
La menuda Nallely tenía 23 años, un hijo de dos años y atendía una papelería; sin embargo, sentía que su vida no tenía sentido. Tener un “bebé” y un trabajo no representaban el quehacer “futuro”.
“No sabía qué hacer de mi vida”, dice Nallely, de un 1.56 metros de estatura, sonrisa cautivadora y largas pestañas que hacen que sus interlocutores fijen su mirada en ellos.
Nallely nació con lazos familiares ligados a la milicia. Por ahí comenzaron a despejarse las dudas sobre el curso de su vida.
En 2009 llegó la oportunidad de ingresar al Ejército mexicano en la Dirección General de Educación Militar, como soldado oficinista. Ahí causó alta.
En 2011, tras casi 20 años de no haber convocatoria para las mujeres para especializarse en paracaidismo, Reyna Nallely Arias Gómez se enfilaba a esta oportunidad.
Su pequeño hijo de casi cinco años ya entendía por qué su mamá estaba la mayor parte del tiempo dentro de un uniforme verde con manchas y pesadas botas negras: “Pertenezco a una institución muy noble, a un Ejército de paz y hay que adiestrarse en todo lo que se pueda. Un día la nación nos puede necesitar”, le explicó.
Su hijo hoy es un adolescente, a quien hay que vigilarle la conducta. No hay represión, sólo se le habla con claridad.
“Por ejemplo, sabe que los narcocorridos no se escuchan en casa ni ver lo que tenga relación con esa actividad. A mi hijo le he dicho que mis compañeros (los militares) van a misiones donde quizá tengan que enfrentarse con otros que no son militares, pero que hacen daño a la sociedad. Le dejo claro cuáles son los valores”.
A una década de su ingreso en la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), la cabo oficinista paracaidista —donde causó alta— Reyna Nallely Arias Gómez ha saltado del avión de fusilería tantas veces como ha podido a mil 500 pies de altura —aproximadamente 500 metros— con un peso en su cuerpo de alrededor de 20 kilos —su equipo de adiestramiento que consiste en un casco y dos paracaídas, el principal que lleva en la espalda—.
La cabo “instruye” a este diario en qué consiste un día de prácticas o de adiestramiento en el único cuerpo que tiene la institución para el paracaidismo.
Define esta pasión que ahora es para ella el salto desde un avión de fusilería: “Para llegar hasta aquí, primero hay que decirlo, se requiere ser voluntario dentro del Ejército. El paracaidismo es una actividad de especialización. Es un medio de transporte para llegar a cualquier lugar de difícil acceso”.
Indica que el Ejercito es un lugar de mucho valor y de mucha tradición, por lo que en 2016 decidió “causar alta” en el tercer batallón.
Nallely explica que el adiestramiento en esta disciplina castrense requiere de cuatro semanas en tierra —en Campo Militar— con cuatro fases cada día y siete días de saltos en la base aérea de Santa Lucía. Son cinco saltos de calificación.
“Somos un Ejército de paz, y eso nos obliga a todos a adiestrarnos para que cualquiera sea capaz de desplazarse en alguna especialidad y llevar ayuda a las poblaciones. Por ejemplo, cuando se pone en marcha el Plan DN-III, durante fenómenos naturales”, aclara.
Agrega que hay militares que también se han especializado en “caída libre”, y tienen la capacidad de llevar con ellos a un médico o al personal que se requiera a las zonas de emergencia.
Relata que la primera vez que ella saltó, su pequeño tenía cinco o seis años. Quedó impresionado y la presumió como una mujer muy valiente.
“Es muy fácil dar malos ejemplos, pero cuando con tu trabajo pones el buen ejemplo, sobre todo a tus hijos, en eso ya vas dejando algo”, comenta.
Señala que a su hijo —hoy de 12 años— le ha inculcado sentir satisfacción por lo que ella hace.
“Debe sentirse feliz de que su madre ayude a otras personas. Lo ha entendido bastante bien, porque también tiene claro que no debe ser indiferente al sufrimiento de un humano. Y yo también lo tengo firme: no puedo tratar como a un soldado a mi hijo, porque no lo es. Yo quiero formar un buen ser humano, y ¿por qué no?, también un buen soldado”
En el paracaidismo —como en otras actividades del Ejército— todo el tiempo es mecanizar, repetir y repetir para no olvidar.
Nos dirigimos a la zona de arneses. Ahí, otras mujeres entrenan tan fuerte como los hombres. No hay diferencias. Los instructores marcan las fallas por igual con ellos y con ellas.
“En esta parte se nos capacita para el tipo de superficie en la que vamos a saltar. Si es agua o terrestre —campo o ciudad—.
Nallely es hermosa. Muestra en sus palabras la firmeza de lo que ha aprendido. Nunca titubea. Su boca expulsa palabras en cuatro segundos, los mismos en los que se abre un paracaídas al descenso, del cielo a la tierra. El tiempo en los que, quizá, más de mil 500 que estaban vivos hace seis meses ascendieron al cielo en este México, donde el Ejército de paz se prepara por si el invasor los obliga a actuar.
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