Opinión


Morir en San Remo: Ignacio Manuel Altamirano se despide de la vida

Morir en San Remo: Ignacio Manuel Altamirano se despide de la vida | La Crónica de Hoy

La Villa Garbarino, en San Remo, tenía un hermoso jardín, que, con sus palmas, le recordaba a sus habitantes la tierra lejana, en especial al patriarca de la familia, que se moría poco a poco, desgastado por la tuberculosis y por la diabetes: el cónsul mexicano en París, Ignacio Manuel Altamirano había llegado allí envuelto en cobertores y en una silla, débil, muy débil. Su familia lo había trasladado a aquella casa, coloreada por las rosas y las camelias, e impregnada del aroma de los limoneros y los naranjos. Aunque sus hijos adoptivos, los Guillén-Altamirano, y su yerno, el prominente abogado del porfiriato, Joaquín D. Casasús lo habían trasladado a aquel lugar con la esperanza de que el clima tibio y el amable jardín reanimaran a “Papá Nacho”, la muerte llegaría a aquella casa.

A instancias de Casasús, casado con Catalina Guillén-Altamirano, la amadísima hija adoptiva de don Nacho, la familia se había trasladado a una de estas fincas con jardines donde “pasar el invierno”. Al exitoso y próspero abogado se le había partido el corazón al llegar a San Remo y encontrar a Altamirano, a su esposa Margarita y a su hijo adoptivo, Aurelio, en un alojamiento que se conocía como la Pensión Suiza, y opinó que la dichosa pensión estaba ahogando a su suegro y maestro.

“Él, acostumbrado a vivir al aire libre, a respirar el de las montañas del sur, a llevar una vida siempre activa...”. Resulta peculiar la reconstrucción de los recuerdos que, en 1906, hacía Casasús: Altamirano no pisaba su tierra, Tixtla, desde 1867. Era invierno de 1893, y Casasús estaba convencido de que era la añoranza una de las causas de la debilidad de su suegro.

No le faltaba cierta razón. En 1889, había aceptado un encargo diplomático del gobierno de don Porfirio: cónsul en Barcelona, y después había permutado ese cargo por el de cónsul en París, que ocupaba Manuel Payno. La vida en París emocionaba a Altamirano. Él, que había cortejado a su esposa Margarita Pérez Gavilán recitándole versos de Lamartine, que hablaba un francés impecable y amaba las letras de aquel país, había encontrado grato el cambio de país, aunque en vísperas de su salida de México hubo de aclarar en la prensa que él estaba muy agradecido con el nombramiento, porque los chismes y los rumores que nunca faltan, aseguraban que Díaz lo exiliaba discretamente, pensando acaso que el guerrerense era un hombre con el suficiente liderazgo moral para, tal vez, animarse a ser un candidato que le disputara la presidencia. Con todo y lo que le repugnaba hablar y escribir de política, Altamirano procuró hacer la aclaración.

No era un mal ofrecimiento el puesto diplomático, y, además, el presidente aprobó su solicitud; amén de su sueldo de cónsul recibiría su pago de coronel en retiro. De alguna manera, los agitados días en que perteneció a la caballería republicana, con la cual asistió al Sitio de Querétaro, regresaban en forma de una decorosa compensación.

Cuando se fue, le hicieron una despedida en un salón de la Sociedad de Geografía y Estadística, y Altamirano no quiso pronunciar ningún discurso. Eso sí, prometió que, aun cuando todos sus amigos y discípulos, sus familiares y seres queridos, estuvieran lejos de sus ojos, estarían siempre cerca de su corazón. Y  mandó imprimir esa frase en su papel personal, ese donde también estaba su nombre; el mismo donde escribía constantemente a casa, para saber de todo, para hablar de todo, para que a veces lo agobiara la nostalgia.

“Aquí” —llegó a anotar— “el llanto obligado del viejo indio llorón”. Gran escritor de cartas, su talento epistolar era el recurso esencial del que se valía para no olvidar a México, para que no lo olvidasen al otro lado del mar. “Lejos de los ojos, cerca del corazón”, decía su papel de escribir. A cambio, llegaban paquetes enviados por Catalina, que contenían cualquier cantidad de sabrosuras, para que el escritor no sintiese tanto la lejanía: chiles, frijoles, chocolates. A veces le mandaban totopos, que se echaban a perder en la travesía, para gran disgusto del guerrerense. Zacates para el baño, liquidámbar y benjuí para la ropa de cama y para aromatizar el departamento de la calle Lafayette. 

Entre que se le diagnosticó una diabetes brutal, su entrada en la vejez y una tuberculosis que empezó a crecer en Europa, se empezó a poner débil. Convencido de que andar en climas más tibios que los de Francia le sentaba bien y lo sanaba, a ratos viajaba, en busca de mejoría. A veces se quejaba de que, para caminar de su casa al consulado, tenía que caminar agarrado a las paredes, y ocasiones hubo en que estaba tan débil que no atinaba a comer sino unas pocas cucharadas de fideos.

En ese estado, se marchó para Italia. Quería recuperar la salud; ya quería regresarse a México. Ya soñaba con hacerse jardinero en sus días de anciano y jugar con sus nietecitos en el jardín de la casona que Joaquín Casasús construyó en la colonia ­Guerrero, en la calle de los ­Héroes. Estaba tranquilo, porque contaba con su yerno, porque, a su muerte, nadie de los suyos se quedaría desamparado. Al hijo político no sólo le agradece ser su sucesor como jefe de la familia y esposo amoroso de su hija predilecta, “la perla de mi corazón, cuyo cariño embalsamó literalmente mi existencia desde que era pequeñita”; también le tenía gratitud por darle a los nietos. Pero, aunque sabía de sus males, la familia tenía la impresión de que nunca se cuidó lo suficiente. Y tenían razón. Contaba, como quien no quiere la cosa, que padeció cólera, pero que había podido restablecerse.

Creía que la diabetes “había desaparecido”, y no obstante, reconocía, se estaba muriendo de “inanición y de fiebre”, y para empeorar, en San Remo le dio algo que los doctores diagnosticaron como bronquitis. La familia consultó diversos médicos, y el diagnóstico fue terrible: Altamirano tenía una avanzada tuberculosis, que, añadida a sus otros padecimientos lo estaba matando y no había esperanzas.

La Villa Garbarino se quedó silenciosa. Cada mañana, los nietos entraban a la habitación del enfermo a besarle la mano, y Altamirano se esforzaba porque los pequeños le prometieran que nunca olvidarían su rostro.

Un médico opinó en contra del diagnóstico general, y recomendó llevar a Génova una muestra de la saliva del amado abuelo, para que la analizaran. Casasús y Catalina partieron de inmediato por tren, llevando al menor de sus hijos. Pero en el camino, el niño enfermó, y la pareja perdió la noción del tiempo. Sólo cuando estuvieron en un hotel genovés encontraron dos telegramas enviados por Aurelio, el hermano de Catalina. Quiso la suerte que Catalina abriera primero el que anunciaba “Nacho ha muerto”.

No bien los Casasús abandonaron la villa, Altamirano empezó a debilitarse. La vida se le escapaba. Alcanzó a tomar de las manos a Aurelio: “¡Qué feo es esto!”, susurró, asustado de su propia muerte.

Siguiendo las instrucciones de su suegro, Casasús hizo cremar el cuerpo de Altamirano. A las pocas semanas, en México, todos los que se consideraban amigos o discípulos de Altamirano, le dedicaron una tertulia. Justo Sierra, abatido, dijo algo que resumía el sentimiento general: “Adiós, Maestro; no te olvidaremos, no nos olvidarás”.

 

 

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