Opinión


Naranja mecánica

Naranja mecánica | La Crónica de Hoy

La beligerante República Popular Democrática de Corea celebrará elecciones el próximo fin de semana para integrar la Asamblea Suprema del Pueblo, en las que se presenta un solo candidato por circunscripción, el cual además es postulado por el gobernante Partido de los Trabajadores. ¿Pueden estas elecciones ser consideradas como parte de la democracia? La respuesta sin duda es negativa. Los analistas señalan que la votación cada cinco años constituye en realidad un ritual diseñado para confirmar la legitimidad del liderazgo del régimen. (“No suspense in North Korean elections”. Euronews, www.euronews.com).

En el otro extremo, a manera de contraste, cabe pensar en el referéndum convocado en junio de 2016 en Reino Unido, en el cual los electores por apretada mayoría decidieron la salida de su país de la Unión Europea (UE) y cuyo desenlace final debiera ocurrir a finales de este mes. Los instrumentos de la democracia directa causan malestar entre los teóricos de la democracia representativa, pero difícilmente se puede sostener que no son parte de la democracia. En ese contexto, hay quienes contemplan con entusiasmo la propuesta laborista de un segundo referéndum para salir del galimatías generado por el primero. Un referéndum para salir de un referéndum. Ni qué decir del lío que ello ha ocasionado entre la propia clase política británica y entre los países que integran la UE. A unos y a otros los tiene literalmente con los pelos de punta.

Si se voltea la mirada a otras latitudes el panorama no deja de ser relativamente alarmista. Lo casos más evidentes para los especialistas del avance del autoritarismo son Rusia, China, Turquía, Cuba y Venezuela, por señalar algunos, pero también encontramos el tono de preocupación enaltecida en casos como los de Estados Unidos, Francia o Reino Unido, aunque no exclusivamente, considerados como democracias consolidadas. Extendiendo el argumento, en juicio apresurado cabría decir, para ciertos círculos de opinión el caso mexicano desde el triunfo de AMLO entra en ese tipo de exacerbación.

¿Por qué el debate sobre el estado de la democracia contemporánea parece poco menos que esquizofrénico?  En ocasiones este debate hace recordar a La Naranja Mecánica —no la deliciosa metáfora sobre el fútbol total practicado por la selección holandesa de finales del siglo pasado— sino la más angustiante referida a la célebre cinta de Stanley Kubrick, basada en la novela de Anthony Burgess sobre el conductismo. Desde luego existen razones objetivas, pero también otras que lo son mucho menos, que respaldan dichas preocupaciones. No es posible olvidar, por ejemplo, que en las sociedades alemana e italiana de la primera posguerra mundial, el ascenso y encumbramiento de los movimientos totalitarios nazista y fascista se dio justo a través del régimen democrático y por encima de él, una vez en el poder. Esa preocupación es plena, válida y vigente sin lugar a dudas, pero cabe preguntarse si otras no apuntan más bien en el sentido de la película señalada.  En colaboraciones anteriores, nos hemos referido a las ansiedades que produce entre determinadas corrientes de opinión, el aparente resurgimiento del “socialismo” dado su atractivo entre las capas más jóvenes en sociedades como la estadunidense o la británica, pero también está el avance de ciertas ideas y plataformas políticas que son metidas a diestra y siniestra en el saco del populismo, más como una descalificación que como una categoría analítica, de manera que el debate lejos de aclararse se ensombrece.

Desde otra perspectiva, más general y referida al actual mundo tecnificado, Larry Diamond, en un ensayo reciente, introduce el tema de las redes sociales y las herramientas digitales como parte de un problema estructural de la democracia, el cual podría conducir a lo que define como “totalitarismo posmoderno”. (“The Road to Digital Unfreedom: The Threat of Postmodern Totalitarianism”, Journal of Democracy, Vol. 30, enero 2019, pp. 20-24) Para dicho autor, el caso más emblemático lo constituye la acelerada expansión de los proyectos digitales de China, abocados a la vigilancia digital y el control social. Una preocupación sobre la salud democrática que no podría ser desdeñada, pero que por razones distintas parece apuntar también al conductismo.

Difícilmente se puede argumentar en contra  que el totalitarismo, el autoritarismo o el populismo socavan la democracia; más complicado es colocar cada caso en su justa dimensión y merecimientos, ya que en la parafernalia diaria los conceptos son utilizados como epítetos para descalificar, nublando el análisis certero. Los procesos de construcción y de desconstrucción de la democracia son materia de alta complejidad, no menos que las condiciones materiales que determinan la creciente concentración de la riqueza material y un ensanchamiento permanente de la desigualdad. Estamos frente a tiempos turbulentos. El análisis y las soluciones requieren cabeza fría.

 

gpuenteo@hotmail.com

 

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