Opinión


Oscuridad de la calle

Oscuridad de la calle | La Crónica de Hoy

Al negarse a condenar la ilegitimidad de Maduro, el gobierno de México traiciona el compromiso con los derechos humanos y la defensa de la democracia que han sido los auténticos principios de nuestra política exterior. Es falso que, con decisiones como ésa, se reivindique la no intervención. La marginación de la Cancillería mexicana ante el documento del Grupo de Lima, que califica como ilegítima la reelección de Nicolás Maduro en Venezuela, es una toma de posición. Con tal actitud el gobierno mexicano respalda la mascarada electoral que desembocará en la nueva investidura del dictador venezolano.

Hay quienes dicen que se trata de la política del avestruz. Es peor. El gobierno del presidente López Obrador no se esconde ante la decisión que congrega a gobiernos democráticos como los de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Panamá y Perú, entre otros. Al rechazar esa declaración, que ha tenido el apoyo de la OEA, el gobierno mexicano favorece a Maduro y sus tropelías. La nueva política exterior mexicana, con sus votos de silencio, también beneficia a la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua.

López Obrador trata de justificar ese retroceso invocando la no intervención y el respeto a la autodeterminación. Se olvida de dos circunstancias esenciales. Esos principios jamás han sido obstáculo para que el Estado mexicano se comprometa en la defensa de la democracia y con medidas, históricamente ejemplares, para respaldar a los pueblos que sufren regímenes autoritarios. La diplomacia mexicana ha tenido sus mejores e incluso heroicos momentos protegiendo a perseguidos políticos, apoyando reconstrucciones democráticas, impugnando con valentía a sátrapas en las más variadas latitudes.

Decisiones que van desde el auxilio a la República Española en los años 30 hasta el asilo a millares de perseguidos por las dictaduras latinoamericanas en los 70 y 80, hicieron respetada y reconocida a esa diplomacia. Incluso el desacreditado gobierno que teníamos en 1968 sostuvo esa política cuando, en protesta por el apartheid en Sudáfrica, impidió que la delegación de ese país viniera a los Juegos Olímpicos. La política exterior de López Obrador es más regresiva que la de Díaz Ordaz.

La no intervención ha sido tomada como pretexto para justificar abusos y aislar a las naciones acosadas por dictadores. En febrero de 1937 el presidente Lázaro Cárdenas en una carta al embajador Isidro Fabela, delegado de México ante la Sociedad de Naciones, argumentaba así el respaldo al gobierno republicano de España:

“Bajo los términos ‘no intervención’ se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al gobierno español legítimamente constituido. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo es, en la práctica, una ayuda indirecta —pero no por eso menos efectiva— para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir”. El respaldo a la República española, añadió el general Cárdenas, fue consecuencia de “una correcta interpretación de la doctrina de ‘no intervención’ y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional”.

La otra condición que soslaya el actual gobierno mexicano es el compromiso con los derechos humanos que moldea hoy a la diplomacia internacional. México está obligado a la solidaridad internacional por documentos como el Estatuto de Roma y el Pacto de San José. Nuestra misma Constitución, desde 2011, responsabiliza al presidente de la República (Artículo 89) para defender “el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos” en la conducción de la política exterior.

Las transacciones financieras internacionales, los medios de comunicación y transporte, las redes sociodigitales, forman parte del entorno que vuelve imposible el aislamiento de los países. Una diplomacia retraída sólo simula que le da la espalda al mundo porque, quiérase o no, la globalización es irrenunciable.

El mismo López Obrador, en 2006 urgió a los organismos internacionales para que lo defendieran después del resultado electoral que le fue desfavorable. En la campaña del año pasado pidió que vinieran observadores de otros países a presenciar las elecciones. Luego, solicitó el apoyo del Papa y la ONU para “lograr la paz” en nuestro país.

El 15 abril de 2013, cuando el candidato de la oposición venezolana Henrique Capriles exigía que hubiera un recuento de votos para demostrar que Nicolás Maduro no había ganado la elección presidencial, López Obrador escribió en Twitter:

“Bien por el recuento en Venezuela. En 2006 gobiernos y organismos internacionales callaron. Calderón y su comparsa se negaron al votoXvoto”. Ahora el licenciado AMLO se olvida de esas posiciones suyas.

En Venezuela el año pasado hubo una elección en la que no pudieron participar candidatos opositores, no hubo garantías de respeto al voto, ni observación internacional. La nueva presidencia de Maduro es ilegal e ilegítima. La Asamblea Nacional ha declarado que será un usurpador de la presidencia.

La complicidad que, con su silencio, asume el gobierno mexicano, no solamente avala esa usurpación. Además, al abandonar la diplomacia activa que en otras ocasiones ha tenido nuestro gobierno deja vía libre a la expansión de la hegemonía brasileña (ahora desplegada por un gobierno de ultraderecha) y, por otra parte, deja de ser un contrapeso ante el fundamentalista eje Caracas-La Habana-Managua. Al perder presencia en América Latina, México se debilita frente a la beligerancia de Donald Trump.

El presidente López Obrador ha dicho que su gobierno no suscribió la declaración del Grupo de Lima “porque no vamos a ser nosotros candil de la calle y oscuridad de la casa”.

Si se toma en serio, esa explicación del presidente tiene implicaciones ominosas. ¿Quiere decir López Obrador que su gobierno no defiende los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua porque no los respeta en México? Mejor supongamos que el presidente se equivocó y que debió haber dicho que, por decisión suya, México ahora es candil de la casa y oscuridad en la calle.

 


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