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Oro olímpico de Cathy Freeman reivindicó a su pueblo

La velocista se convirtió en la primera aborigen de Australia en ceñirse con la gloria olímpica y utilizó su éxito para ser la voz de los oprimidos.

Mujeres atletas en acción
Mujeres atletas en acción Mujeres atletas en acción (La Crónica de Hoy)

“Muchos australianos nunca habían visto a una aborigen”, dijo Freeman tras ser la figura del atletismo en los Juegos Olímpicos de principio de siglo celebrados por primera vez en Australia.

Sus orígenes son humildes. Su abuela perteneció a la “generación robada”, aquellos niños aborígenes que fueron arrebatados a sus familias para que se “adaptaran” a la cultura anglosajona imperante.

Su abuelo llegó a estar en prisión por protestar por el salario que entonces recibían los nativos en los campos, de apenas dos dólares. Por ello, cuando las piernas de Freeman empezaron a destacar sobre el resto, no dudó en utilizar su éxito para reivindicar a su pueblo,

“Es importante que esa historia se conozca, sobre todo para mí”, reiteró el año pasado durante los premios Laureus de la Federación Internacional de Asociaciones de Atletismo, actualmente World Athletics.

El talento que poseía en sus piernas le permitió abrirse camino en el mundo del atletismo, el cual utilizó como altavoz y a través de su fundación trata de acercarse a su comunidad, ayudando a “las mujeres que más lo necesitan”,

“Si se habla sobre educación, salud, independencia económica o representación institucional, aún tenemos importantes retos”, subraya quien también fuera campeona mundial 1997 y 1999 en los 400 metros planos.

“Reconozco la posición a la que llegué, pero nunca perdí mi conexión con mi comunidad, con la gente a la que pertenezco” dice con orgullo. Sus logros en la pista la convirtieron en un icono nacional.

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Freeman sacó la bandera aborigen en más de una ocasión durante sus éxitos en la pista como signo de protesta ante la injusticia de su pueblo y nunca renegó de la bandera australiana. Incluso en su brazo derecho lleva un tatuaje “Cos I’m free”, “Porque soy libre”.

En sus primeros Juegos Olímpicos en Barcelona se convirtió en la primera aborigen en participar en un evento de esa magnitud. “Fue increíble. La ciudad con el mar era maravillosa y fue muy importante para mí participar y entender qué tenía que hacer, coger experiencia y enriquecerme. Era muy joven”. Esa vez no logró ninguna medalla, pero su carrera acababa de despegar.

En Atlanta 1996 fue plata y en los Mundiales de Atenas 1997 y Sevilla 1999 consiguió el oro. Freeman volaba sobre las pistas, pero nunca olvidó de dónde venía. En 1994 protagonizó en Victoria, Canadá, en los Juegos de la Commonwealth, un gesto que pasó a la posteridad: tras ganar el oro se envolvió por primera vez en la bandera aborigen. Aquel paño rojo, negro y amarillo que posó sobre sus hombros y adquirió un gran significado.

“El gesto fue tan importante porque necesitaba compartir mis raíces y mis sentimientos. Estaba en mi mano que la gente lo viera. Había australianos que nunca habían visto a una aborigen. Para mi comunidad, yo representaba esa posibilidad”, recuerda.

“No todo el mundo estuvo de acuerdo, aunque la mayoría lo respetaba. Por cualquier razón, algunos sí sentían que podíamos trabajar juntos”. El tiempo le dio la razón. “Estoy realmente honrada de poder haber hecho lo que hice. Era un símbolo de unión y quería mandar un mensaje a los australianos para estar unidos. El gesto fue tan importante porque necesitaba compartir mis raíces y mis sentimientos”, subraya.

Con todo y sus protestas nunca renegó de la bandera australiana y siempre la portó. “Yo ignoré completamente las opiniones de quienes me criticaron”. Seis años después fue la elegida para encender el pebetero en los Juegos Olímpicos de Sydney, en los que estaba obligada a brillar y no falló. El día de su gloria olímpica el estadio completo aplaudió su oro en la vuelta a la pista. Fue una auténtica locura.

Para entonces Cathy Freeman ya era una reconocida activista por los derechos de los nativos australianos. “Llegará el tiempo en el que jugaré un papel más decisivo en la política y los asuntos aborígenes”, aún lo cree dos décadas después.

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