Opinión


No culpen al salario mínimo

No culpen al salario mínimo | La Crónica de Hoy

Allí lo tienen. La ciudad de Matamoros se convierte en el escenario de la primera huelga masiva y con repercusiones nacionales en lo que va de la década (y quizás, del siglo). Crónica lo ha reportado: alrededor de 35 mil trabajadores adscritos a 44-45 empresas maquiladoras, especializadas en piezas automotrices y electrónica, casi todas norteamericanas, asiáticas y europeas, vieron a sus puertas —colocadas— sus banderas rojinegras, en la madrugada del sábado, bajo un reclamo justo y sensible: 20 por ciento de aumento neto a sus sueldos mensuales y un bono anual de 32 mil pesos a repartir en seis entregas durante el año.  

Las primeras reacciones patronales fueron típicas, actos reflejos ya insostenibles: “tendremos que cerrar las fábricas, los costos no pueden ser asumidos, nos mudaremos de país, estamos perdiendo 140 millones de pesos diarios, México perderá inversión extranjera, confianza, empleos, prosperidad”… ¿prosperidad?

No es verdad. La mayoría de esas empresas grandes, multinacionales (son casi la mitad de las 96 plantas que operan en Matamoros) pueden absorber ese incremento y, de hecho, al terminar este texto (sábado en la tarde), 12 de las 44 ya habían aceptado las demandas de los trabajadores.

¿Y saben porqué? Porque los salarios mexicanos siguen siendo tan extremadamente bajos, que aún con ese aumento, continuamos más “competitivos” que China, incluso que Costa Rica.

Importa resaltar dos cosas: se trata del movimiento de trabajadores más importante en años (luego de la falaz “paz laboral” que pregonaron como virtud los últimos gobiernos), y el hecho de que la movilización de los trabajadores tenga como uno de sus argumentos centrales la decisión presidencial de aumentar el salario mínimo al doble, en una inexplicada franja fronteriza de 25 kilómetros.     

Concentrémonos en el segundo asunto, pues los trabajadores de Matamoros nos están dando varias lecciones de economía política.

La primera: el “efecto faro” existe, es decir, el aumento del salario mínimo (que siempre y en todas partes es un decreto) impacta en escalas salariales más altas, no sólo entre las personas que ganan estrictamente el mínimo. En las empresas de Matamoros los salarios rondan los 150 pesos diarios pero, de todos modos, no alcanza para el conjunto de sus necesidades básicas.

Así lo explica doña San Juana Martínez, trabajadora en huelga “¿Cómo antes, cuando subía un 3 o un 4 por ciento el salario, lo que sucedió por muchos años, no decían nada y nos pedían respetar la ley? Ahora que el aumento llegó al 100 por ciento sí que nos ponen peros y la ley, pues ya no les importa tanto” (Reforma 24 de enero).

Así es: la Comisión Nacional de Salarios Mínimos sabía que sus ridículos incrementos configuraban un “mensaje” más allá de la franja a los mínimos, para un cúmulo de empresas y millones de trabajadores en México. Por eso el ingreso de los mexicanos no se ha recuperado desde la crisis del tequila (1995). 

Y estos obreros son muy razonables: “en un inicio, se pidió un aumento del 100 por ciento a los sueldos, en sintonía con el alza a los salarios mínimos en la frontera, pero terminaron optando por un incremento sólo del 20 por ciento”. Ellos mismos, conscientes, mitigan las implicaciones del “efecto Faro”.

Y algo más. Matamoros, está revelando que el salario mínimo es un arma de movilización, un argumento que va a seguir impactando de muchas formas en las subsecuentes negociaciones que tenemos a la vuelta de uno, dos, tres meses y me alegro que así sea. Pero el arbitraje del gobierno es absolutamente clave para conseguir los efectos deseados y no un montón de subproductos contraproducentes (inflación, despidos, etcétera). Ni modo: la genuina negociación sigue siendo inescapable, aunque la palabra guste poco a los patronos de la 4T. 

Lo que me lleva a la última observación: hay que preparar una política de salarios nacional, no sólo de salarios mínimos. Sigo sin entender la lógica de salarios mínimos diferenciados por la única razón de colindar con la frontera norte. Las consecuencias de esa decisión inexplicada (y a costa de reducir impuestos a las mismas empresas) deben ser monitoreadas y evaluadas con rigor, por instancias especializadas, objetivas, ¡ah! y autónomas.

Pues del mismo modo que el “no endeudamiento”, el alza a las tasas de interés, los precios de garantía “emiten una señal”, el salario mínimo también lo hace y en una escala poco estudiada y conocida.

Precisamente por su carácter estratégico, la política de salarios mínimos representa —quizás— el único cambio de política económica importante en lo que va de esta administración. Precisamente, hay que cuidarla, sin desplantes ni voluntarismo. Razonablemente, como nos están enseñando las obreras (la mayoría son mujeres) de maquiladoras en Matamoros.

 

 


Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática
ricbec@prodigy.net.mx
@ricbecverdadero

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