, pp. 48-52)

La sabiduría y el afecto triunfaron sobre la estupidez y el odio. Ningún desplante anímico va a minar esos cimientos.

 

Twitter: @jfsantillan
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