Opinión


Para leer la democracia

Para leer la democracia  | La Crónica de Hoy

A nuestra democracia no la hemos sabido entender como patrimonio de todos. Mucho menos comprendemos la fragilidad que padece si no se le vivifica con el respaldo constante de la sociedad. Entre otras reflexiones sobre ella 2019 deja dos libros esenciales, ambos publicados por Cal y arena. En defensa de la democracia de José Woldenberg y La democracia a prueba de Ciro Murayama están emparentados por la inquietud en torno a las instituciones que hacen posible la participación y la representación ciudadanas y, especialmente, los procesos electorales.

Woldenberg recuerda que la democracia no resuelve todos los problemas pero es necesaria para enfrentarlos. La desigualdad social, que es el reto mayúsculo de nuestro país, tiene una correlación inevitable con ella: “El fortalecimiento de nuestra incipiente democracia pasa hoy por la necesidad de construir un contexto socioeconómico que la sostenga”.

La democracia, de acuerdo con ese autor, es “una fórmula de gobierno que permite la convivencia y la competencia institucional de la diversidad y que ofrece la posibilidad de cambiar a los gobiernos sin el tradicional uso de la violencia”. A su vez, Murayama la entiende “como una amplia construcción social, colectiva, no como una aparición debida a un resultado electoral específico, al mero triunfo de un actor político”.

La democracia, en otras palabras, requiere instituciones (partidos, congreso, reglas y organismos para que haya elecciones equitativas) y no aparece de manera súbita. Woldenberg escribió en 2015 que “la democracia entre nosotros no tiene más de veinte años (para ser exactos dieciseis)”, de tal suerte que ubica su advenimiento en 1999. Con un sesgo distinto, Murayama se manifiesta en contra de “visiones adánicas, que suponen que la historia política de un país puede tener un día cero, de creación y no —como ocurre en la realidad— nutridos procesos de construcción social, política, institucional y legal con múltiples actores”.

Integrado por textos aparecidos en los años recientes, En defensa de la democracia (214 pp.) da cuenta de las vicisitudes de nuestra competencia política y sus instituciones. Después de la elección de julio de 2018 ese autor subrayó que el nuevo presidente encontraría un escenario de diversidad política, con una mayoría de gobernadores de otros partidos, “no es bueno confundir un evento (por más relevante que sea) con un proceso o una tendencia” escribió, acotando la versión del carro completo a favor de Andrés Manuel López Obrador y su partido.

El análisis racional, ordenado y mesurado de Woldenberg, se enfrenta a sucesivos despropósitos del nuevo gobierno. También en la segunda mitad de 2018, consideró: “si la nueva administración es capaz de frenar y combatir la corrupción, si logra restablecer la seguridad perdida, si construye un horizonte menos ominoso para los jóvenes que por millones se incorporan al mundo laboral sin encontrar espacio en el mundo formal, si puede atemperar las oceánicas desigualdades que escinden a México, y si al mismo tiempo fortalece el Estado de derecho y las rutinas democráticas, es muy probable que su base de apoyo se incremente”.

Nada de eso ha ocurrido y sin embargo López Obrador mantiene el respaldo de cinco o seis de cada 10 ciudadanos. Quizá el examen de la democracia mexicana, además de diagnosticar a sus instituciones y actores, necesita indagar más en la cultura política de los ciudadanos. Mientras tanto, el pronóstico no puede ser optimista. Woldenberg se apoya en el célebre libro de Levitsky y Ziblatt, Cómo mueren las democracias, para hacer un inventario de los rasgos del autoritarismo que, lamentablemente, se aprecian con creciente claridad en México. Concluye con elegante pero enfática desesperanza: “Cuando hay un déficit de comprensión y valoración de la democracia, cuando los problemas sociales no son atajados o resueltos, cuando el lenguaje antipolítico se apodera del espacio público, las probabilidades de que la democracia expire suelen crecer”.

Ciro Murayama, por su parte, escribe un inteligente y documentado estudio del proceso electoral de 2018. Tema por tema, a través de sus 400 páginas explica el meticuloso trayecto que desemboca en la jornada electoral, la elaboración del padrón, la delimitación de los distritos, el voto en el extranjero, los conteos rápidos y los resultados preliminares, la situación de los viejos y nuevos partidos, las candidaturas independientes, los rasgos del financiamiento a los partidos (con casos como el irregular fideicomiso creado en Morena y que constituyó “toda una trama de financiamiento paralela”), las resoluciones del INE y las decisiones del Tribunal (como la que dio carpetazo a la indagación sobre ese fideicomiso), los organismos electorales en los estados, los debates entre candidatos presidenciales. En esos capítulos hay una constante reivindicación de los ciudadanos y funcionarios electorales que hacen posible que votemos con confianza.

Murayama es consejero en el Instituto Nacional Electoral y en  La democracia a prueba, anticipa, “he recurrido a datos públicos y a hechos verificables, evitando que éste sea un libro de memorias o de anécdotas personales privadas”. En la elección de 2018 votamos 56.6 millones de ciudadanos, en 156 mil casillas, con casi un millón de personas como funcionarios de casilla. Cada uno de los eslabones de ese enorme entramado fue preparado en un trabajo que incluyó esfuerzos de logística en todo el país, diseño y uso de tecnologías digitales, coordinación con autoridades locales y federales, supervisión de cada paso, sanciones en su caso.

El sólido libro de Murayama objeta varias decisiones del Tribunal Federal Electoral que fueron tomadas a contracorriente de la ley, como cuando mantuvo la candidatura presidencial de Jaime Rodríguez Calderón a pesar de las probadas trampas que cometió para reunir las adhesiones que requería su registro. En casos como ése, Murayama transcribe las intervenciones que presentó en el Consejo General del INE.

En el proceso electoral de 2017-18, incluyendo precampañas, intercampañas y campañas, se difundieron 57 millones de spots en 3 mil 111 estaciones de TV y radio. Se requiere de una amplia operación técnica para monitorear y analizar las transmisiones de esas más de 3 mil señales. La escrupulosidad de tal monitoreo está amenazada por el recorte presupuestal que recientemente sufrió el INE.

Los partidos emplean esos spots con mensajes breves e insustanciales para repetir sus siglas y la imagen de sus dirigentes y no para promover la deliberación política. Eso hizo Morena que, desde antes de la campaña presidencial, promovió en sus spots la figura López Obrador. Por otra parte, en la cobertura que los medios hicieron de las campañas, el más mencionado fue ese candidato que recibió 28.6% del espacio en noticieros de radio y televisión mientras que José Antonio Meade tuvo 25.4%, Ricardo Anaya 23.8% y Rodríguez Calderón 13.6%.

Más allá de ese desempeño en el proceso electoral, Murayama advierte contra un riesgo que parece cada vez mayor en la relación entre los medios y el gobierno: “la pretensión del regreso a la unanimidad, el acoso del poder político o de gobernantes a voces críticas en los medios, sería una lamentable regresión para la democracia y las libertades”.

La democracia a prueba tiene un atractivo subtítulo: Elecciones en la era de la posverdad a la que Murayama, acertadamente, entiende como “la propagación de versiones falsas que se magnifican en las redes sociales”. Sin embargo el libro no se ocupa del papel que desempeñaron las redes sociodigitales en las campañas electorales.

Murayama deplora, con razón, el “desdén por los organismos autónomos” que han manifestado el presidente López Obrador y su partido. Si hasta ahora la organización de las elecciones “pasa por lidiar, un día sí y otro también, con la desconfianza y el recelo de buena parte de la opinión pública y de los actores políticos mismos”, ahora enfrenta el discurso desinformado e intolerante que desde el gobierno mismo descalifica a los procesos electorales y a la institución que los organiza.

La suspicacia respecto de la competencia política abierta y, así, acerca de la democracia y las elecciones, es uno de los síntomas del populismo. Con plausible claridad, José Woldenberg explica: “Asumiendo que el pueblo es uno, tiende a construir una representación personalísima del mismo. Ese pueblo sin fisuras, concebido como un bloque monolítico, no requiere un complejo sistema de mediaciones para expresarse. Por el contrario, el pueblo y su liderazgo son una y la misma cosa y el laberinto democrático suele ser contemplado como una barrera innecesaria para la manifestación de las aspiraciones populares. Al líder populista le atrae y alimenta la relación directa con el pueblo. Le gusta la plaza, no el Congreso. Tiende a despreciar o minusvaluar las Cámaras donde se expresa el pluralismo, no soporta que se le contradiga o impugne ante el Poder Judicial, las instituciones que le hacen contrapeso son vistas como enemigas”.

En 2020 veremos adónde llegan en México ese desprecio al pluralismo y la defensa que la sociedad activa haga de la democracia. Será un año difícil para el país. Que resulte llevadero, propicio y venturoso para todos ustedes.

 

 

trejoraul@gmail.com

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