Opinión


Ni más ni menos, sólo equidad

Ni más ni menos, sólo equidad | La Crónica de Hoy

Nuestra ciudad ha avanzado en el tema de la equidad y la no discriminación.  Se está a la vanguardia en el reconocimiento de los derechos de todas y todos los habitantes, hay iniciativas para fortalecer ese reconocimiento —como la que busca garantizar que todos los poderes y niveles de gobierno se constituyan por igual número de hombres y mujeres— y políticas públicas para garantizar que se cumplan, como los recientes anuncios del Gobierno capitalino para reforzar la seguridad pública de la Ciudad de México.

Sin embargo, las niñas y mujeres siguen sufriendo diversos tipos de violencia en los espacios públicos y, más terrible aún, en su entorno personal, familiar, escolar y laboral. Esta violencia provoca miedo, temor de convivir y de salir a la calle, lo que reduce su capacidad de acceder a oportunidades educativas y de empleo. También les impide gozar de una vida pública plena y disfrutar de actividades recreativas, culturales o de ocio.

Lo cierto es que éste es un problema de cultura, lo que exige un cambio profundo respecto a lo que pensamos y a lo que creemos, y eso puede empezar con reconocer y garantizar el derecho a la equidad y la no discriminación de todas y todos.

Porque no bastan más leyes, penas más severas ni más policías en las calles para resolver el tema de la inequidad y la violencia. El verdadero problema es que estas situaciones se han aceptado como lo normal, lo habitual, lo que no se puede cambiar porque así son las cosas —¡qué falacia más burda y mediocre! —, lo que a futuro nos impide crecer como seres humanos. 

Pongo un ejemplo: ONU Mujeres aprovechó el mundial femenil de futbol para mostrarnos situaciones cotidianas que, cuando reflexionamos sobre ellas, sorprende que nadie haya reparado antes en el dato tan escandaloso:

Un jugador de futbol profesional gana el doble que todas las integrantes de las siete mejores ligas nacionales. Sí, un hombre gana el doble que mil 693 mujeres por hacer el mismo trabajo. No dudo de la capacidad física ni deportiva del futbolista en cuestión, pero tampoco podemos omitir el detalle que esas casi mil 700 mujeres son la crema y nata en su deporte, las mejores de sus respectivos países, y tan es así que lograron integrarse a las siete mejores ligas nacionales.

Y eso es sólo en cuanto a equidad salarial. Cuando entramos a temas como feminicidio, nos golpea una realidad escalofriante: Nueve mujeres son asesinadas cada día en nuestro país.

Nueve mujeres son asesinadas cada día en nuestro país (no es un error de edición, repito la frase para que logre su justa dimensión). Hablamos de mujeres que ingresaron a su hogar y del que nunca salieron, madres de familia que salieron a trabajar y de las que jamás supimos nada, mujeres que sólo caminaban por la calle para regresar con sus familias.

¿Recuerdan que hace unos meses supimos de una nueva “táctica” de violencia?, impedir la intervención de la sociedad ante hechos de violencia contra mujeres con una simple frase: “cálmate, mi amor”, como si una relación fuera más poderosa que el libre albedrío, nuestros derechos o incluso la propia dignidad humana. Bueno, pues eso era posible porque nos parece “normal” que las mujeres “hagan dramas” y que debamos ser “calmadas” y “calladas”. Ésa es una idea muy arraigada, culturalmente aceptada y totalmente equivocada.

Si bien añejas fallas en procuración de justicia provocan una impunidad que podría fomentar la violencia —al no existir la posibilidad de responsabilizarnos de nuestros actos y el castigo—, ninguna ley ni política pública cumplirán su objetivo sin la participación de todas y todos, sin que la sociedad en conjunto reconozca que no es normal que un hombre gane el doble que mil 700 mujeres o que se cometan nueve feminicidios al día. Una vez que veamos esta situación tal como es, es más fácil que provoquemos ese cambio cultural que tanto necesita nuestro país. Entonces, recuperaremos nuestra propia humanidad y gozaremos de una verdadera calidad de vida.

 

Coordinadora del Grupo Parlamentario
del Partido del Trabajo, en la I Legislatura
del Congreso de la Ciudad de México

 

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