Opinión


Nostalgia por el ruizcortinismo

Nostalgia por el ruizcortinismo | La Crónica de Hoy

La conferencia del presidente López Obrador en la que analiza con porcentajes de “favorables”, “desfavorables” y “neutros” las columnas de opinión de varios diarios, me da pie para recordar una historia.

En 1956 hubo un breve zipizape editorial (así lo califica Fernando Mejía Barquera en su libro Un Diario de Contrastes) entre los periódicos Excelsior y El Nacional.

Sucede que el Excelsior, en un editorial, tras el apoteósico regreso del presidente Ruiz Cortines de una reunión con sus homólogos de Estados Unidos y Canadá, criticó el “reclutamiento de manifestantes” que “tenían consigna de aplaudir” y que “choca con la austeridad”. Ya se sabe que Ruiz Cortines era “el Presidente Austero”, sobre todo después de la devaluación de 1954.

El diario no quería tocar al Presidente ni con el pétalo de una rosa. Por eso, en el mismo editorial señalaba que Ruiz Cortines “no necesita ni exige burocrática conscripción de simpatizantes, por la simple y sencilla razón que ni él está en plan demagógico, ni es minoritario el respaldo popular a su gestión gobernante”.

Al día siguiente respondió El Nacional, alarmado por los “injustos denuestos contra respetables conglomerados” del pueblo que habían tributado al Presidente con una “fervorosa, entusiasta y espontánea bienvenida”. A continuación, acusaba que el otro periódico había aprovechado la libertad de expresión para amparar la intolerancia y alentar “tendencias desorientadoras”.

La gente había ido a vitorear a Ruiz Cortines, de acuerdo con la versión del diario del gobierno, “estimulada por el buen gobierno al que reiteradamente ha demostrado su sincera gratitud”. Eran expresiones “sencillas y nobles” de “humilde gente del pueblo”, que daban una “lección de civismo” a quienes perseguían innobles intereses.

Pero no se quedaba en el regaño. Seguía una amenaza: “un órgano periodístico que se manifiesta adverso y hostil a un régimen democrático… antes de escribir tales diatribas, debería anticiparse y renunciar a privilegios económicos, a la publicidad oficial y de las dependencias descentralizadas”.

El Excelsior respondería afirmando que su posición “diamantina” era la de ser “los primeros en apoyar y en aplaudir la actitud de acendrado mexicanismo, de dignidad, que fue la norma directriz del Presidente Ruiz Cortines” durante su visita. Que lo que criticaban era el “servilismo barato”, tan distinto “al modo de ser y el estilo de sólido estadista que caracteriza al señor Ruiz Cortines”.

A su vez, El Nacional contestaría burlándose de que el otro periódico creyera que su posición de apoyo al gobierno era la que importaba, y no “el consenso magnífico de un pueblo”, para luego recordar otras épocas: lo mal que trató a Obregón y a Cárdenas, su posición de “abierta simpatía con el eje nazifascista y el falangismo español”, pruebas de que “su opinión no coincide con la del pueblo”. Ya el Excelsior prefirió no contestar.

Esa era la situación de la prensa en la era de mayor poderío del PRI, hace ya 64 años. Quienquiera que asomara un atisbo de crítica recibía una andanada editorial, cuando no amenazas -recordemos que el Estado tenía el monopolio del papel periódico- despidos o cierres de la publicación, bajo todo tipo de pretextos.

Una de las características de los regímenes autoritarios es la de no aceptar las críticas. Y, si vemos el lenguaje utilizado por El Nacional, que fungía como vocero oficioso del gobierno, encontraremos algunas perlas de interés: una es la identificación de la crítica como uso abusivo de la libertad de expresión “para amparar la intolerancia”; otra, la descalificación de la prensa como hostil a la democracia encarnada, por supuesto, en el régimen vigente y en el Señor Presidente; una tercera, el contrastar a los críticos como personas pagadas de sí, alejadas y diferentes a la gente humilde y buena del pueblo, que es incondicional en su apoyo; finalmente, el recuerdo de los pecados, reales o inventados, de un pasado que puede ser tan remoto como se quiera, para demostrar la calaña antipatriótica de quienes se atreven a disentir.

Tuvieron que pasar muchos años, y que discurrir muchas luchas ciudadanas, para que esa “isla intocada” que era México se dotara de instituciones democráticas y se instaurara una libertad de expresión que permitió, no sólo la crítica abierta y dura a los gobernantes, sino también el periodismo de investigación que ha desnudado errores, corruptelas e injusticias de todo tipo. Hemos dejado atrás el reino de los eufemismos y los mensajes cifrados, y las cosas ya se dicen normalmente por su nombre.

En ese sentido, los medios -de manera desigual, sin duda- han contribuido al desarrollo de una sociedad plural, mejor informada, más crítica y participativa. Han sido parte del proceso de cambio.

Paradójicamente, la cabeza de un gobierno emanado de esa sociedad democrática y participativa, se queja un día sí y otro también, de que es criticado. Como si eso no fuera consustancial a una democracia. Pareciera que López Obrador tiene nostalgia de los tiempos en los que el Presidente era intocable, y para quedar bien no bastaba siquiera con mencionar su acendrado mexicanismo y su dignidad: había que ser más abyectos.

Es cierto que la mayoría de las columnas de opinión son críticas al gobierno. Pero también lo fueron con el de Peña Nieto, con el de Calderón, con el de Fox, con el de Zedillo y hasta con el de Salinas de Gortari. Es cuestión de darse un chapuzón en la hemeroteca para percatarse de que hace mucho que los presidentes dejaron de ser la figura intocable que eran hace medio siglo. Lo novedoso es la queja presidencial, con numeritos y todo. Lo novedoso es que cree que la crítica es cosa nueva, cuando lleva décadas entre nosotros. Y peor: cree que es cosa mala.

Detrás de esas críticas a la prensa hay una apelación, dirigida a esas personas, “sencillas y nobles”, “gente humilde del pueblo”, a esa masa “fervorosa, entusiasta y espontánea”. Se les pide que no crean en lo que dice la prensa profesional. Que no lean ni analicen. Que no contrasten datos y opiniones. Para eso es mejor la fe ciega.

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