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Mitos mexicanos

Mitos mexicanos  | La Crónica de Hoy

Uno de los mitos favoritos de nuestro país es contarnos la mentira de que no somos racistas. Usamos la relativamente temprana abolición de la esclavitud por parte de Miguel Hidalgo y Costilla o la redacción del artículo primero de la Constitución como ejemplos de qué tan poco racistas somos los mexicanos. La distancia entre lo que se dice y lo que ocurre en la realidad es, sin embargo, mucha. Basta ver la manera infantil en que muchos replican en México el discurso antiinmigrante de Donald Trump, incluso en los medios de comunicación tradicionales, para darnos cuenta de qué tan falso es eso de que no somos racistas.

Esto ha quedado evidenciado en la manera como muchas personas, incluso quienes ocupan cargos públicos en gobiernos estatales y municipales, como en el caso del gobernador de Nuevo León, o algunos alcaldes de Baja California y Veracruz, que han aprovechado la presencia en México de personas de América Central y África para vomitar a los cuatro vientos sus odios, su profundo desprecio por otros seres humanos, y lo desesperados que están por imitar el modelo de “comunicación” supremacista de Trump.

Afortunadamente, un grupo de académicos de El Colegio de México, con apoyo de OxFam, desarrolló un ambicioso programa de investigación que nos permite saber, ahora sí, sin temor a equivocarnos, que México es (muy) racista y que sería bueno que dejáramos de contarnos mentiras de una buena vez.

El trabajo de estos académicos, titulado Por mi raza hablará la desigualdad y que se puede consultar en http://bit.ly/ColmexOxfamRaza, fue publicado a finales de julio y da cuenta, por ejemplo, de la manera en que los ingresos de una persona —especialmente en el caso de las mujeres— pueden ser notablemente mejores si esa persona tiene piel blanca en comparación con quienes tienen tonos de piel oscuros, del mismo modo que puede ser más difícil que esa persona obtenga un ascenso en su empleo.

Se trata del primer esfuerzo sistemático para dar cuenta de qué tan grave es el problema del racismo en México, y mucho bien nos haría leer con cuidado en lugar de tratar de aferrarnos a la idea de que en México no somos racistas. Los autores dejan en claro que su estudio no ofrece “elementos suficientes para identificar los mecanismos causales que explican” el racismo a la mexicana. Simplemente dan cuenta de ellos, aunque advierten que no basta con desarrollar “políticas compensatorias (…) si no se avanza suficientemente en el combate” de prácticas discriminatorias que, entre otras características, tendrían la capacidad para generar “nuevas desigualdades en los destinos sociales de las personas”, pues reactivan “el círculo vicioso entre desigualdad de condición y desigualdad de oportunidades en las siguientes generaciones”.

Al hablar de posibles soluciones al problema, los autores del estudio señalan que la discriminación “como acumulado histórico de desventajas y como práctica persistente, ha de tomarse en cuenta para formular políticas públicas destinadas a combatir la desigualdad y la pobreza asociadas con las características étnico-raciales (…) Por una parte, es necesario desarrollar medidas compensatorias o de acción afirmativa que permitan revertir las desventajas históricas que han experimentado los pueblos indígenas y afrodescendientes (…) Sin embargo, las políticas compensatorias son insuficientes si no se avanza simultáneamente en el combate del segundo mecanismo de generación de desigualdades: la persistencia de prácticas discriminatorias” (pp. 70-1).

Es claro que, en esto del racismo, México no está solo. Lo que hace más graves las cosas en México es aferrarnos a la idea de que estamos exentos de ese tipo de males. Nos conviene tomar, ya y sin ambages, al toro por los cuernos.

 

manuelggranados@gmail.com

 

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